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04/06/2020 08:24 CEST | Actualizado 04/06/2020 08:24 CEST

Sentimientos y tragedia en tiempos de crisis

Los seres humanos nos acomodamos detrás de varias máscaras, la que usamos cuando salimos de fiesta, cuando nos relacionamos en nuestro ámbito laboral, cuando nos reunimos con la familia política…

Sadeugra via Getty Images

Estados Unidos ya ha registrado un número mayor de muertos que en las guerras de Vietnam y Corea, los atentados del 11-S y el huracán Katrina del año 2005 juntos. Una ensalada de cifras cargada de sentimientos y que se puede sintetizar en una sola palabra: tragedia.

Este vocablo es un préstamo tomado del latín -en el siglo quince- y que, a su vez, procede del griego “tragoidia” -canto o drama heroico-, compuesto de trágos, macho cabrío, y ádein, cantar, una etimología que guarda relación con el papel que desempeñaba este animal en las fiestas griegas donde se cantaban tragedias.

Las tragedias griegas fueron escritas para poner negro sobre blanco las zonas grises de nuestra alma, las zonas más recónditas de nuestra conducta.

Sófocles, Esquilo y Eurípides surfearon la ola emocional con personajes como Antígona, la personificación de la piedad; Áyax, la representación de la fortaleza física desprovista de la astucia; Casandra, que simboliza la inutilidad del saber ante los imperativos del destino; Edipo, símbolo de la frágil condición de la felicidad humana…

La dimensión humana fue objeto de reflexión y la tragedia griega se sostenía, conceptualmente, en unas palabras clave, como son la hybris, la katharsis, la epidemia y la tique, todas ellas de renovado interés en estas semanas.

La hybris la empleaban en el sentido de traspasar las capacidades humanas, como sucedió, por ejemplo, cuando Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres. Es posible que el homo sapiens del siglo veintiuno haya pecado de desmesura en sus actos, aproximándonos al papel del homo deus, una condición que no nos correspondía. 

A este artefacto -a la máscara- los romanos lo bautizaron con el nombre de “persona” (del latín per sonare, sonar a través de).

Los griegos no tenían conciencia del pecado moral de los judeo-cristianos, pero sí de la trasgresión; por eso en sus conflictos no hay ni buenos ni malos, simplemente son los dioses los que controlan el destino de nuestras vidas.

Con el término katharsis los griegos se referían a la purificación. Los autores helenos pretendían que el público se identificase con el personaje principal de sus tragedias, para ello lo enfrentaban con dos sentimientos: la misericordia (eleas) y el terror (phobos). Dos emociones que han aflorado de formas muy diferentes en la pandemia COVID-19.

Sófocles recurrió a una epidemia de peste -una plaga- para centrar el conflicto de su inmortal Edipo Rey. Es una circunstancia penosa, grave en sí misma, que es entendida, según la mentalidad de la época, como un castigo divino forjado por un acto indigno. 

La Tique es la personificación del destino y de la fortuna, la diosa que rige la prosperidad de una comunidad. En las tragedias griegas se nos cuenta cómo la adversidad se ceba en el bienestar de las ciudades y sus habitantes. El SARS-Cov-2 está deshilachando nuestro Estado de bienestar y rasgando las costuras de la desigualdad social.

En aquella época los actores siempre eran varones, no había actrices, y salían a escena con el rostro cubierto por una máscara (en griego, prosopon). Este gesto tenía dos finalidades, por una parte, amplificar los sonidos del actor y, por otra, dar vida al personaje que debía representar -masculino o femenino-.

A este artefacto -a la máscara- los romanos lo bautizaron con el nombre de “persona” (del latín per sonare, sonar a través de). En un sentido etimológico, venía a encarnar lo postizo, lo aparente, es decir, el carácter de un personaje creado por un autor dramático. 

Los seres humanos nos acomodamos detrás de varias máscaras, la que usamos cuando salimos de fiesta, cuando nos relacionamos en nuestro ámbito laboral, cuando nos reunimos con la familia política…

Con el paso del tiempo el término evolucionó hacia un significado mucho más abstracto, más genérico, el que conocemos actualmente. Para el psiquiatra Carl Gustav Jung la persona es la máscara social que llevamos puesta en el teatro de la vida.

Si seguimos con este hilo etimológico, persona fue el punto de partida del término personalidad, un constructo psicológico relacionado con las características psicológicas de un individuo. Podríamos decir que la personalidad es la máscara tras la cual se esconde la individualidad, detrás de la cual atrincheramos nuestro Yo más íntimo.

Los seres humanos nos acomodamos detrás de varias máscaras, la que usamos cuando salimos de fiesta, cuando nos relacionamos en nuestro ámbito laboral, cuando nos reunimos con la familia política… Estas máscaras las intercambiamos de la forma que más nos conviene en cada momento. Pero, al mismo tiempo, la personalidad también encarna el conjunto de rasgos y características de un individuo, la esencia que nos distingue de los demás seres humanos. A ver si de esta tragedia nuestra personalidad sale reforzada y se proyecta hacia un “nosotros” más fusionado.

#YONOMEOLVIDO