Viví en un templo budista y esto es lo que aprendí para llevar mejor la cuarentena

No dejo de ver paralelismos entre ambas experiencias: el papel higiénico escasea, no está claro cuándo acaba un día y cuándo empieza otro y mi ansiedad ha vuelto.

Cuando le dije a mi madre, judía ligeramente sobreprotectora y de razonamiento superlógico, que había decidido pasar el próximo semestre universitario aprendiendo a meditar en un templo budista de India, sus miedos y preguntas fueron, en orden de preocupación:

  1. ¿Y qué pasa si decides dejar el judaísmo y convertirte al budismo?

  2. ¿Y si mis nietos dejan de ser judíos porque te has vuelto budista?

  3. ¿Cómo vas a manejar tu ansiedad?

  4. ¿Por qué no te vas a Francia aprovechando que hablas francés?

  5. ¿Por qué no aprendes a meditar en Estados Unidos?

  6. ¿Y qué harás si enfermas?

  7. ¿Va a ser como en Come, reza, ama?

  8. ¿De verdad hace falta que lo hagas?

  9. ¿Cada cuánto me llamarás?

  10. Y lo más importante: ¿tendrás papel higiénico?

Mi razonamiento no fue tan lineal, y tuvo más peso mi intuición y mi curiosidad que el constante bombardeo de supuestos ”¿y si?” que vivían en mi cerebro durante todo el día.

Sentada en la oficina del decano mientras rellenaba las hojas de solicitud, me planteé escoger París o Berlín, pero algo en mi interior me hizo firmar sobre la línea de puntos antes de que a mi cerebro le diera tiempo a echarse atrás. ¿Cuándo volveré a tener la oportunidad de vivir en un templo budista al noreste de India con otros 36 universitarios para intentar descubrir el sentido de la vida?

Ojalá pudiera deciros que fueron los tres meses más mágicos de mi vida, que volví exultante, más iluminada, liberada y siendo fan del curri. Que comí, recé y amé. Que la meditación me calmó y me deshice de mis cargas. Pero no fue así.

En lugar de eso, me encontré cara a cara con mi ansiedad, con mi miedo a la incertidumbre, con mi apego a la comodidad material, con mi endeble percepción de mí misma, con mi incapacidad de quedarme quieta y con las cosas que no me gustan de mí misma.

“Me encontré cara a cara con mi ansiedad, con mi miedo a la incertidumbre, con mi apego a la comodidad material y con las cosas que no me gustan de mí”

Los meses que pasé en India me dejaron trastornada y desarmada. Tanto que tuve que volver a Estados Unidos tres semanas antes que el resto de los estudiantes porque mi insomnio y mis ataques de pánico me impedían continuar la parte del programa relativa al estudio autónomo.

Resulta que, tal y como me han dicho muchas personas, eso es justo lo que tenía que pasar en un peregrinaje espiritual a la India.

Tu estado mental se manifiesta ante ti más alto de lo que puedes soportar y no puedes huir. Te arranca una capa de tu piel y te deja en carne viva. El impulso de hacer que te vuelva a crecer esa capa de piel es una obsesión, pero ahí te lo impiden. Te dicen que permanezcas expuesto y vulnerable. Así es como aprendes a tolerarte. Y, al final, aprendes a quererte.

“Claramente”, pensé, “esta gente nunca ha sufrido un trastorno de ansiedad”.

En el templo budista, vivíamos como monjes, sin teléfono, sin ordenador y sin tele. Nos dieron un plato, una cuchara, un tenedor y un cuchillo, y teníamos que lavarlos después de cada comida para traerlos limpios para la siguiente. Seguíamos los cinco preceptos budistas, que estoy segura de que no fueron creados con universitarios angustiados en mente: nada de alcohol, sexo, cotilleos, robar y matar (este último fue el más difícil de seguir, ya que había mosquitos por todas partes).

En el budismo, los cinco preceptos se consideran la base de la moralidad, como los diez mandamientos de la Biblia o los cinco pilares del Islam. Sin embargo, en nuestra opinión, estaban concebidos para desarmarnos y dejarnos desprotegidos ante unos sentimientos que eran demasiado dolorosos para aguantar. Sin nada ni nadie donde apoyarnos, nos obligaban a afrontar nuestras alergias emocionales a la soledad, al crecimiento, al cambio, a la falta de determinación, a la incertidumbre y a la pérdida de control.

“Vivíamos como monjes, sin teléfono, sin ordenador y sin tele. Nos dieron un plato, una cuchara, un tenedor y un cuchillo”

Nos despertábamos todos los días a las 4:30 de la mañana y caminábamos medio dormidos al Vestíbulo Buda para meditar y luego desayunábamos en silencio. Tras desayunar, teníamos dos clases académicas; luego llegaba la hora de comer, hacíamos yoga, llegaba la hora del té y otra sesión de meditación por la noche. La mayoría de los días estábamos a las 8 en la cama, exhaustos por el calor del día y toda nuestra carroña emocional.

Pese a acostarnos tan pronto, los días parecían interminables. Más allá de las tareas del día a día, no había mucho que hacer. Ningún plan ni entretenimiento. El concepto de productividad estaba prácticamente obsoleto ahí. Los días parecían tranquilos, cómodos y apacibles, pero mi cerebro, no tanto.

No dejo de ver paralelismos entre mi tiempo en el templo y la cuarentena en la que nos encontramos ahora mismo: el papel higiénico escasea, no está claro cuándo acaba un día y cuándo empieza otro y mi ansiedad ha vuelto a mi lado para reclamar algo de atención.

Esta situación no es voluntaria, pero, en muchos sentidos, es un descubrimiento. Para las personas que están obligadas a pasar más tiempo a solas, es una oportunidad para bucear en su interior, calmarse e intimar con su a menudo rebelde mente.

Aunque vivo en casa con mi madre, quedarme a solas con mis pensamientos durante tantos días puede ser insoportable. Hay momentos de hastío, aburrimiento y autoestima baja en los que preferiría hacer cualquier otra cosa que no fuera seguir aquí sentada. Me gustaría tener cosas que estoy segura me ayudarían a soportar mejor la soledad: productividad para recibir la validación de los demás, tareas para estar en movimiento y así no reconocer ante nadie que estoy triste y videoconferencias ya programadas para acallar la voz de de mi interior que me dice que a la gente no le gusto.

“Esta cuarentena es una oportunidad para bucear en tu interior, calmarte e intimar con tu mente”

Cuando me fui de India, pensé que tenía suerte de no tener disponibles mis distracciones y mecanismos de afrontamiento. En estos momentos difíciles, siento la misma gratitud por esta cuarentena. No tengo más opción que calmarme yo sola en vez de apoyarme en distracciones externas. Estoy llenando mi corazón de coraje e intento tolerar mis emociones incómodas y desagradables sin adormecerlas, sin huir de ellas y sin distraerme.

Tengo presente que la gente, los lugares y los objetos no pueden llenar un vacío de baja autoestima ni cambiar mi tendencia a juzgarme a mí misma. Estoy aprendiendo a conocer la clase de pensamientos que me rondan la cabeza y los sentimientos que recorren mi cuerpo como si estuviera conociendo a mis nuevos amigos. Y me estoy esforzando mucho por no criticarme a mí misma por lo que descubro.

No me olvido de que mi ansiedad, independientemente de si está causada por un desequilibrio químico o por un aluvión de escenarios hipotéticos sombríos, no es más que una mensajera. Cuando freno y alejo mis distracciones, mi ansiedad brota para decirme que todavía hay sufrimiento que sentir y pérdidas que terminar de llorar.

Todas las mañanas releo algo que me dijo uno de los monjes tras la meditación nocturna: “El sufrimiento es la mayor de las bendiciones. Son las emociones que te purifican, no las que te llenan de dicha, como todo el mundo quiere. Las emociones que te lo hacen pasar tan mal que te dan ganas de salir corriendo son posiblemente las que uno no quiere, pero necesita”.

En el templo budista, la idea de no poder ir a ninguna parte me aterrorizaba. Trato de pensar en la cuarentena como un recordatorio amable de que soy suficientemente buena tal y como soy, que este momento es suficientemente bueno tal y como es y que estoy justo donde tengo que estar. “No pasa nada, estás sana y salva aquí”, me susurro a mí misma cuando me invade la inquietud.

Entre toda esta incertidumbre, hay algo que tengo claro. En mitad de la noche, cuando mi corazón me aporrea el pecho y mi mente no deja de dar vueltas, soy la única persona con la que estoy siempre, la persona que siempre me hará compañía y a la que voy a darle otra oportunidad para ser amigas.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.