Sócrates y Platón, dos 'canis' en acción

¿Por qué siendo individuos tan diferentes, el ser humano no ha acabado todavía con su especie?
Una playa del Mediterráneo en verano.
JORGE TODOLÍ
Una playa del Mediterráneo en verano.

Cuando eliges un lugar en la playa, una vez satisfecho el ritual de plantar la sombrilla y sentarse en esa silla de tela a punto de romperse, uno echa un vistazo a las personas que hay a su alrededor para comprobar que, generalmente, todos hacemos más o menos lo mismo. Parece que se nos detiene el tiempo por igual, especialmente cuando éste transcurre durante los días de vacaciones.

Al observar a estas personas deduzco que, al compartir un espacio de convivencia, las normas y el sentido común nos inducen a respetar al prójimo. Ahora mismo, en este espacio hay, a escasos metros, dos ‘canis’ que a partir de ahora llamaremos Platón y Sócrates para que no se ofendan, con la música alta que sale de su altavoz portátil de última generación. También hay una pareja mayor y unos padres primerizos que hacen carantoñas a su niña.

Ante esta escena es lógico que nos llame la atención el comportamiento fuera de tono de Sócrates y Platón, sin que nadie de momento se atreva a decir nada. Y yo me pregunto: ¿Por qué siendo tan diferentes, el ser humano no ha acabado todavía con su especie?

Las normas de convivencia básicas son esenciales para el funcionamiento de una sociedad pero, como vemos, canis —lo siento mucho, me he equivocado— o no, siempre hay personas que viven por y para saltárselas a la torera.

Tenemos la suerte de que España tiene una enorme extensión de arena frente a varios mares y un océano que dibuja el perímetro de la península —traducido: hay espacio de sobra—, así como el hecho de estar más relajados de lo habitual al encontrarnos en periodo de descanso. Estos tres, pienso, son motivos de peso que ayudan a evitar la confrontación entre personas que conviven, aunque sea por unas horas, en un mismo espacio público.

Cuando observo más detenidamente a Sócrates y Platón metidos de lleno en su actuación prehistórica como si la playa fuera de su uso exclusivo, veo que tenemos suerte de ser Homo sapiens y no neandertales —aunque tengamos un dos por ciento de sus genes—, porque la cosa terminaría en un duelo de lanzas y con más de un certificado de defunción.

Es curioso ver cómo ha cambiado a lo largo de miles de años la conducta del ser humano y la manera en que se ha adaptado a vivir en comunidad por el bien de todos. Quizás sea esta la verdadera razón de existir de nuestra especie.

Si a estas alturas de la película todavía nadie se ha levantado de la silla a punto de romperse, ni siquiera para insinuar a Sócrates y Platón que bajen el reguetón, lo quiten o, en su defecto, nos pongan a Los Rolling Stones, es porque no quieren romper la armonía y paz del colectivo que disfrutamos de nuestro tiempo libre. Y muy posiblemente para no meterse en problemas, porque esta pareja ve su actuación prehistórica como algo normal, el mundo les hizo así y seguramente responderían que no estamos para educar a la burra.

Nos necesitamos unos a otros incluso, aunque parezca raro, también a Sócrates y Platón, para entender que vivir en sociedad es la única salida para la continuidad de la especie.

En fin, con estos protagonistas de una película todavía por filmar que bien podría llamarse Sócrates y Platón: dos canis en acción, llego a la conclusión de que soy un privilegiado al formar parte como extra de una futura película y de paso de un experimento sociológico, como sucedió con la primera edición de Gran Hermano. Por eso, antes de sacar la lanza prefiero observar la panorámica desde la silla mientras tomo notas mentales y me acabo la cerveza.