Life

Tengo 53 años y por primera vez en mi vida estoy completamente sola

Cada vez que uno de mis hijos se ha ido de casa, se ha llevado una parte de mí, y mi cuerpo no ha generado suficiente tejido cicatrizante para llenar los espacios vacíos.

Un golpe seco que viene de abajo me despierta. Me quedo en la cama un momento, tratando de ubicar el sonido. Sólo era el gato saltando de la encimera de la cocina, descubro mientras me estiro y bajo de la cama de mala gana.

Ni siquiera es de día. Oigo a Charlie revolviéndose y, entonces, su cara de zorro se asoma de debajo de la cama, todavía medio dormido y pestañeando con sus ojos pintados de corgi. Me sigue hasta el baño y me espera para que me agache y la acaricie.

“Buenos días, pequeña”, le digo, tocándole la cabeza y sintiéndome agradecida por su buena compañía en mi habitación cada noche.

Nunca pensé que viviría sola con 53 años. Nunca me imaginé siquiera la posibilidad. Me crié en una casa llena de gente, con tres hermanos mayores, familiares y algunos amigos que vivían con nosotros periódicamente. Eso sin contar con el constante flujo de visitas que venían a casa, porque, con los años, mis padres fueron coleccionando gente como obras de arte. Cuando me fui de casa para ir a la universidad, viví con compañeros de piso en residencias o en pisos llenos de otros estudiantes. Después de graduarme, viví con mi novio, que luego se convirtió en mi marido, y luego con los tres hijos que siguieron, con la pujante familia que formamos. Pero mis hijos fueron creciendo uno por uno, y se fueron, el marido se convirtió en exmarido y me he encontrado realmente sola por primera vez en mi vida, excepto por las mascotas que se han quedado, los últimos vestigios con vida del ecosistema que creé.

Cuando Charlie y yo nos dirigimos a las escaleras, Sugar sale de la habitación vacía de mi hija Maude, con un maullido que parece una queja. “Estará de vuelta en unas semanas”, le digo a la gata para tranquilizarla, pero ambas sabemos que esa habitación, que redecoré para mi hija pequeña en esta casa de alquiler, es sólo una pista de aterrizaje para ella ahora que está en la universidad. Charlie y Sugar me siguen hasta la cocina y les dejo fuera, mientras llamo a Hank, nuestro labrador negro que se está haciendo mayor. Cocoa tiene la pata levantada apoyada en la puerta de su jaula cuando pasamos; es su particular versión de buenos días.

Me giro hacia la máquina de café y cojo mi taza favorita del escurridor donde la dejé. Sigo acostumbrándome a este hábitat extraño, en el que ya no hay suficientes platos como para poner el lavavajillas y me siento ambientalmente culpable por poner cargas tan pequeñas en la lavadora. Cuando abro la puerta del frigorífico para coger la leche, me golpea a la cara la imagen de unos pocos productos colocados casi avergonzados en las baldas. Cierro rápidamente la puerta.

“Cada vez que uno de mis hijos se ha ido de casa, se ha llevado una parte de mí, y mi cuerpo no ha generado suficiente tejido cicatrizante para llenar los espacios vacíos”

Los únicos zapatos y abrigos colgados en la puerta ahora son míos. Las mochilas que solían rebosar de libros y papeles encima de la mesa de la cocina han desaparecido, y ya nadie me roba el cargador del móvil. Me acobarda el silencio. La música ya no me atruena los oídos cuando entro a la casa, ni las voces ni las carcajadas, ni las regañinas a los perros por haberse tirado un pedo. Es bastante inquietante que te echen de un trabajo que llevas 20 años haciendo, tener que reinventar tu propia razón de ser. Pero cada vez que uno de mis hijos se ha ido de casa, se ha llevado una parte de mí, y parece que mi cuerpo no ha generado suficiente tejido cicatrizante para llenar los espacios vacíos.

Gibson, el mayor, se llevó su música. El sonido del piano me calmaba los nervios. También se llevó su poesía, las páginas que dejó esparcidas por la casa con las que podía saber qué tenía en la mente y ver la pasión y la complejidad de sus pensamientos.

