Tania Llasera: "Yo siempre me he visto igual de guapa. Y a quien no le guste, que se rasque"

La presentadora e 'influencer' fue la madrina del mercadillo de Navidad de Amazon.
Tania Llasera en la presentación del MásXmas Maket de Amazon.
Lorenzo Durán
Tania Llasera en la presentación del MásXmas Maket de Amazon.

Su claridad y naturalidad han convertido a Tania Llasera en centro de la polémica en numerosas ocasiones. Incendiaria en redes con sus declaraciones —pues no se muerde la lengua con casi nada—, además de ser aplaudida por unos, ha sido acusada de ser mala madre, ha sido tachada de racista e incluso ha sido criticada por el desorden de su casa por otros.

De esa misma sinceridad hizo gala durante la presentación del mercadillo de Navidad de Amazon, en el que se dieron cita cerca de una veintena de PYMES. Llasera aseguraba a El HuffPost que siempre que puede colabora con pequeñas empresas. “Además, hago lo que antaño se llamaba trueque. Las empresas pequeñitas, que no tienen pasta, me mandan y yo les subo a redes sociales lo que me gusta y me funciona. Yo les advierto: ‘Mándamelo, pero si no me gusta, lo siento mucho’. Intento ser coherente con lo que publicito”, responde sin tapujos.

Ciertamente, la presentadora es una de las voces femenina más escuchadas en redes sociales de nuestro país. En Instagram tiene 753.000 seguidores y su perfil es un colorido escaparate de colaboraciones publicitarias, de reflexiones hechas desde la espontaneidad y de escenas de su vida cotidiana. Todo, bajo la atenta mirada de sus fans, pero también de sus detractores que la han hecho pasar algún que otro mal rato.

¿No estás escarmentada con la exposición en redes sociales?

Al revés, me gustan cada vez más. Yo no soy nativa digital, yo nací en el 79, y veo las redes con la distancia y la perspectiva de haber vivido sin ellas. Me parece una herramienta fundamental en este momento y me gano la vida gracias a ellas. Las redes son mi vida, tanto académicamente como laboralmente, y son mi manera de entretenerme y relajarme. Nunca jamás he pensado en borrarme ni nada parecido, pero porque tengo ya una terapia, me tengo muy trabajada y muy interiorizada. Por eso quizá tengo tanto éxito en general, porque soy muy natural: es lo que hay, Mari, y si gusta bien y si no, también. No pienso escuchar porque me critiquen, porque mi opinión es la única que me importa.

Es muy importante saber, y yo lo sé por la televisión, que nunca vas a caer bien a todos, que nunca vas a ser perfecto, por mucho que así te lo vendan en redes. Esa felicidad absoluta al final son micromomentos y se está convirtiendo en un macroproblema para la autoestima y la salud mental porque te comparas. Durante las ocho semanas que tuvimos de cuarentena en España, se avanzaron ocho años digitalmente, así que imagina ahora en qué magnitud estamos de lo bueno y lo malo, de todo. Y creo que la gente no está preparada. Yo sí lo estoy, o considero que lo estoy.

¿Por qué aseguras, con tanta vehemencia, que estás preparada? ¿Qué ejercicio has hecho durante este tiempo para saber mantenerte al margen de esos efectos negativos?

Mira, nunca me bajo al barro. Sí contesto, pero siempre desde la amabilidad y la educación. Me quedo como el aceite, siempre por arriba. Pero a veces no contesto, depende de cómo me pille, soy humana. Gracias a muchísimo trabajo de terapia, a muchos altibajos en la vida y a la exposición que me ha dado la televisión, que me enseñó lo que es vivir expuesta, no me viene de primera, me viene de segundas. Ya tengo la experiencia de la primera pantalla y lo traslado a redes sociales. Y cuando un hater me dice “te deseo la muerte foca, obesa, asquerosa”, sé que su tuit anterior a lo mejor ha sido “jo, he cateado mates” . Tiene doce años, qué quieres que te diga, pues entonces no me lo tomo igual de mal.

Esta Tania que hemos descubierto en los últimos tiempos no tiene nada que ver con la Tania de la televisión. ¿Qué ha cambiado?

Bueno, tenía la mitad de talla y la mitad de todo. Puede ser que la gente tuviese esa imagen porque no tenía redes sociales para mostrarme tal cual era. Sólo se me veía por la ventana que me permitía entrar en la televisión, y obviamente tenía un guión y tenía un papel. Hacía debates nocturnos sobre realities en los que había poco tiempo y mucho que hablar, y cosas no necesariamente que me apetecían. Pero también es verdad que, joer, ya tienes una edad, y con la edad te vas quitando tabúes, vergüenzas, complejos... Y al final, cuando más cosas tengo que decir, que nos pasa a casi todas las mujeres, es cuando menos me escuchan. Cuando te llegan las canas te vuelves invisible.

“Estoy deseando llegar a esa cana liberadora para deshacerme de todos esos yugos sociales. ¡Pienso pasármelo pipa!”

¡A eso vamos! Hace unos días publicabas un post en Instagram validándote con todos tus cuerpos y todas sus versiones, sin que sean los demás quienes tengan que hacerlo. Tania, ¿te estás también enfrentando a la necesidad de validar ahora tus 42 años?

Mira, el otro día estaba haciendo un directo mientras limpiaba unos tulipanes que me habían regalado y estaba quitándole las partes viejas. De repente pensé: “¿Por qué? ¿Por qué quiero que sean jóvenes los tulipanes si están preciosos viejos?”. Es una metáfora maravillosa para las redes sociales donde solo se vende belleza y juventud. Las mujeres, sobre todo, debemos ser bellas y jóvenes. Me parece una pena, porque yo en cuanto tenga unas canas bonitas me las pienso dejar porque aportan luz, y porque quiero abrazar mi edad y quiero estar cómoda en mi piel y en mi pelo. El pelo canoso puede ser tan bonito o más que el pelo teñido. Además, quiero la aceptación de la edad y quiero seguir estando sexy y divertida. Y cuando tenga canas me pienso poner brillantina y canas de Swarosvki. ¡Me voy a volver loca! Estoy deseando que me llegue esa edad para volverme creativa a tope y colorida a tope, porque lo voy a abrazar y espero ser ejemplo para muchas mujeres. Es que ese me parece el momento más liberador, porque las mujeres, biológicamente hablando, hasta cierta edad tenemos unas prisas y unas cargas mentales imposibles. Estoy deseando llegar a esa cana liberadora para deshacerme de todos esos yugos sociales. ¡Pienso pasármelo pipa!

Mucha gente critica que te reivindiques con tus kilos y tu cuerpo, y que luego siempre estés luchando por perderlos. ¿Es una contradicción?

Es que no es verdad. Yo siempre me he visto igual de guapa en todos mi kilos y mi tallas. Y a quien no le guste, que se rasque. Yo estoy buena y me veo guapísima. Al final, tus pensamiento y tu esencia es lo que te define, no tu físico. Mi energía es bonita y a quien no le guste que no mire. Si es verdad que empecé a ayunar en el confinamiento porque tenía muchos kilos y rayaba la obesidad y mi médico-nutricionista me dijo: ”¿Por que no intentas esto?”. Pero el ayuno es lo que he estado haciendo toda la vida porque nunca he podido desayunar y a mi hija le pasa lo mismo. Ahora he vuelto a engordar y no pasa nada. No me mido, no me peso, es el vaquero el que me lo dice. Pero no me preocupa y no entiendo por qué les preocupa a los demás. Es un síntoma de sociedad enferma. ¿Por qué criticas un cuerpo que no es tuyo?

Has hablado de terapia en varios momentos de la entrevista. ¿También recurriste a ayuda profesional para la cuestión del peso?

No, por esto no. Mi primera terapia la hice con 18 años para dejar de escandalizar, porque a mí me gustaba mucho escandalizar allá donde fuese. Fui una adolescente insoportable: me escapaba de casa, hacía fiestas en sitios prohibidos… Eso lo trabajé en su día. Después la hice para digerir la fama; después para casarme; y después para tener hijos. Es que yo no veía cómo dedicarme a la imagen y ser madre. No lo veía posible. Al final pude hacerlo gracias a la terapia.

Además, fuiste de las primeras en hablar del lado oscuro de la maternidad...

Es que nos edulcoran la maternidad y la maternidad es muy solitaria y es muy dura. Ahora empiezo a ver la luz porque ya los puedo llevar a todos los lados y tengo otras conversaciones. Pero yo no me esperaba que fuese tan cansado.

Ahora estás escribiendo un libro. Cuéntanos, ¿qué libro? ¿De qué va?

Se llama Mujer tenía que ser, para todas las que estamos hasta el —asterisco— coño. Puse coño en la portada del libro pero mi madre me dijo que no podía ponerlo y lo quité. Y con él pretendo ayudar a las chicas con la cosificación autocosificación… Pongo mis 20 años expuesta públicamente al servicio de quien lo quiera leer y cuento anécdotas de cómo es la tele. También explico cómo le di la vuelta a la tortilla, cómo soy resiliente y cómo he aprendido a quererme. Es el libro más generoso que nunca podré escribir. Mi madre escribe conmigo, el capítulo de canas es de mi madre. En marzo lo tendré terminado.