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01/08/2021 09:36 CEST | Actualizado 01/08/2021 09:36 CEST

Simone Biles contra Darío

A lo mejor estamos ante un corte de mangas acompañado de la decisión de dedicar la vida a algo que tenga sentido.

LOIC VENANCE via Getty Images
Simone BIles.

Ninguna actividad como el deporte merece un juicio tan diferente según nos estemos refiriendo a su práctica aficionada o a su práctica profesional. No se me ocurren más que ventajas y virtudes en relación con el deporte de barrio, el de los centros educativos, el que se practica de forma cotidiana o como parte del ocio de los habitualmente jóvenes. Distingamos dos ámbitos: el referido a la salud —tanto física como mental— y el referido a los valores que consideramos deseables para los miembros de nuestra sociedad. Respecto de ambos fines el deporte aficionado hace aportaciones valiosas. Quiero vivir en un país en donde los miembros de los equipos se van de cañas tras un partido de fútbol y ya no recuerdan cuál fue el resultado. 

La competitividad bien medida, casi divertida, se convierte ahora en una competitividad desquiciada que monopoliza la vida

Y, sin embargo, no se me ocurren más que desventajas y defectos en relación con el deporte profesional, que se vuelven ya auténticas lacras, en ocasiones monstruosas, si nos referimos al deporte de altísima élite. Las ventajas para la salud física no se incrementan en comparación con el deporte de base. Es un factor de riesgo para la salud mental. La competitividad bien medida, casi divertida, se convierte ahora en una competitividad desquiciada que monopoliza la vida y no se corresponde con el fin tan banal que la suscita. Lo que es un condimento delicioso en pequeñas dosis pasa a ser el único ingrediente de una dieta tóxica. Egocentrismo, obsesión, inutilidad. Y eso que no tenemos tiempo aquí para hablar de dinero, buitres y adolescencias secuestradas…

Esta semana asistimos a la retirada de Simone Biles de los Juegos Olímpicos en atención a su salud mental. Seguro que no fue así, pero habría sido maravilloso que la premiada gimnasta hubiera tenido un súbito momento de lucidez en donde se vio en medio de un circo marciano, dedicando su vida entera —cada relación personal, cada caloría que ingiere, cada músculo que mueve a lo largo del día— a perfeccionar de forma maníaca cómo hacer un giro al saltar, mientras mil asesores que viven de asesorarla le tratan como si estuviera en juego la victoria de Alejandro contra Darío en el siglo IV a.C. Casi seguro que no fue así, pero a lo mejor estamos ante un delicioso corte de mangas que va acompañado de la decisión de dedicar la vida a algo que tenga sentido. Sería un final verdaderamente feliz para esta historia.

Quiero vivir en un país en donde los miembros de los equipos se van de cañas tras un partido de fútbol y ya no recuerdan cuál fue el resultado

Es normal que los deportistas aficionados miren a los deportistas profesionales con admiración. Con frecuencia son sus ídolos. Y les va a parecer fatal que les desee de todo corazón que tengan la inmensa fortuna de perder las veces que haga falta para no llegar nunca a ser como ellos. El tema de una vida no debería ser cómo clavar la recepción tras un doble mortal. Es algo que no tiene porqué saber cualquier joven gimnasta que se inicia en el deporte profesional. Pero sí deberían saberlo sus entrenadores, cuyo único consejo el primer día de entrenamiento —a las siete de la mañana para que puedan seguir con la ESO— debería ser: “sal corriendo de aquí y nunca practiques deporte si no es para disfrutar, si no puedes después irte de cañas con tus rivales sin recordar cuál fue el resultado”.

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