Wendy, la mediana, se llevó su temperamento extremo, fieras tormentas que ponían a prueba mi fuerza y que me pedían que la abrazara; pero también los días más brillantes y soleados, que me llenaban de una energía sin la cual todo parece un poco más sombrío.

Maude se llevó su alma sabia, la compasión de la que carecemos el resto. Se llevó su humor seco y la conducta prudente que desarrolló al ver a sus hermanos mayores atravesar la adolescencia. Cerré los ojos y me la imaginé, como una pequeña Buda rubia, reclinada con el gato en su regazo.

Fuera, Charlie ladra, y me saca de mis pensamientos. Les dejo que entren y me llevo el café al comedor. Cuando me siento en la enorme mesa rústica, miro las marcas que hicieron los niños que ya no están, arañazos, palabras grabadas cuando el lapicero se apretó mucho sobre la madera suave, marcas de vasos. Sorbo el café con lentitud, esperando a que la cafeína me ayude a dispersar mis sentimientos de pérdida.

Charlie me lame el tobillo y me acerco a acariciarla donde está, debajo de la silla, esperando pacientemente a nuestro paseo diario por el bosque. No tengo un trabajo diario —dejé de trabajar fuera cuando nació Gibson—, pero ahora que mis polluelos se han ido estoy más activa con mi carrera de escritora. Paso mucho tiempo fuera con Charlie, pero también montando a caballo, una pasión que tengo desde la infancia y que recuperé a los 40. La conexión que comparto con mi yegua no es sólo la de una pareja atlética de éxito y una vía de escape para nuestro espíritu competitivo, sino también una forma de sanación para mí. Los caballos son como psicólogos, y su presencia tranquilizadora me ha aliviado muchos de los dolores del alma y las tumultuosas emociones que he sufrido estos años.

“Las tardes son de lo más duras, sin cenas familiares y sin el olor a comida que reúna a todos en la cocina, sin que mis hijos tengan que esquivar a los perros para contarme qué tal les ha ido el día”

Aunque mis días son bastante activos y tengo gente a mi alrededor, no me gusta vivir sola. Las tardes son de lo más duras, sin cenas familiares y sin el olor a comida que reúna a todos en la cocina, sin que mis hijos tengan que esquivar a los perros para contarme qué tal les ha ido el día. Hank sigue echado en el suelo de la cocina, esperando a que me ponga a picar verduras para que le eche los recortes. La mirada triste que me parece ver en sus ojos cuando se da cuenta de que no hay nadie para quien cocinar me pone tan triste que saco de la nevera un puñado de zanahorias baby para dárselas.

Estar sola en la cama tampoco es fácil. Pese a los problemas que hubo en mi matrimonio, echo de menos la presencia de otro cuerpo —sin pelo— en mi cama por la noche. “No te ofendas”, le digo a Sugar, que se ha levantado de golpe de la mesa justo en ese momento. Camina de lado hasta mi brazo, ronroneando suavemente. No es sólo intimidad física lo que ansío, pienso para mí misma pasando la mano por la espalda de Sugar. Sigo sin imaginarme un futuro en el que no sea parte del mundo de otra persona. Eso me revuelve. Me siento a la deriva, como si estuviera flotando en el mar, y me aterra darme cuenta de que nadie sabe dónde estoy.

Llevaba separada casi un año y todavía estaba tramitando mi divorcio cuando empecé a quedar con gente en busca de lo que ya conocía: la familiaridad del apego. Acababa de cumplir 50 y no tenía ni idea de cómo ligar ni de nada que tuviera que ver con relaciones casuales; cuando me casé lo hice con mi amor del instituto. Así que empecé varias relaciones serias, una detrás de otra. Me dije que estaba buscando amor, alivio en mi pena, pero ahora pienso que era el miedo a estar sola lo que me había llevado a correr despavorida hacia la vida de otra persona.

Sin embargo, no fui capaz de reconocer la verdad en esas relaciones, porque llevaba mucho tiempo en duelo por mi nido vacío y por la pérdida de mi matrimonio, ese final feliz de cuento de hadas. También lloraba la muerte de mi padre; era mi red de seguridad, y desapareció como su cuerpo con el cáncer. Me sentía sola. La lenta muerta de mi matrimonio me había dejado hambrienta de cariño. Al fin y al cabo, somos animales de rebaño, biológicamente programados para relacionarnos, para vivir en grupo en busca de conexión y seguridad.

