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Soy obesa y anoréxica y así es mi vida

La gente celebra mi pérdida de peso como una señal de que 'por fin' estoy recuperando el control de mi cuerpo y volviendo a ser sana, cuando la realidad es totalmente opuesta.

122,5 kilos. Me bajo de la báscula y suspiro. Cuando la cifra no baja con una dieta sana y haciendo ejercicio y los pensamientos negativos empiezan de nuevo, una parte oscura de mi mente me recuerda que el único método con el que he conseguido adelgazar es matándome de hambre. Y a fin de cuentas, lo que a todo el mundo le interesa son los resultados, ¿no?

Los trastornos alimentarios en general están relativamente mal entendidos, y esa mala interpretación empeora si no tienes en cuenta al individuo.

La anorexia nerviosa es un trastorno alimentario definido por una restricción de calorías poco saludable y, en ocasiones, un exceso de ejercicio. Las personas a las que les diagnostican esta anorexia están por debajo de su peso y sufren un grave trastorno dismórfico corporal, y los efectos físicos de la restricción de calorías a largo plazo pueden derrumbar a los pacientes física y mentalmente.

La anorexia nerviosa atípica es prácticamente igual que la anorexia nerviosa. La única diferencia es que el paciente no está por debajo de su peso. Lo de “atípica” es porque el paciente tiene un peso normal o sobrepeso. En mi caso, por mi estatura, tengo obesidad mórbida. Nadie se da cuenta de los efectos de mi anorexia nerviosa atípica cuando restrinjo mi dieta a unos pocos bocados al día. En vez de eso, celebran mi pérdida de peso como una señal de que por fin estoy recuperando el control de mi cuerpo y volviendo a ser sana, cuando la realidad es totalmente opuesta.

“Tengo obesidad mórbida. Nadie se da cuenta de los efectos de mi anorexia nerviosa atípica cuando restrinjo mi dieta a unos pocos bocados al día”

Jamás he tenido una relación sana con la comida, pero la primera vez que de verdad me sometí a una restricción extrema de calorías por la anorexia fue en mi primer año de carrera. No es nada sorprendente, ya que el estrés de dejar el hogar y empezar la educación superior puede llegar a provocar diversas enfermedades mentales, incluidos los trastornos alimentarios. Sin embargo, yo caí en las tendencias anoréxicas por accidente. Simplemente no tenía dinero.

La universidad en la que estudié no incluía ningún servicio de comedor para los estudiantes y mi padre no podía permitirse enviarme dinero ni comida. A finales de ese primer año, sobrevivía con lo que picaba en los eventos sociales ocasionales que se organizaban y con lo que me daba mi compañera de cuarto, que estaba en una situación similar a la mía, solo que sus padres tenían una situación económica ligeramente mejor. No fue una buena época y acabé dejando la universidad.

Pero había un aspecto positivo, al menos desde mi punto de vista: había adelgazado. Demasiado, de hecho. Ahora tenía un peso “normal” para mi estatura. Me sentí genial conmigo misma, pero al pensarlo de forma racional, veo lo mal que estaba. Tenía un peso normal, sí, pero a costa de haber perdido densidad muscular, no grasa. Desarrollé una tendencia a enfermar enseguida y sufría vértigos a todas horas.

Sin embargo, cuando se habla de personas con sobrepeso, a nadie le importa cómo adelgacen, sino que lo hagan. El omnipresente y peligroso negocio de las dietas es prueba de ello con sus dietas milagro capaces de destruir la salud física de una persona con el único objetivo de que consigas un cuerpo que se parezca al que la sociedad considera sano. Yo tenía sobrepeso, pero todas las pruebas médicas me salían perfectas.

“Cuando se habla de personas con sobrepeso, a nadie le importa cómo adelgacen, sino que lo hagan”

Ser gorda parece un pecado capital en esta sociedad, así que no me sorprende que siga cayendo en esta espiral de anorexia, pese a que sé que es mala para la salud. Mi peor episodio fue hace cinco años. Diversos acontecimientos de mi vida me sometieron a una cantidad increíble de estrés y dejé de comer comida de verdad. Empecé a sobrevivir a base de galletitas, bebidas energéticas y pollo frito de manera ocasional si mi estómago lo aguantaba. Incluso anotaba meticulosamente las calorías en una aplicación e ignoraba las advertencias diarias de que estaba comiendo demasiado poco.

Nadie se preocupó cuando perdí 18 kilos en 3 meses, más o menos. Al revés, todos me decían que me veían muy bien y que envidiaban cómo estaba adelgazando. Era el subidón de moral que necesitaba y además le decía a mi cerebro que quizás ser anoréxica no era tan terrible. ¡Incluso ahorraba dinero!

Acabé enfermando de gravedad a los cinco meses de empezar este episodio de anorexia. Como mi sistema inmunitario no estaba en plena forma, contraje un virus muy agresivo que me dejó con fiebre y en la cama durante una semana. Tumbada en mi casa, enferma y sola, me di cuenta de que tenía que empezar a cuidar más de mí misma. Poco a poco, empecé a comer más, aunque no lo suficiente cuando volví a ejercitarme en exceso. Fue una lesión de rodilla la que me volvió suficientemente sedentaria para detener el ciclo.

“Ser gorda parece un pecado capital en esta sociedad, así que no me sorprende que siga cayendo en esta espiral de anorexia”

Pero cuando un ciclo termina, yo empiezo a engordar. No es nada nuevo, dado que la mayoría de los cerebros ponen en marcha una adaptación metabólica cuando pasas hambre durante mucho tiempo. Así, cuando el periodo de hambre termina, es posible que el organismo quiera almacenar energía inmediatamente en forma de grasa, por si acaso vuelve el hambre. Por eso es tan difícil recuperarse de cualquier tipo de anorexia. Cuando lo has dado todo para perder peso, recuperarlo puede meterte en otra espiral.

Por suerte, cuento con un buen sistema de apoyo en mi vida capaz de ver más allá de la idea de que perder peso signifique estar más sana. Tener a mi lado a alguien que me dijera que quizás debería comer un poco más o acompañar las bebidas energéticas con un puñado de anacardos fue lo que necesitaba para darme cuenta de que lo que le estaba haciendo a mi cuerpo no era bueno.

Esa fue la última vez que me dejé arrastrar por completo por una espiral de anorexia, aunque poco me ha faltado para recaer. Hay algunas dietas restrictivas que pueden avivar mis impulsos anoréxicos, y aunque he aprendido a contar calorías de forma más segura, tengo especial cuidado de no obsesionarme con eso y con mi peso cuando mi salud mental no atraviesa su mejor momento. He tenido que aprender a controlar mis impulsos porque sé que nadie se va a creer mis problemas. Y aunque lo hicieran, encontrar un seguro que pague un tratamiento tan caro es aún más difícil cuando tienes anorexia nerviosa. Es casi imposible si dices que eres anoréxica pero no lo pareces.

He aprendido a prestar atención a la comida, en el buen sentido, y ahora me alimento tan sano como me es posible. Tengo suerte de poder afrontar mis síntomas sin medicarme, aunque mi metabolismo esté hecho polvo. Cuesta mucho ahuyentar los malos pensamientos que te insisten en que estás comiendo demasiado y dejar de mirar mal tu propio cuerpo, pero mientras no olvide que estoy luchando para estar más sana (que no delgada) me será más fácil mirarme al espejo.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.