Sin acuerdos, con rearme: así está Ucrania mientras la diplomacia exprime sus últimas bazas

Washington no responde a las exigencias de Moscú, pero sí pone en "alerta elevada" a 8.500 soldados, mientras Macron trata de sentar a las partes en una mesa, en París.
Un soldado ucraniano destinado en Avdiivka, retratado el pasado lunes.
Un soldado ucraniano destinado en Avdiivka, retratado el pasado lunes.
Anadolu Agency via Getty Images

Para ser “imaginaria”, como afirma Rusia, la invasión de Ucrania no deja de acaparar titulares. La posibilidad de un conflicto armado en Europa -nunca tan cercana en los 30 años que hace que desapareció la URSS- sigue inquietando, aunque hemos entrado en un compás de espera que nadie sabe cuántos días pueden durar. Una guardia que viene acompañada de acción: movimientos militares que no se detienen, más amenazas verbales, silencios que valen más que las palabras y diplomacia, esa que intenta exprimir sus últimas bazas para que la salida a este conflicto no sea violenta. Esperar y confiar, en palabras del Conde de Montecristo.

En este momento, las posturas entre Rusia y EEUU, que forma bloque junto a la OTAN y la Unión Europea (con matices) son muy distantes. El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, y su homólogo ruso, Sergei Lavrov, se vieron la semana pasada y se cruzaron documentos esenciales para desescalar, si no resolver, la crisis. Fue el viernes. A día de hoy no ha habido respuesta de ningún tipo, pese a que se prometió una escrita, formal.

Queda así en el limbo un pronunciamiento firme por parte de Washington sobre la lista de demandas que Moscú emitió a la alianza militar el pasado 17 de diciembre, un documento en el Kremlin exige, principalmente, que los militares extranjeros abandonen Europa del Este (Bulgaria y Rumanía, en concreto) y se garantice que Ucrania no se uniría nunca a la organización de defensa transatlántica. EEUU ya defendió en dicha reunión la libertad y soberanía de los países para decidir adherirse a la Alianza, pero no dio el portazo, cuando antes el presidente de EEUU, Joe Biden, había tildado de “intolerables” esas exigencias.

“Decir sí a lo que pide Rusia es alterar la naturaleza de la OTAN, desde su reglamento y su funcionamiento a sus principios fundacionales. No se puede decir qué debe hacer un país soberano, íntegro. Nadie dicta la política de otro estado. No son los tiempos de los satélites soviéticos. No se puede contentar a Rusia en ese punto, por lo que quedan debates intermedios: armamento, distribución, calendarios, maniobras”, explica una fuente española del Cuartel General de la OTAN en Bruselas. Moscú ya ha dicho que eso es el chocolate del loro, que no aceptará migajas, pero “todo es una negociación, un tira y afloja, con cesiones mixtas”, añade.

Blinken y Lavrov se han emplazado a nuevos contactos la semana que viene, en un intento de retrasar cualquier acción violenta y la Casa Blanca ha indicado que no descarta un encuentro entre el presidente estadounidense, Biden, y el ruso, Vladimir Putin, si puede ayudar a rebajar la tensión entre los dos países. El problema es que el ruso ha estirado tanto la cuerda, mandando más de 100.000 efectivos a su frontera con Ucrania que, a estas alturas, no vale sólo con una llamada de teléfono entre dos líderes. Es la gran incógnita: qué quiere Putin, con cuánta fiereza lo quiera, qué consecuencias asumirá para lograrlo. No hay analista que lo sepa.

Y el tono, en la espera, no mejora: “En su etapa actual las negociaciones han concluido. Antes de entender cómo vamos a continuar hay que recibir el texto (de las respuestas), que esperamos esta semana”, ha dicho el portavoz de la Presidencia de Rusia, Dmitri Peskov.

