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CAYCE CLIFFORD
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INTERNACIONAL
25/11/2019 17:19 CET

Estas supervivientes musulmanas de violencia de género necesitan que las escuches

Cuando buscan ayuda, las mujeres musulmanas muchas veces son silenciadas por sus propias comunidades o se enfrentan a la islamofobia de quienes deberían apoyarlas.

Sucedió tres días después de graduarse en el instituto. Nour Naas, que tenía 18 años, estaba en el callejón de al lado de su casa cuando vio cómo su padre disparaba 7 veces a su madre en el pecho.

Naas, que tiene ahora 24 años, necesita respirar hondo cuando recuerda ese día bajo una máscara de estoicismo, como si tuviera miedo de que la tierra bajo sus pies se derrumbara si se le ocurre mostrar cualquier emoción. Se sienta recta, preparada y muy consciente de sí misma mientras frota sus manos por el vestido vaquero y el hiyab que enmarca sus grandes ojos marrones.

“Sé que él sabía que quería matarla”, recuerda Naas. Dos semanas antes del asesinato en 2013, su padre le pidió que se sentara y, de repente, le preguntó qué haría si sus padres murieran. Naas no supo qué conclusión debía sacar de la pregunta.

Sin embargo, al presenciar cómo su padre hacía lo impensable en el callejón, lo comprendió. Chilló, incapaz de apartar la mirada del cuerpo de su madre tendido inerte en un charco de sangre.

Sin mirar atrás, echó a correr.

Para las víctimas de violencia de género es difícil buscar ayuda, independientemente de su etnia o su religión. La vergüenza y el miedo son unas mordazas poderosas. Sin embargo, las mujeres musulmanas como Naas afrontan obstáculos añadidos, según una investigación de la edición estadounidense del HuffPost. Este periódico se ha puesto en contacto con numerosas supervivientes musulmanas y con trabajadores de organizaciones que prestan sus servicios a la comunidad musulmana de Estados Unidos.

Varias de las víctimas dijeron no confiar en las agencias estatales y federales del país debido a sus experiencias de discriminación. Según pudo saber el HuffPost, cuando se decidieron a buscar ayuda, se toparon con estereotipos islamófobos, a menudo pronunciados por las personas encargadas de mantenerlas a salvo. Muchas de las que acudieron a sus líderes religiosos se dieron cuenta de que hay muchos imanes con poca o nula formación sobre la violencia de género. Casi todas las mujeres entrevistadas aseguraron sufrir con el estigma cultural del divorcio.

La violencia de género no discrimina entre razas, edades, etnias ni religiones. Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, aproximadamente una de cada cuatro mujeres ha sufrido violencia de género grave en Estados Unidos.

Apenas hay información sobre la prevalencia de la violencia de género en la comunidad musulmana, pese a que un sondeo de 2011 reveló que más del 66% de los musulmanes conocen a una musulmana que ha sufrido abusos físicos y el 53% decían haber sufrido alguna forma de abuso en primera persona. Esta investigación, realizada por Peaceful Families Project (PFP) y Project Sakinah, dos organizaciones musulmanas de apoyo, es la mayor base de datos que existe sobre este tema, lo cual evidencia la gran necesidad de investigarlo a fondo. 

Todas las mujeres entrevistadas por el HuffPost, muchas de ellas desde el anonimato, describen lo pedregoso que es el proceso que tuvieron que seguir para encontrar ayuda.

Algunas son inmigrantes que hablaron de la difícil decisión de quedarse junto al hombre que abusaba de ellas porque era su única vía legal de permanecer en el país o porque no conocían suficientemente bien el idioma para encontrar un refugio.

Muchas son madres solteras de niños que también sufrieron traumas y enfermedades mentales por haber presenciado o sufrido maltrato.

Casi todas ellas coinciden en que no se trata de un problema religioso, pero reconocen haber sentido vergüenza cuando buscaron ayuda y aseguran que los demás musulmanes, incluidos sus líderes espirituales, necesitan hacer más para acabar con un problema que lleva mucho tiempo asolando a su comunidad.

