Soy una mujer de 25 años y nunca he tenido un orgasmo

Entender que mi historia no es una excepción me ha ayudado a redefinirme y a reafirmar mi vida sexual.

“¿Y si te tocas el clítoris más rápido y fuerte o usas un vibrador?”, me recomendó una amiga un día de resaca mientras nos llenábamos el estómago de comida basura.

Si hubiera abierto el cajón de mi mesilla de noche y hubiera visto mi colección de juguetes sexuales se habría dado cuenta de que comprarme otro vibrador no era la solución a mi problema.

Hacía un calor horrible y estábamos sudando el tequila de la noche anterior. Me estaba hablando del increíble orgasmo que había tenido con un tío que había conocido en el bar. Así suelen ser mis conversaciones con mis amigas cuando sale el tema del sexo y la masturbación: yo las oigo hablar de sus increíbles orgasmos y luego me dan consejos para tenerlos yo también.

Mi vida sexual ―tanto sola como en pareja― era buena. Simplemente, nunca había conseguido ese orgasmo alucinante del que tanto hablaba la gente y que aparecía en las revistas. No conseguía llegar al orgasmo sola ni con parejas serias ni con rollos de una noche.

Siempre agradezco el apoyo y los consejos de mis personas de confianza, pero no puedo evitar sentirme insegura. ”¿Debería sentirme avergonzada? ¿Es normal esto?”, me preguntaba.

“Por el lenguaje que usaban las revistas, parecía que todas las mujeres tenían orgasmos con frecuencia”

Era una mujer joven que todavía no había tenido ningún orgasmo. A mis 25 años, todavía no lo había conseguido.

Me empecé a masturbar a los 14 años. O, al menos, yo pensaba que eso era masturbarse. Sentía placer al hacer ciertos ejercicios para abdominales, como el hollow-hold o elevaciones de piernas.

Como nadadora de competición que era entonces, entrenaba al menos cinco días a la semana. Un día después del entrenamiento, haciendo abdominales en mi dormitorio, el ambiente se caldeó. Aunque algunas mujeres trabajan el core hasta alcanzar algo conocido como “coregasmo”, yo hacía ”ejercicio” hasta que me aburría o me cansaba. Eso mismo suele marcar el final de mi masturbación.

A mis 14 años ya había oído hablar de los orgasmos, pero no sabía qué era o cómo tener uno. La curiosidad me llevó a buscar en Google “Cómo tener un orgasmo”, y de ahí llegué a unos artículos que decían: Cómo tener el mejor orgasmo de tu vida, Cómo llegar antes al orgasmo, Siete trucos para llegar al orgasmo que DEBES probar o Con estos vibradores llegarás al orgasmo en cuestión de minutos.

Como adolescente que solo quería conocer su cuerpo, estos titulares me llamaban mucho la atención, pero acabaron frustrándome. Ninguno de los artículos anteriores se dirigía a mujeres que nunca hubieran tenido un orgasmo. Más bien al contrario. Por el lenguaje que usaban, parecía que todas las mujeres tenían orgasmos con frecuencia.

Pero no funcionaba nada. Me tocaba con distintos patrones de movimiento, variando la presión y la velocidad y con técnicas diferentes. En la universidad probé un montón de juguetes, empecé a ver porno y perdí la virginidad.

Masturbarme sigue siendo una actividad placentera que practico y necesito, aunque para mí es algo distinto. Me excito y siento placer. Ese placer se intensifica hasta cierto punto y me acerco a lo que creo que es un orgasmo, pero nunca llego.

Muchas veces me he preguntado si acaso no es eso un orgasmo y las demás mujeres lo están exagerando, pero los médicos y mis amigas me han dicho por activa y por pasiva que, si hubiera tenido uno, lo sabría.

“La anorgasmia es la dificultad para llegar al orgasmo pese a realizar una estimulación suficiente”

He visto porno, he fortalecido mi suelo pélvico, he probado distintas técnicas de masturbación, he leído libros específicos sobre la materia, me he acostado con diferentes personas, he usado juguetes, he hecho meditación y mindfulness y he leído las últimas investigaciones científicas. Siento que he agotado mis opciones.