Pese a la distancia y las líneas rojas, este miércoles se presenta una interesante oportunidad de pulsar los ánimos. Será en París, en el encuentro auspiciado por el presidente francés, Emmanuel Macron, del llamado formato de Normandía, una cita a cuatro en el que están representadas, además de Francia, Alemania, Ucrania y Rusia. Esto es: el liberal va a sentar en la misma mesa a los dos adversarios.

Su plan es tratar de desatascar el proceso de paz para el Donbás, donde se enfrentan desde 2014 el Ejército ucraniano y los separatistas prorrusos, apoyados por Moscú. Una guerra abierta en la que se enmarcaría la nueva ofensiva supuestamente por venir. Arreglando lo que ya está roto se pueden evitar otros jirones, piensan en El Eliseo. En días de todo o nada, cualquier atisbo de esperanza es bienvenido.

Una manifestante contra Putin, en el centro de Kiev, el pasado 9 de enero.
Una manifestante contra Putin, en el centro de Kiev, el pasado 9 de enero.
Valentyn Ogirenko via Reuters

El problema de la voz única

La diplomacia, por tanto, no yace vencida, aunque sí luzca demasiados vendajes ya. Pero es que, al problema de poner a los enfrentados de acuerdo, suma un añadido: que los de un mismo bando, o sea, EEUU, la OTAN y la UE, vayan todos a una y no cada uno por su lado. Es algo que se afanan es escenificar, pero que no cuaja aún en algo sólido, en una narrativa creíble.

Washington se enerva ante un Putin exigente, odiado por Biden, intoxicador de su campaña electoral, que trata de volver por sus fueros del imperio que fue, en en contexto de baja popularidad del demócrata, un casi octogenario con serios problemas internos (de la pandemia a la inflación, pasando por la división de su propio partido y el estancamiento de leyes clave, a un suspiro de las elecciones de mitad de mandato). La OTAN trata de mantener su extender su zona de influencia y reforzar flancos, en un momento en el que su manera de actuar está en entredicho con salidas fallidas como la de Afganistán, mientras Europa intenta sacar la cabeza, respirar con más independencia en el plano defensivo y diplomático, tomas sus decisiones sin esperar a que otro marque el camino y, además, es quien tiene en su suelo, frontera con Ucrania, la posibilidad real de una guerra y las consecuencias que podría tener ello, por ejemplo, en su energía. Sería la más perjudicada.

Todo eso hace que los tiempos, tonos, intenciones y desvelos de cada cual sean diferentes. Biden ha reunido a un selecto grupo de naciones para tomar el pulso a los acontecimientos y sostiene que hay “unanimidad total” con Bruselas, pero ahí están las distintas velocidades y los distintos mensajes: mientras Washington y Londres sacan a su personal no imprescindible de Kiev y mandan tropas a la zona, Francia y Alemania, capitanes de la UE, se niegan a hacerlo. Si acaso, habrá ayuda médica, añaden. Desde París se levanta la voz y se pide “un enfoque occidental común”, quejándose en la prensa de que EEUU no consulta a sus aliados todo lo que debe ni los tiene, luego, en cuenta.

Pesa sobre Ucrania la losa del reciente escándalo del AUKUS, el acuerdo militar a tres bandas (EEUU, Australia y Reino Unido) para combatir la influencia china en la zona del Indo-Pacífico, en la que se dio de lado a Francia y no se informó de paso alguno a la Unión Europea.

Europa, de momento, tiene frenadas las sanciones anunciadas contra Rusia, mientras ve evolucionar los acontecimientos. Ayer debían ser revisadas por lls ministros de Exteriores del club, pero no cuajaron. Bruselas sigue equilibrando el mensaje tremendista de EEUU y Reino Unido e insiste en que hay que escapar del “alarmismo” y los “ataques de nervios”, en palabras del jefe de su diplomacia, el español Josep Borrell. Un mensaje que busca templanza, aunque insiste en la necesidad de una respuesta “contundente, unida y coordinada” si se da el caso, añade Borrell. Rusia ha llegado a reírse del revuelo occidental. Habla de “histeria” y responde con “no atacaremos, no asaltaremos, no invadiremos”, pese a los informes de Inteligencia que alertan de sus supuestas intenciones, dice EEUU.