CAYCE CLIFFORD FOR HUFFPOST
El padre de Nour Naas asesinó a su madre en 2013 y después fue abatido por la Policía.

Reviviendo una pesadilla

Cuando la Policía encontró a Naas, estaba perdida y seguía corriendo. Tras interrogarla, se quedó con un amigo de la familia, la persona con la que su padre le había dicho que se pusiera en contacto si sus padres morían. Esa noche, tras asesinar a su madre, el padre de Naas fue abatido en un tiroteo con la Policía.

Naas y sus tres hermanos nunca han hablado de lo que le pasó a su madre. Sufrieron en silencio, cada uno a su modo.

Una tarde de octubre, sentada en el centro cultural árabe de San Francisco, Naas recordó la primera vez que presenció la violencia de su padre. Fue una noche de invierno de 2009. Vio cómo su padre agarraba con fuerza a su madre y la zarandeaba violentamente, provocándole cardenales morados y negros, y luego le lanzó una silla de madera, y todo por no haber acatado su orden de sentarse en el suelo. Naas llamó a sus hermanos a gritos para pedir ayuda y entre los cuatro pararon la pelea interponiéndose entre sus padres.

“Después de aquello, cambió completamente mi forma de ver a mi padre”, asegura Naas. Esa noche, su madre puso una denuncia en la Policía. Cuando su padre se enteró, amenazó con matarla si volvía a contactar con la Policía. No era la violencia física lo que más miedo le daba a Naas, sino las amenazas y la incertidumbre de cómo actuaría su padre la siguiente vez que estallara.

La hostilidad contra los musulmanes genera una atmósfera en la que las mujeres sienten que al denunciar y buscar ayuda están dando mala fama a su comunidad
 

El reciente repunte de islamofobia (crímenes violentos, políticas de intolerancia e incidentes diarios de acoso) no ha hecho más que complicar la lucha contra la violencia de género en la comunidad musulmana. Cuando los medios representan a los hombres musulmanes como un grupo violento y monolítico que oprime a las mujeres, el miedo a recibir críticas de los no musulmanes hace que el problema de la violencia de género sea mucho más difícil de abordar, explica Juliane Hammer, profesora asociada de la Universidad de Carolina del Norte y autora del libro Peaceful Families: American Muslim Efforts against Domestic Violence.

“La hostilidad contra los musulmanes genera una atmósfera en la que las mujeres musulmanas, además de los abusos que sufren y que quieren erradicar, sienten que al denunciar y buscar ayuda están dando mala fama a los hombres de su comunidad y a la comunidad en sí”, expone Hammer.

Desde que Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos, el veto migratorio a los musulmanes y el resto de medidas contra la inmigración han hecho que manejarse en el sistema legal estadounidense sea mucho más complicado e intimidante para las musulmanas y en ocasiones les impide acceder a los servicios sociales, sostiene Hammer.

“Las musulmanas que sufren violencia de género están siendo perpetuamente revictimizadas por estas políticas”, afirma Hammer.  

Solicitar una orden de alejamiento o denunciar a tu pareja en la Policía es un motivo de vergüenza para la familia. En el islam, se insiste en la cohesión de la vida familiar tanto en fe como en cultura, y el divorcio está muy mal visto entre las familias conservadoras. Muchas musulmanas se topan con el problema de que en sus familias desaconsejan firmemente “sacar los trapos sucios” y buscar ayuda profesional.

Las musulmanas evitan buscar ayuda profesional por miedo a provocar más mal que bien, asegura Mouna Benmoussa, que dirige el Servicio para Mujeres Árabes. Las musulmanas temen que deporten a sus maridos o que los metan en la cárcel. “Pese a todo el maltrato, quieren que sus maridos permanezcan en el país”.  

Cuando las organizaciones de apoyo perpetúan el odio

Naas ha pasado años tratando de comprender por qué su padre mató a su madre. Pensó que trabajar de voluntaria en organizaciones contra la violencia de género la ayudaría a aprender sobre el ciclo del maltrato y sobre por qué es difícil acabar con la violencia. Lo que no esperaba era la islamofobia de quienes se supone que estaban ahí para ayudar.