La presión que me pongo sobre mí misma para obligarme a tener un orgasmo llegó a un punto crítico con mi primera pareja seria. Nunca me he molestado en fingir los orgasmos. Sabía que necesitaba ser abierta con él sobre mi problema para que pudieramos experimentar sin prisas ni estrés.

Claro que me habría gustado tener una vida sexual “normal” en la que ambos “termináramos”, pero antes necesitaba sacar de mi mente esa definición convencional del “sexo normal” para evitar los pensamientos negativos y empezar a sentirme presente. Cambié mi forma de pensar, pero nunca consideré cómo podía afectarle a él mi problema.

Nunca le quise cargar a él con la responsabilidad de provocarme un orgasmo, pero él sentía la presión de conseguirlo. Intenté explicarle que si ni siquiera yo misma era capaz de provocármelo, él no tenía ningún motivo para sentirse mal. Al final, esas inseguridades fueron debilitando nuestra relación y rompimos poco después.

Me puso los cuernos por motivos que no termino de comprender, pero creo que quería encontrar algo de “sexo normal” para llenar el hueco que no conseguíamos cubrir en nuestra relación. Fue duro y me ayudó a entender los problemas que podrían sufrir mis relaciones futuras.

Mi obsesión por tratar de entender qué le pasaba a mi cuerpo no acabó durante mi relación ni tras cortar. De hecho, el curso de los acontecimientos me empujó a seguir buscando respuestas. Mis incesantes búsquedas en internet me llevaron a conocer la anorgasmia y otras clases de disfunciones sexuales.

La anorgasmia es la dificultad para llegar al orgasmo pese a realizar una estimulación suficiente. Las causas pueden ser físicas o psicológicas. ”¿Es esto lo que me pasa?”, me pregunté. ”¿Debería dejar de buscar el orgasmo si de verdad tengo esto?”. Empecé a pensar que nunca lo comprendería. Acudir a un médico especialista parecía el siguiente paso. La ginecóloga me recomendó que probara con unos preliminares más lentos e intencionales o que me masturbara en un ambiente más relajado. Ese consejo tampoco me sirvió.

Sin embargo, a veces tienes la suerte de encontrarte una última baza cuando menos te lo esperas. En mi caso, fue un libro que no me llevó al orgasmo, pero calmó mi ansiedad sexual.

Según la doctora Lori Brotto, autora de Better Sex Through Mindfulness, casi el 50% de las mujeres tienen alguna clase de disfunción sexual, incluida la dificultad para llegar al orgasmo. Este libro me ayudó a entender que hay millones de mujeres de todas las edades sufriendo el mismo problema que yo. No estoy sola.

“Me excito y siento placer. Ese placer se intensifica hasta cierto punto y me acerco a lo que creo que es un orgasmo, pero nunca llego”

Conocer el trabajo de Erica Marchand también me ayudó a superar algunas de mis inseguridades. Un consejo que se me quedó grabado es el siguiente: “Es muy fácil caer en la creencia de que debemos ser ‘aptas’ para el sexo y hacerlo ‘perfecto’ para complacer a nuestras parejas y ser una pareja deseable. Debemos analizar y superar esa clase de perfeccionismo sexual”.

Sufrimos muchísima presión para ser “normales” en lo que respecta al sexo y a nuestra sexualidad. Quiero ser más directa y sincera conmigo misma y con mis futuras parejas sobre las cosas que me producen placer. Quiero que la masturbación y el sexo con pareja sean menos cohibidos y más gratificantes, seguros y divertidos.

Mi confianza sexual ha sufrido altibajos a lo largo de los años por mi incapacidad para tener orgasmos. Mi dilema no está resuelto, pero he encontrado la paz al concederme permiso para disfrutar de mis intentos de orgasmo. Ahora siento que puedo despreocuparme, amar mi cuerpo y disfrutar del proceso.

Entender que mi historia no es una excepción me ha ayudado a redefinirme y a reafirmar mi vida sexual. Ojalá quienquiera que esté leyendo esto lo consiga también.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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