“No podemos entrar en la mente de Putin”, dice Jen Psaki, la portavoz de la Casa Blanca, pero hay que encontrar una sola voz para cuando se decida.

Botas sobre el terreno

Ahora ahora, la OTAN ha basado unos 4.000 soldados en batallones multinacionales en Estonia, Lituania, Letonia y Polonia, respaldados por tanques, defensas aéreas y unidades de inteligencia y vigilancia, indica la agencia Reuters. Un primer paso firme de advertencia, que se suma a refuerzos adelantados en misiones ya previstas con medios de España, Dinamarca, Países Bajos o Francia.

EEUU está valorando las opciones sobre las capacidades militares que puede necesitar ante una posible invasión rusa. Ya ha puesto en alerta “elevada” a 8.500 soldados más ante el aumento de la tensión en la zona. No quiere decir que se vayan a desplegar, sino que están listas para hacerlo si la situación lo requiere. Y ha a autorizado 90 toneladas de ayuda “letal” para Ucrania, que incluye municiones “para defensores de primera línea”, informa la BBC.

El portavoz del Pentágono, John Kirby, ha confirmado ya la participación del grupo de ataque del portaaviones estadounidense USS Harry S. Truman en las maniobras Neptune Strike 22 de la OTAN, que se extenderán hasta el 4 de febrero en el Mediterráneo. Un ejercicio castrense “diseñado para demostrar la capacidad de la OTAN a la hora de integrar las capacidades de ataque marítimo de alto nivel del grupo de ataque de portaaviones para apoyar la disuasión y la defensa de la Alianza”, dijo Kirby. Estos ejercicios fueron planeados en 2020, sin “anticipar” la actual movilización de tropas de Rusia en la frontera con Ucrania. Coincidencia o no, el mensaje también queda lanzado.

Por ahora, más allá de la concentración de tropas rusas y maniobras ya conocidas, no se han detectado otros movimientos intimidatorios por parte de Rusia, como despliegue de armamento en lugares sensibles, entrada de uniformados en el Donbás o ciberataques nuevos, que son pasos esperados por las Inteligencias occidentales como alternativa a la invasión o, incluso, como fase previa.

De qué hablamos cuando hablamos de sanciones

En cuanto a sanciones, amenaza recurrente tanto de Washington como de Bruselas que, hasta ahora, no ha causado verdadero desgaste a Moscú, la Unión Europea ha dicho que tiene “muy avanzado” el trabajo preparatorio de esos posibles castigos, que tendrán “fuertes consecuencias políticas y un coste masivo”, en palabras del portavoz de Exteriores del Ejecutivo comunitario, Peter Stano. EEUU dice directamente que está “preparado” el paquete de sanciones, que sólo tiene que mover un dedo si hay invasión.

A los los lados del Atlántico, se comparte que es esencial dejar a Rusia fuera del sistema financiero SWIFT, que transfiere dinero de banco a banco en todo el mundo. Esa sería una de las medidas financieras más duras que podrían tomar contra los de Putin, ya que dañaría a la economía rusa de inmediato y, también, a largo plazo. Una opción podría dejar al país fuera de la mayoría de las transacciones internacionales, incluyendo los beneficios de la producción de gas y petróleo, que en total suponen más del 40% de sus ingresos, muchos de ellos provenientes de Europa.

Esta opción ya se impuso por parte de EEUU a Irán, con un enorme daño para su población, y fue barajada en 2014, cuando Rusia invadió y se anexionó la península ucraniana de Crimea y respaldó a las fuerzas separatistas en el este de Ucrania. Moscú declaró entonces que una expulsión del SWIFT equivaldría a una declaración de guerra y sus ideas no han cambiado. Los aliados -que más tarde fueron criticados por responder con demasiada suavidad a la agresión de 2014- descartaron la idea.

