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30/01/2019 07:25 CET | Actualizado 30/01/2019 07:25 CET

Sr. Maduro, ¿sabe lo que se vive al salir de Venezuela?

Manuel Medir via Getty Images
Venezolanos en Tumbes, Perú, esperan transporte a Lima. Foto: Manuel Medir/Getty Images

Al llegar a Perú esperaba que el taxista que me recogiera me diera detalles de mi hospedaje. ¡No le entendí nada! "Es que soy venezolano, mi acento no es muy bueno". Después de 45 minutos de trayecto y plática, ya éramos amigos.

Su historia es la de muchos: lleva un año en Perú juntando dinero para poder reunirse con su familia; no estuvo en el parto de su hija pues salió de Venezuela de prisa, apenas vio la oportunidad. "No la conozco ni en foto; mi esposa no tiene celular. De hecho, nadie tenemos. Así como yo salí, ella también viene caminando. Sé que está en Colombia pero no tengo muchos detalles... Ha sido el año más largo de mi vida".

¿Por qué no se quedaron los dos en Colombia? ¿Por qué no salieron juntos de su país? Detalles de cómo es este éxodo los obtuve en los siguientes días, a voz de otros venezolanos, camuflados entre todos los visitantes que recibe Lima y sus alrededores turísticos.

"Venezuela recibió a muchos colombianos hace años, cuando muchos salieron huyendo de la violencia del narcotráfico. Y sí, Colombia nos recibe, nos da comida... pero quedarnos ahí es inviable: el nivel de vida allá es hasta 3 veces más caro que aquí", me dice otro taxista, días después. Antes de huir de su país, él era maestro de matemáticas en Caracas.

¿Y las mujeres venezolanas? Tras una semana en Lima, no había visto a ninguna. "Ellas peligran mucho más. El gobierno las encarcela para chantajear a los hombres a que regresen y las persigue por igual. Es muy complicado conseguir pasaporte, y sin él, ninguna aerolínea nos vende pasaje aún cuando tengamos el dinero; y venirse por transporte terrestre es más costoso. Así que ellas salen a pie, sobre todo si vienen con niños", me cuenta otro.

Todos coinciden. Perú es un país amigo: los ha tratado bien y sí les permiten hacer un poco de dinero. Pero aunque nadie se los ha dicho, saben que si se quedan en la zona más rica de Lima los pueden correr. La mayoría se va a la zona popular y al centro, donde pueden conseguir trabajo temporal en iglesias, cargando paquetes en tiendas o haciendo mandados. Los afortunados, 'con palancas', llegan a ser taxistas.

Pero sin duda, el éxodo venezolano está afuera de la capital peruana. En los caminos de tierra que van rumbo a Cusco, rumbo a la sierra, rumbo a caminos sin letreros, se ven filas de hombres caminando de manera constante. No piden aventón; tampoco dinero. Esperan pacientes, al detenerse en algún punto, a poder conseguir alimentos o cobijas porque ¡ahí sí que hace viento y frío! ¿Cómo saber que son venezolanos y no turistas de 'mochilazo'?

Los de aquí jamás andarían en la orilla del camino y los turistas no traerían esa cara de angustia", me aclara la persona que viaja a mi lado.

Pero hay más. Afuera de los trenes que van a Machupichu, en Aguascalientes, me encuentro con un grupo de jóvenes sentados afuera de una construcción. Tienen un letrero que dice: "Somos doctores venezolanos. Queremos llegar a la sierra a ofrecer nuestros servicios a cambio de comida y hospedaje". Cuando me acerco me doy cuenta que no tienen el mismo acento que muchos y hasta platican con turistas en inglés. Les muestro de mi celular un post de Facebook: Líder opositor Juan Guaidó se declara presidente encargado de Venezuela... "Se dio a conocer hoy", les digo. Contrario a lo que pensé, no les dio gusto la noticia.

"Ya quebraron Venezuela. Regresar ya no tendría sentido mas que para ir por nuestras familias", me dice uno de ellos. Cuando se dan cuenta que estoy a punto de tomarles una foto, me pide suplicante:

Ya no, no queremos seguir siendo el 'show'. No soportaría que mis padres me vieran en una imagen en estas condiciones.

Le regalo un mapa que muestra el lugar a donde quieren llegar; a cambio se ofrece a revisarme los ojos. No. No aceptan fotos ni dinero ni nada regalado. Carlos, el taxista que conocí en mis primeros minutos en Lima, tampoco. "Aún no tengo soles (moneda local)", le dije cuando me di cuenta que no podría darle propina, cuando justo apenas llevaba unos minutos en Perú. "Mejor dígame qué puedo hacer yo por usted, e intercambiamos", me respondió... Se alegró cuando le pedí, que días después, me llevara otra vez al aeropuerto para tomar mi vuelo de regreso a México.

Este post se publicó originalmente en el HuffPost México.