En 2017, mientras trabajaba de voluntaria en una agencia de Oakland, Naas le preguntó a una compañera si se habían puesto en contacto con alguna mezquita. Naas consideraba que era importante estar en contacto con miembros de la comunidad musulmana local para que tuvieran acceso a sus programas de ayudas para víctimas de violencia de género. “¿Acaso se les permite hablar a las musulmanas?”, le respondió la compañera, rechazando así su propuesta. En otra interacción con esa misma compañera, esta comentó que una paciente musulmana con tendencias suicidas le recordaba a los “terroristas suicidas del ISIS”.

Aunque los refugios para víctimas son fundamentales en el sistema de apoyo a las supervivientes, en ocasiones también se convierten en otro motivo de abusos contra las musulmanas, tal y como ha observado Naas. Los expertos entrevistados por el HuffPost aseguran que muchos activistas contra la violencia de género les dicen a las musulmanas que el maltrato que sufren es algo esperable. Todos esos defensores pensaban que el maltrato brotaba de la fe islámica.

En Baltimore, el refugio Muslimat Al-Nissa ofrece sus servicios solo a musulmanas maltratadas que no se sienten seguras en ningún otro lugar. La fundadora, Asmaa Hanif, de 65 años, señala que era imprescindible ofrecer un espacio para dar hospedaje a estas mujeres en todos los sentidos, incluyendo un lugar donde rezar y comida halal, la permitida por el islam.

La violencia doméstica azota casi por igual a todas las religiones

INSTITUTE FOR SOCIAL POLICY AND UNDERSTANDING
Según la organización Institute for Social Policy and Understanding, los musulmanes son tan propensos como cualquier otra comunidad religiosa o laica a tener en su entorno a alguien que haya sido víctima de maltrato en el hogar.

“Lo que descubrimos es que si albergas a las musulmanas en un refugio con otras mujeres, aunque esos refugios se consideren respetuosos con nuestra cultura, corres el riesgo de que traten mal a esas musulmanas. No es posible cambiar la forma de pensar ni las acciones de esos trabajadores”, sostiene Hanif.

Hanif, que lleva más de 40 años al frente del refugio, donde también reside, recuerda las experiencias que le han relatado estas mujeres de refugios previos en los que les servían cerdo (los musulmanes practicantes no comen cerdo) o en los que las otras residentes las acosaban cuando intentaban rezar. Esta clase de discriminación no ha hecho más que aumentar desde que Trump es presidente, señala Hanif, lo que ha provocado que más mujeres de Baltimore acudan a su refugio.

Hay miles de organizaciones de apoyo a víctimas de violencia de género (refugios, agencias de asesoramiento o grupos de apoyo) que ofrecen sus recursos a 10 millones de víctimas de violencia de género en Estados Unidos cada año. Las líneas telefónicas contra la violencia de género reciben más de 20.000 llamadas de media en todo el país, según la Coalición Nacional Contra Violencia Doméstica.

Sin embargo, pese al aumento del número de víctimas, las organizaciones de todo el país trabajan con menos fondos, menos personal y menos recursos. Según la organización NNEDV contra la violencia doméstica, casi el 80% de los estados han informado de recortes de presupuesto para programas de apoyo, pese a que la demanda de servicios no hace más que aumentar. 

“Ojalá todas las organizaciones contra la violencia de género y los 2000 programas locales tuvieran las ayudas y las incontables horas de formación que necesitan sobre estereotipos implícitos y competencia cultural. Por desgracia, no todo el mundo tiene acceso a esa formación”, se lamenta Cindy Southworth, vicepresidenta ejecutiva de NNEDV. “Querríamos que todos los programas locales fueran un lugar de acogida para todas las musulmanas y todas las supervivientes”.

Comprendiendo el papel de la fe

No se sabe si la madre de Naas llegó a hablar con algún profesional o si buscó ayuda en algún refugio, pero sí que habló con el imán local.

