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05/06/2020 09:34 CEST | Actualizado 05/06/2020 09:34 CEST

Silencio, se juega

El verdadero orgasmo llega cuando uno comparte los eufóricos gritos con centenares de aficionados que animan, como expertos que son, al caballo que va a perder.

Rizky Nurrahman Alrasyid / EyeEm via Getty Images

Recuerden, con el alma dormida o insomne de café, tanto da, aquella impactante escena de Tristana en que unos chavales juegan al fútbol en completo silencio. La cámara se acerca poco a poco hasta captar los gestos que nos informan de que todos los golfillos harapientos y vivaces que dan patadas al balón son sordomudos. Entre ellos está Saturno, hijo de Saturna (excepcional Lola Gaos), adolescente que vive amancebado con su mano, como algunos de nosotros en dos meses de celibato.

Al hilo de la secuencia recordada, caí en la cuenta de que en Francia los caballos llevan tres semanas vivos. En el coqueto óvalo de Lasarte, resucitaron el pasado miércoles. Y cuando la autoridad abra definitivamente los cajones (del público, entiéndase) relincharán de nuevo en La Zarzuela, Pineda, Dos Hermanas, Sanlúcar...

Es tan limitada la cabaña equina, y tan menesterosas nuestras carreras, que apenas se atreven a coincidir en el calendario. Como envidio a los afortunados gabachos, con doscientas cuarenta rectas de llegada por las que aún pasea el fantasma de Maurice Chevalier, que acogen más de dieciocho mil galopes al año. Cincuenta carreras diarias. 

París conoce el asedio permanente de ocho hipódromos a los que el aficionado puede desplazarse en cualquier momento. Para llegar al legendario Longchamp (al que la última reforma ha convertido en un Titanic de saldo y sin quilla) o a Auteuil, basta con dar un paseo por el Bois de Boulogne, cuyo olor a tomillo aún resiste ante los invasores de toda suerte y vehículo.

Miles de personas siguen día tras día el tranco agotado del favorito que, otra vez, se desfonda en los últimos metros, dejando tras él una pañolada de boletos rasgados encalando el suelo de esos pequeños locales de pueblo que son a la vez bar, estanco y casa de apuestas y en los que un televisor conectado al canal Equidia basta para dejar a los expertos con cara de tonto.

Los hipódromos, resulta lógico si pensamos en una mañana laborable, están medio vacíos.

Días hay en que no llegarán a un centenar los burreros que pasean por las gradas, llevados por un extraño afán de exploración. En el de Cagnes-sur-Mer la recta de enfrente desemboca en el mar y la tribuna huele a viento salino, a espuma y a vino de Homero. En alguna ocasión compartí las primeras carreras con mi sombra y mi programa de mano, único público congregado para el evento aunque la luciérnaga de los monitores que detallan el estado de las apuestas exhibiera por millares las cantidades jugadas. 

El verdadero orgasmo llega cuando uno comparte los eufóricos gritos con centenares de aficionados que animan, como expertos que son, al caballo que va a perder.

Claramente pude escuchar la conversación entre los entrenadores, los relinchos nerviosos de los caballos en los cajones, el golpe malhumorado de las puertas al abrirse, la percusión de las pezuñas contra la tierra, e incluso el tambor de sus agitados corazones, interrumpido por los piropos entre los jockeys: “¡Crúzate otra vez, hijo puta, y te cruzo con el látigo!” (en francés suena aún peor por más que lo difumine la mascarilla). Y, en la meta, el morse de las cámaras fotográficas.

La alegría del ganador y la decepción de todos los demás fueron idénticas a las de las grandes tardes, aunque no hubiera aplausos (quise dar mi homenaje de palmas y solo conseguí que viniera un camarero). Jockey, entrenador y caballo saben muy bien lo que han conseguido sin que el respetable se lo indique. 

Vistos en la pantalla, los jacos son como una paja con guantes. El verdadero orgasmo llega cuando uno comparte los eufóricos gritos con centenares de aficionados que animan, como expertos que son, al caballo que va a perder. 

Y me resulta patético el ritual paseo por la noria del paddock sin nadie que avizore, ni admire su musculatura, su elasticidad, su brío. Vueltas y más vueltas con una finalidad sin fin.

Contemplar el sensual y desafiante andar de los potros ante una grada ciega y sorda, tiene para mí el amargor de un cóctel pasado de angostura. 

Algo parecido ocurre en la música clásica, donde los asistentes respetan el silencio entre las partes de la obra y aguardan al final para mostrar su entusiasmo (no así en la ópera; allí parece que con la entrada se vende el derecho de interrupción en cuanto aparece un do de pecho). Al culminar la interpretación, el director y los músicos se miran, se miden, se valoran, durante un parpadeo.

Luego en los camerinos y emulando al Concierto de San Ovidio, la batuta se transforma en fusta.

Recuerdo un tablao en blanco y negro, vecino a Viridiana (Zambra), donde se cultivaba el purismo. Allí, en la alta noche, un militar estrellado aplaudió a contratiempo. Y sin dudarlo, antes de que pudiera defenderse con “usted no sabe quién soy yo”, ya lo habían puesto en la puta calle.  

Como los muy buñuelescos niños sordos, quienes afrontan en estos días el retorno al campo de juego o al pabellón deportivo habrán de hacerlo rodeados de silencio. Tendrán que aprender a no esperar aplausos por sus gestas, complicidad con sus guiños a la galería o furia compartida ante las injusticias que sufran.

Y los jinetes deberán reconciliarse con ellos mismos sin esperar nada del veredicto ajeno; noble disciplina en la que los caballos son maestros desde hace siglos.

Copyright, Juan Pelegrín. via Getty Images

A los actores de teatro les quedará el consuelo de saber que los pocos y distantes aplausos que reciban serán consecuencia de las disposiciones gubernativas. 

Pero no logro imaginarme un combate de boxeo en el que el estallido seco de los golpes quede apagado por la reverberación de la campana, rebotando implacable entre sillas vacías.

Sin el comentario sagaz de los aficionados, ni los gritos con que los vecinos del barrio animan al chaval al que ya desde pequeño le gustaba la pelea; sin la presencia, en fin, de quienes se han hecho sabios en las desangeladas plazas del extrarradio, empuñando latas de cerveza tibia comprada en el chino y sin más literatura que la supervivencia y el Whatsapp, el boxeo deja de ser el arte de la venganza para congelarse en la frialdad de la violencia burocrática. 

Y el cuadrilátero recordará demasiado un “cadalso encordado” (sospecho que a Urtain, la noche que noqueó a su vida cayendo sobre los tendederos del patio, no le dolieron las cuerdas de tan familiares).

Ahora quién sabe si el entrenador se dirigirá a uno de los púgiles con la voz de Pepe Isbert: “La palomilla, José Luis. Acuérdate de ajustar la palomilla.”

Mala crónica hubiera escrito el maestro Manolo Alcántara sin sentir en los asientos cercanos el aliento de los suyos.

En los toros, el silencio es un milagro. Lograr el de La Maestranza, místico y recogido (aún vive en la arena de mi memoria la tarde de Feria en que Paula recibió al burel por chicuelinas, y cuando una voz inoportuna rompió el silencio, un aficionado tronó “¡a hablar a la radio!”), o el de Las Ventas, desafiante y tenso, son los mayores logros de los que un matador puede presumir. Curro Romero lo consiguió a menudo (“¿Viste la media que dio Curro esta tarde?”, preguntó el paisano que cargaba sus buenos chatos de vino por Sierpes. “¿No? Pues vete a verla, que todavía no ha terminado”). A Antoñete, en Las Ventas, le bastaba con encender un cigarrillo para que se suspendiera el tiempo.

Las plazas de toros están hechas para que se escuche todo. Algunos cosos, legado del ingenio romano, estaban rodeados por un foso de agua que no pretendía ser barrera, ni abrevadero de leones, ni espejo de gladiadores, sino mejorar la acústica del recinto.

Fue en Nimes, creo, donde todo el tendido pudo escuchar claramente a un apoderado que, harto de la resistencia del toro a la puntilla, que iba a cubrir de olvido una faena de triunfo, masculló encabronado: “muérete, coño”. Y la reprimenda tronó desde las alturas: “oiga, nadie nos queremos morir”.

Ya sea con público o en la intimidad, espero que las corridas de toros vuelvan cuanto antes.

En el silencio administrativo de las plazas desiertas resonará, me temo, el mugido del animal herido como una señal de desvalimiento, no de orgullo. Y aunque sean miles los que sigan cada pase a través de la retransmisión televisiva, no querrá el matador dirigir su desplante al ojo yerto de la cámara cuando sienta que su mano izquierda, lenta y desmayada, ha callado a la fiera y a quienes lo criticaban. 

O quizás perciba que la liturgia se purifica; que cada movimiento desarropado, lejano, irreal, muestra la vida y la muerte con su verdadero rostro, sin maquillaje de triunfo o de fracaso.

Algunos creyentes afirman que nada les ha sobrecogido tanto como la imagen del Papa celebrando los Oficios del Jueves Santo en una Plaza de San Pedro desalojada y azotada por la tormenta.

Estoy seguro de que Dominguín, en semejante trance, cruzado el círculo de cal y clavándose en el albero, habría gritado al realizador: “¡Apagad esos trastos, hostias!”.

Y habría citado al toro.

Ya sea con público o en la intimidad, espero que las corridas de toros vuelvan cuanto antes. El canal televisivo que detenta los derechos de la fiesta (al que no se le vino a los cuernos programar un ciclo de películas. Un mano a mano de Ladislao Vajda hubiera bastado para que en la pantalla florecieran los pañuelos: Tarde de toros y Mi tío Jacinto) ha suplido las ferias clausuradas con la reiterada emisión de antiguos festejos, faenas de aliño ajenas a la variedad. Ya lo hizo notar mi hija Julieta hace unos días con esta larga cambiada:

¿Cómo no va a flojear de remos el pobre animal, si es la octava vez que lo torean en dos semanas?”. 

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