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26/04/2019 07:31 CEST | Actualizado 26/04/2019 07:31 CEST

Supercalifragilisticexpialidoso

Francis Ford Coppola, Bibi Andersson y Batman. 

La ventaja de tener amigos dedicados al mundo del cine es que todos compartimos, en mayor o menor medida, pasiones e indignaciones cinéfilas. Solo de este modo se entiende que en poco más de dos semanas, por motivos distintos, varios de ellos me hayan escrito enardecidos preguntándose cómo puede ser que en este país exista semejante incomprensión cinematográfica. Rehúso admitir que es cierto, aunque en ocasiones me sienta tentada a hacerlo.

“Mira esto. Te va a dar un soponcio”, me indicaba un mensaje a última hora de la tarde del pasado 9 de abril. Intrigada, accedí al enlace. Por algún motivo, en un periódico gallego, cuyo nombre no citaré por pudor, homenajeaban a Francis Ford Coppola en el día de su cumpleaños con una imagen, a color y a toda página, de Martin Scorsese. Minuto para la reflexión.

Desconozco qué distractores pudo encontrar el editor del diario, aunque imagino que serían muchos y muy desproporcionados, porque lo cierto es que el octogenario Ford Coppola, salvo por el reconocimiento público, la obtención del Princesa de Asturias y por la dimensión de sus éxitos, en poco o nada se parece al, de momento, septuagenario Scorsese. Qué disgusto para este último cumplir cuatro años de una sola atacada.

La intriga que devino divertimento y, más tarde, cavilación, se vio amplificada por otra noticia, esta vez publicada en un diario nacional de primer orden, referida a la estancia de Julian Assange en la Embajada de Ecuador en Londres. En el artículo, perfectamente redactado y sin lugar a dudas interesante, su autor hacía mención al cuarto donde se alojaba el activista, el cual había sido bautizado por los miembros de la delegación como “baticueva”, en honor al célebre refugio de Batman. “Baticueva”, léanlo con detenimiento. Indudablemente el redactor, o la fuente de la que obtuvo la información, se refería a la “batcueva”, nombre derivado de “Bat” (murciélago) y de “Batman” (hombre murciélago), y no de “bati” que proviene de batir, y que se asemeja a un regalo estival de una conocida marca de chocolate soluble.

“Mira esto. Te va a dar un soponcio”, me indicaba un mensaje a última hora de la tarde del pasado 9 de abril. Intrigada, accedí al enlace.

La meditación a la que me habían conducido estas dos noticias todavía fue a más, llegando a cotas de indignación, cuando otro amigo, experto bergmaniano, me alertó de una terrible equivocación por parte de otro medio, esta vez televisivo. “No te lo vas a creer”, rezaba su mensaje y, leyéndolo, me temí lo peor. La excitación provenía del triste fallecimiento de la actriz sueca Bibi Andersson, cuya muerte había sido recogida de forma singular.

La intérprete, internacionalmente conocida por su participación en grandes cintas de Ingmar Bergman como Fresas salvajes (1956), El séptimo sello (1957) o Persona (1966), entre otras muchas, se marchó de este mundo siendo confundida con Ingrid Bergman, quien partió hacia el más allá hace más de treinta y seis años. Pese a ello, el medio lamentaba la muerte de Bergman como un acontecimiento de excepcional actualidad, dándole sepultura paralela a la de Andersson.

Esta confusión resulta irritante, pero en absoluto única, solo hay que recordar la ingente cantidad de mensajes de condolencia que se vieron publicados en las redes dirigidos a una Bibi Andersen (nuestra Bibiana Fernández) en pleno esplendor vital. Textos desganados o cenizos, eso no lo juzgo, pero en cualquier caso igualmente inexactos.

Bien sea por el galimatías que nos supone los nombres, o por la indiferencia ante lo que nos resulta irrelevante, lo cierto es que gran parte de la nomenclatura mundana nos resuena tan bizarra como pronunciar de manera natural “supercalifragilisticexpialidoso”.

Hay infinidad de personas que confunden a Robert de Niro con Al Pacino, a Billy Wilder con William Wyler, a David Lean con David Lynch...

Puede parecer extraño, pero lo cierto es que no cabe estupefacción ante este particular. Hay infinidad de personas que confunden a Robert de Niro con Al Pacino, a Billy Wilder con William Wyler, a David Lean con David Lynch, a Vivien Leigh con Janet Leigh y (frisando el absurdo) a ambas con Mike Leigh. Ya en un terreno más complejo como el literario, también a Tolstói con Dostoyevski. Por lo demás, desconozco las innumerables veces que he visto escrito Isabel Preysler como “Isabel Presley”, emparentando su estirpe, ni más ni menos, que con la de un genio del rock como Elvis.

Por eso hoy, cuando impartía una clase sobre la historia del cine de animación, una oscura incertidumbre se apoderó de mí al referirme al director y animador Ralph Bakshi, temiendo, seguramente con razón, que algún alumno creyese ver en él al artista urbano Banksy.

Hagámoslo por Andersson, por Batman, por Ford Coppola o por Scorsese, pero vayamos practicando: “super-cali-fragi-listi-cexpi-alidoso”.

 

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