Desde entonces, Rusia ha intentado desarrollar su propio sistema de transferencias financieras, aunque con un éxito limitado. El impacto sería relativamente menor ahora, pero aún salpicaría a otras economías... incluyendo las del propio EEUU y Alemania, un socio clave sobre todo en lo energético. Los legisladores estadounidenses han dicho esta semana que la Administración sigue analizando la gravedad de ese impacto. Annalena Baerbock, la ministra alemana de Exteriores, ha dejado claras sus dudas: “El palo más duro no siempre resulta ser la espada más inteligente”, ha avisado gráficamente.

EEUU tiene ya una de las armas financieras más poderosas contra Putin si entra al país vecino: bloquear el acceso de Moscú al dólar estadounidense. El dólar sigue dominando las transacciones financieras en todo el mundo, que mueven billones de dólares cada día. Las operaciones en dólares se autorizan en última instancia por la Reserva Federal o instituciones financieras estadounidenses. Para Putin, esto significa que los bancos extranjeros tienen que poder acceder a ese sistema financiero para liquidar las transacciones en dólares.

La capacidad de bloquear ese acceso da a Washington la posibilidad de infligir daños financieros más allá de sus fronteras. En el pasado, ya suspendió el acceso de instituciones financieras al sistema por la supuesta violación de sanciones contra Irán, Sudán y otros países. Muchos ciudadanos y empresas rusas no podrían ni realizar siquiera las operaciones más rutinarias, como pagar nóminas o comprar cosas, al no tener acceso a la banca estadounidense.

Más allá de las filtraciones a la prensa o de ideas manejadas en el pasado, la Casa Blanca ha confirmado por boca de su portavoz que está considerado imponer controles a las exportaciones, lo que podría cortar el acceso de Rusia a la alta tecnología que ayuda que los aviones de combate y pasajeros vuelen y que hace que los teléfonos sean inteligentes, junto a otro software y equipos electrónicos avanzados que hacen funcionar al mundo moderno. En el grupo de países limitados están Cuba, Irán, Corea del Norte y Siria.

Además, la capacidad de Moscú para obtener circuitos integrados y productos que los contengan, se vería severamente restringida, por el dominio global del software, la tecnología y los equipos estadounidenses, presentes en prácticamente todo. Una cosa es donde se fabrican y otra, donde se piensan. El impacto podría ampliarse a la aviónica de las aeronaves, a las máquinas y herramientas industriales, a los smartphones, las videoconsolas, las tablets y los televisores.

Estas sanciones podrían afectar también a industrias críticas rusas, incluyendo los sectores de defensa y aviación civil, lo que llegaría a sus ambiciones de alta tecnología, ya sea en inteligencia artificial o en computación cuántica.

Como algunas de las otras sanciones bajo consideración, las restricciones a las exportaciones estadounidenses podrían llevar a las empresas a buscar alternativas en otras naciones, incluyendo China.

Los legisladores -tanto republicanos como demócratas- se han opuesto durante años al nuevo gasoducto ruso Nord Stream 2 hacia Alemania, alegando que ayudaría a Rusia a utilizar su control sobre el suministro de gas como moneda de cambio para conseguir sus objetivos políticos en Europa. Este punto es especialmente espinoso para Europa, ya que Berlín tiene paralizado el proceso y el va en él un buen pico de su economía y su autonomía energética.

Una de las tácticas más utilizadas por Washington es sancionar al círculo inmediato de los líderes, sus familias, y a los círculos militares y civiles. Putin, sus amigos y familiares podrían enfrentarse también a esto, además de los poderosos oligarcas y sus bancos. Es lo que ya le pasa, por ejemplo, al venezolano Nicolás Maduro. El chascarrillo en televisiones como la Fox es si se incluirá en la lista negra a la familia del presidente y a la mujer que, dicen algunos medios, es su pareja Alina Kabaeva, una exgimnasta que ganó un oro olímpico en 2004. La vida de Putin es todo lo pública que un exdirector de la KGB quiere que sea, o sea, nada.