Sobre el cine y el arte de contar (bien) historias

"No hay una buena película que se parezca a otra. La originalidad es un plus y una garantía de respeto hacia sus destinatarios".
Una escena de 'Amor', de Michael Haneke.
Una escena de 'Amor', de Michael Haneke.

Para hacer cine es necesario, si no obligatorio, haber visto una cantidad importante de películas. Y para escribir bien, sea la vertiente que sea, hay que leer. Leer mucho y, cómo no, textos de calidad.

Salvo en casos muy excepcionales, el talento y el arte no surgen de la ciencia infusa, sino que provienen del profundo conocimiento de técnicas, estructuras, estilos y pautas; luego la creatividad podrá bordear las reglas, estrujar sus contornos o hacer y deshacer a su peregrino antojo según crea conveniente. De ahí que no haya un buen libro que se asemeje a otro, ni tampoco hay —o no debería haber— una buena película que se parezca a otra. La originalidad es un plus y, sobre todo, una garantía de respeto hacia sus destinatarios.

Sin embargo, hay esquemas que siempre se repiten y eso, aunque a priori nos resulte irritante, también nos ofrece cierta familiaridad. Cuántas veces hemos oído: “Es como Friends, pero con científicos” al hablar de The Big Bang Theory; o “es como Friends, pero más triste” al referirse a Cómo conocí a vuestra madre, o incluso “es como Friends, pero con humor absurdo” al discutir sobre Seinfeld. Bien pensado, tal vez deberíamos reflexionar acerca de por qué todas las series se parecen sospechosamente a Friends. Quizá en otro artículo.

Si no nos desviamos del eje de nuestro tema, descubrimos que, a pesar de que todo es relativamente transformador e iconoclasta, también contiene una afinidad espectacular con producciones que ya conocemos. Hay aspectos que nos resultan esperables, elementos que intuitivamente sabemos que deben figurar para que las historias sean creíbles.

Al igual que en los personajes existen innumerables estudios sobre los arquetipos y centenares de manuales hacen referencia a los clásicos y al célebre Jung, también las historias responden a esquemas preestablecidos que devuelven el orden a la ficción. Porque ese orden que todos quisiéramos para el mundo real, en la creación ya está establecido, lo percibimos y lo reconocemos. Y esto es así porque llevamos mucha ficción consumida, muchos años asimilando estructuras y milenios perfeccionando la detección del artificio para que resulte, paradójicamente, realista.

De todo esto habla un libro cuya lectura me ha resultado apasionante. Un libro que se debe leer raudo, todo seguido, para, a continuación, releer cavilando, haciendo anotaciones a pie de página y tomando apuntes. Se trata de Cuéntalo bien. El sentido común aplicado a las historias, escrito por Ana Sanz-Magallón y editado por Plot.

Este texto —que es breve, sí, pero también intenso— es de obligada lectura para todo aquel que desee adentrarse en el placer de la escritura y quiera hacerlo con destreza. “Contar historias nos resulta tan natural e instintivo como comer o dormir, y hay quien dice que nuestra especie debería llamarse Homo narrator en vez de Homo sapiens”, menciona Sanz-Magallón en su introducción, aludiendo a ese detector de buenas historias que todos los humanos albergamos en nuestro interior.

El libro parte de una premisa sencilla, y no es otra que el dejarnos llevar por el sentido común a la hora de concebir argumentos y desarrollarlos en guiones. Porque, aunque todos, menciona la autora, distinguimos “una anécdota maravillosa de un rollo soporífero”, no todos sabemos codificarlo narrativamente ni encauzar nuestras ideas en un guion sólidamente construido.

Al contrario que los innumerables manuales para guionistas que existen en las librerías, aquellos en los que se enseña a hacer aritmética y hasta álgebra con la escritura (primer punto de giro en la página X, clímax en la página Y), este es un manual rebelde, una pizca ácrata y escrito con un lenguaje coloquial que esconde, y ahí está la clave, unas enseñanzas de altísimo nivel y eficacia. Sin duda el libro ha surgido de la dilatada experiencia de su autora y de su profundo conocimiento.

De forma inadvertida, y aduciendo que los principios básicos de la narrativa “no son otra cosa que el sentido común”, Sanz-Magallón propone un sinfín de ejemplos asumibles e incluso hilarantes (el libro en su totalidad es espectacularmente divertido) que hacen consciente al lector de cómo las ínfulas grandilocuentes de las que se huye mientras se habla, aparecen sin cortapisa en los textos cuando se escribe.

A lo largo de sus escasas 121 páginas, la autora nos adentra en el fascinante mundo de contar historias, guiándonos por un universo tan sensacional como alambicado. Resulta imposible finalizar el libro sin haber aprendido, al menos, a detectar los fallos más palmarios de escritura y, por qué no, a descubrir cuáles son las debilidades de las películas cuando las observamos como espectadores.

No lo dudéis, haceos con un ejemplar de Cuéntalo bien. Como advierte la propia autora “no es un libro muy largo ni muy caro. Así que: no tienes mucho que perder”.

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