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26/04/2020 10:14 CEST | Actualizado 26/04/2020 10:14 CEST

Solo sé que lo sé todo

Toni Cantó exige que los científicos contradigan a Sócrates y contemos con ministros y expertos que proclamen un infalible “sólo sé que lo sé todo”.

Getty Images
El diputado de Ciudadanos Toni Cantó y una efigie del filósofo Sócrates.

Ante la pandemia, hay gente que no le perdona a la ciencia que no sea una religión. Confunden los decimales de los porcentajes con las certezas esenciales, las previsiones con las profecías, el análisis de datos con la exégesis de textos sagrados. Esta misma semana, sin ir más lejos, Toni Cantó protagonizó su enésimo bochorno afeándole a Pedro Duque una intervención en la que el ministro de Ciencia comentaba que la búsqueda de una vacuna sería inevitablemente un proceso de ensayo y error. Duque sólo señalaba una obviedad: es muy probable que los científicos generen varias soluciones insatisfactorias antes de dar con la que valga para este problema. Pero Cantó se revolvió inquieto en su confinado escaño, perplejo ante un científico que no hacía más que explicar principios elementales del proceder científico. Y se burló de él de la forma que más delata su propia ignorancia: con arrogancia e ironía, ni siquiera con la malicia infantil de Homer Simpson cuando, en un aula universitaria, se ríe de aquel profesor al que se le caen las fichas al suelo.

Los términos probabilísticos no son del agrado de los adictos a las certezas absolutas.

Y es que la infalibilidad siempre ha sido un atributo más propio de papas que de científicos. Los diversos métodos de las ciencias no son en ningún caso garantía de verdad irrefutable, sino tan sólo la mejor forma que hemos encontrado hasta la fecha de reducir la probabilidad de equivocarnos. Los términos probabilísticos no son del agrado de los adictos a las certezas absolutas, así que me será especialmente difícil convencerles de la idea que viene ahora: en un mundo en donde la política, el arte, la religión y las pseudociencias tienen como primera prioridad evitar ser refutadas, la permanente disposición de las ciencias para detectar sus propios errores y corregirlos resulta más tranquilizante que lo inquietante que pueda parecer su falibilidad. Fernando Simón se equivocó hace unos meses al infravalorar la pandemia del Covid-19. Y nada garantiza que no se esté equivocando también hoy. Pero créanme, la medicina -a secas; me niego a llamarla “oficial”- sigue siendo el criterio ganador a la hora de tomar decisiones, sobre todo si lo comparamos con el pulpo Paul, Josep Pàmies, el Capitán A Posteriori o San Blas -patrono de las enfermedades respiratorias-.

Toni Cantó exige que los científicos contradigan a Sócrates y contemos con ministros y coordinadores de emergencias sanitarias que proclamen un infalible “sólo sé que lo sé todo”.

La ciencia transita por ese ordenado camino que se aleja tanto del rígido dogmatismo religioso como de la amorfa improvisación caótica, -sí, amigos, estamos pensando todos en la vergonzosa ineptitud demostrada por el gobierno en relación con el desconfinamiento de los niños-. Y toma las decisiones basándose en los conocimientos disponibles en cada momento, no en los del futuro. Ay del que crea que Ptolomeo era un tonto. En definitiva, la ciencia construye su barco tentativamente mientras está navegando, y ve cómo con frecuencia los barcos impecables que salen brillantes y terminados de los astilleros de las ideologías se hunden nada más llegar al agua. Se equivoca, se equivocó y se equivocará. Toni Cantó exige que los científicos contradigan a Sócrates y, frente al “sólo sé que no sé nada”, contemos con ministros y coordinadores de emergencias sanitarias que proclamen un infalible “sólo sé que lo sé todo”. No es en los laboratorios sino en los templos donde debe buscar a estudiosos que afirmen algo semejante. En cualquier caso, mientras los doctores de la Santa Madre Iglesia no terminen de dar con la oración que cure el coronavirus, seguiremos fiándonos más de los doctores que salen de las facultades de Medicina.