“No puedo evitar sentirme responsable del dolor que han sufrido mis hijos, pero también estoy enfadada. Durante dos décadas y media, me he dejado la piel por nuestra unidad familiar, y ahora estoy sola”

Quiero sentirme protegida y querida por otro ser humano, pero de algún modo me siento en conflicto con la cultura moderna, que valora la independencia por encima de la necesidad emocional. Casi me da vergüenza admitir que no quiero estar sola, que de algún modo no estoy completa porque quiero compartir mi vida con alguien. Es como si mi cuerpo no hubiera evolucionado al ritmo de las actuales costumbres sociales y estoy perdida en esa brecha, como en una estadística darwiniana.

Hank se acerca y me apoya la mejilla en el muslo, recordándome con cariño que ya se ha pasado la hora del desayuno. Le acaricio las orejas y me quedo pensando en cómo el miedo ha saboteado mi capacidad para estar sola, que en realidad no sé cómo vivir sin el contexto de otra persona. Estoy tan acostumbrada a compartir, a hacer concesiones y a negociarlo todo —desde el espacio físico hasta las emociones y los sueños— que acabo enganchándome demasiado rápido a relaciones nuevas.

Mi sistema de alerta no está bien calibrado para ligar, y al final intento que las cosas funcionen aun siendo incapaz de imaginarme el futuro que quiero. Me convencí de que la intimidad era lo mismo que una prometedora relación a largo plazo, y me costó un tiempo darme cuenta de que no debo todo mi ser a aquellas personas con quienes no comparto ni una historia ni hijos. Me costó aún más tiempo darme cuenta de que nunca he debido todo mi ser a nadie.

Ahora quiero borrar la vergüenza cultural que siento por mi divorcio, la sensación de fracaso y de familia rota que, como madre, me ha enredado en el centro de todo. No puedo evitar sentirme responsable del daño y el dolor que han sufrido mis hijos, pero también estoy enfadada, enfadada conmigo por no valorar lo suficiente mi propio peso en nuestra dinámica familiar. Durante dos décadas y media, me he dejado la piel por todo el mundo, por nuestra unidad familiar, y ahora estoy sola.

Cuando miro a mi alrededor y veo las sillas vacías, la casa resuena con todo lo que he perdido, y me doy cuenta de que es hora de crear mi propio contexto. Hay veces en las que me han paralizado el miedo y la ansiedad, incluso el choque cultural, en mi nuevo estatus solitario, pero he sobrevivido. Y quizás hay ventajas en lo de estar sola que no he tenido demasiado en cuenta. Puedo elegir dónde vivir, cómo vivir, a quién y qué querer. Ya no necesito permiso de nadie, y no tengo que sacrificar mis sueños por los de otra persona. Quiero comprarme una casa con jardín para los animales. Quiero seguir montando a caballo y escribiendo. No quiero estar sola para siempre. Me gustaría tener una relación íntima a largo plazo —creo que estoy programada para ello—, pero no volveré a dar todo de mi sólo por buscar compañía.

Entonces me invade una marea de esperanza ante las posibilidades de nuevos sueños, de revivir otros que nunca se me cumplieron y de la libertad de mi independencia. Como si quisiera interrumpir ese pensamiento, Cocoa golpea ruidosamente su jaula. ”¡Ya voy!”, le digo al conejo. Los perros levantan con esperanza la cabeza con el sonido de mi voz, y Sugar empieza a saltar por debajo de la mesa. “Venga, vamos”, les digo, echando la silla hacia atrás y dirigiéndome hacia la cocina, con los dos perros y el gato en mis talones, con el sonido de sus uñas repiqueteando en el suelo de madera, que es como música para mis oídos.

Ashley Collins es madre de tres hijos adultos y actualmente vive en Connecticut. Se graduó en Antropología por la Universidad de Stanford en 1987. Sus obras han aparecido en ‘Grown and Flown’, ‘Horse Network’, ‘the Roar Sessions’ y ‘Mothers Always Write’. Actualmente escribe un blog sobre su familia y sus animales, y está elaborando unas memorias sobre madres, hijas y caballos. Puedes leer más sobre ella en ashleycollinswriter.com y en redes sociales en Facebook e Instagram.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano