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02/04/2019 07:38 CEST | Actualizado 02/04/2019 07:38 CEST

Sin noticias del centro soberanista

Agencia EFE
Laura Borrás

Una de las consecuencias que ha dejado el Procés en Catalunya es la desaparición del centro reformista y catalanista como espacio aglutinador y territorio líquido en el que confluían diversas sensibilidades, muchas de ellas soberanistas y otras de simple mejora de un autogobierno que la inmensa mayoría de los catalanes consideran insuficiente. Desde la Transición y hasta hace pocos años, ese espacio fue ocupado, sobretodo, por la Convergència i Unió de Jordi Pujol, que se erigió como un movimiento nacionalista y socialmente transversal e integrador con una clara voluntad de construcción nacional. Pero también estuvo ocupado por un PSC, con sólido y solvente currículum en la gestión municipal, que resultó fundamental para la integración en la realidad catalana de la inmigración procedente del sur de España. Convergentes y socialistas se repartieron el poder territorial de Catalunya durante más de treinta años abanderando unas diferencias entre ambas fuerzas que, en realidad, resultaban mínimas o de matices. A la hora de la verdad, los programas de CiU tenían un inequívoco acento social (el mapa educativo y sanitario público tiene su firma), de la misma manera que el PSC apostó por un nuevo marco que superase las limitaciones del autogobierno (fue Maragall quien capitaneó el nuevo Estatut).

La polarización de los últimos años, originada por el conflicto entre Catalunya y España, ha dejado los terrenos líquidos en difícilmente transitables. En tiempos de agitación, la moderación recibe disparos de todas partes. Junts per Catalunya, la marca electoral del mundo post-convergent, ha entrado en una absurda pugna con ERC por ver quién es más independentista, mientras el PSC ha abandonado una de sus dos almas, la que precisamente le permitió ganar un espacio central en Catalunya. Y, por el contrario, ninguna de las fuerzas políticas aparecidas en los últimos años en el mapa político catalán ha tenido la más mínima opción (ni intención) de ocupar ese espacio abandonado por la radicalización de unos y la renuncia de otros.

Los últimos movimientos de Carles Puigdemont por superar el catalanismo pactista en Madrid y liquidar las figuras moderadas que abanderaban la que había sido la habitual política de CiU en el Congreso, han sido la confirmación definitiva del abandono del territorio líquido en el que tradicionalmente se ha movido el centro soberanista. Sustituir Carles Campuzano y Jordi Xuclà por Laura Borràs –con nula experiencia en política parlamentaria–, mientras se potencia Míriam Nogueras –con un discurso que podría firmar la CUP y sin capacidad para abrir puertas donde se deciden las políticas legislativas… que también afectan a los catalanes– ilustra el rumbo que distingue la actual Junts per Catalunya, nacida en torno a la figura del expresident exiliado. El bloqueo, la pancarta y el ruido de Twitter se imponen a la negociación, la discreción y el pragmatismo.

El clima generado por la agresividad de buena parte de la clase política y los medios españoles, así como el despropósito del juicio a los presos políticos, no ayudan a buscar el sosiego.

La incógnita de todo ello es cómo reaccionará la base electoral del centro soberanista, tradicionalmente más inclinada por el pragmatismo y la eficacia que por el pancartismo y los extremismos. Ciertamente, el viaje ideológico de la antigua CiU hacia el independentismo no tiene vuelta atrás, ya que se trata de la (lógica) evolución del nacionalismo catalán tras las continuas negativas del Estado a buscar una solución. Pero el pragmatismo centrista siempre había tenido claro que antes de llegar a la difícil estación final existían multitud de paradas que conviene visitar. No sólo es una cuestión de pragmatismo, sino también de estrategia para mantener una posición central y con apoyos múltiples, que, por otra parte, resultan imprescindibles para conseguir el objetivo final.

Las nuevas líneas no van en ese camino. El discurso está focalizado en un único tema y ha abandonado aspectos claves que formaban parte de su adn político, como el desarrollo territorial, el fomento empresarial o las políticas socio-económicas. La lógica del “Cuánto peor, mejor”, que había caracterizado a las opciones más radicales, ahora forma parte del programa de intenciones de los herederos del centro soberanista. Tensión, bloqueo, oposición. Sin duda, el clima generado por la agresividad de buena parte de la clase política y los medios españoles, así como el despropósito del juicio a los presos políticos, no ayudan a buscar el sosiego y el pragmatismo que aconseja una política de centro social. Pero el error es de tal magnitud que está dejando cada vez más huérfanos políticos por el camino.

 

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