Los imanes, como los curas, ofrecen consejo a sus feligreses en diversos ámbitos que van más allá de lo religioso. No es infrecuente que los musulmanes hablen de sus problemas económicos y familiares con su imán, y entre esos problemas está la violencia. De hecho, en comparación con otras religiones, los musulmanes son más propensos a denunciar abusos en su templo local, ya que confían en ellos casi tanto como en sus familiares y amigos.

Pero no todos los imanes tienen la formación necesaria para tratar con víctimas de abusos, ya que su formación está centrada normalmente en las escrituras del islam y su interpretación.

“Cuando contratan a un imán, en su descripción de empleo no consta que vaya a asesorar o afrontar casos graves de violencia de género”, explica Salma Abugideri, asesora y directora de formación en PFP, una organización nacional contra la violencia de género centrada en la comunidad musulmana de Estados Unidos. “No están preparados, pero tampoco saben que necesitan estar preparados”. 

Los imanes no cuentan con las herramientas básicas para afrontar un caso de violencia de género, ni siquiera para asesorar
 

La organización que dirige Abugideri se fundó en el año 2000 y ofrece formación a líderes religiosos sobre la dinámica del abuso doméstico y realiza talleres por todo el país. En los últimos años, la demanda de servicios formativos de PFP no ha dejado de aumentar. 

“En mi opinión, esto refleja una mayor concienciación de que no están debidamente formados y de que no cuentan con las herramientas básicas para afrontar un caso de violencia de género, ni siquiera para asesorar”, señala.

INSTITUTE FOR SOCIAL POLICY AND UNDERSTANDING
La violencia de género tiene lugar en la comunidad musulmana con la misma frecuencia que en las comunidades cristianas y laicas, pero las víctimas musulmanas lo denuncian con mayor frecuencia a sus líderes espirituales, según el ISPU.

Khalid Latif, director ejecutivo y capellán del Centro Islámico de la Universidad de Nueva York, cuenta que durante sus 14 años en el cargo han sido cientos de mujeres, desde adolescentes hasta ancianas de más de 70 años, las que han acudido a él para denunciar casos de maltrato.

Latif considera que el problema no es la fe islámica, ya que el islam prohíbe la violencia y el maltrato a la mujer, sino la necesidad de los líderes espirituales de formarse y relacionarse con las distintas organizaciones musulmanas contra la violencia de género.

“El temario y la pedagogía de la mayoría de las instituciones musulmanas de enseñanza del islam se basa en la memorización de determinados libros y textos, y eso no tiene nada de malo”, sostiene Latif, pero este imán de 37 años añade que ofrecer servicios sociales y hacer trabajo de campo también son obligaciones de la congregación que dirigen.

A muchos líderes musulmanes les da vergüenza reconocer la violencia de género en sus comunidades y sacar los trapos sucios
 

Los líderes religiosos se muestran reticentes a afrontar el problema por miedo a intensificar la islamofobia que ya hay en el mundo, indica Mona Kafeel, de la Texas Muslim Woman’s Foundation de Dallas. Su organización ha ayudado a más de 3000 supervivientes de violencia de género en los últimos 5 años y recibe más de 1000 llamadas todos los días en su servicio 24 horas de asistencia telefónica. Kafeel afirma que a muchos líderes musulmanes les da vergüenza reconocer la violencia de género que tiene lugar en sus comunidades y sacar los trapos sucios de los musulmanes estadounidenses.

Algunas de las supervivientes cuentan a la edición estadounidense del HuffPost que sus maltratadores se quedaban solamente con las partes del Corán que les interesaban para justificar sus acciones y culpar a sus víctimas para que no dejaran la relación.

Se trata de una táctica muy extendida entre los religiosos de cualquier fe que se vuelven maltratadores y que complica aún más a las mujeres la decisión de marcharse, expone Latif.

“Desde el momento en el que tiene que recurrir a versos del Corán para justificarse, tu derecho a vivir tranquila sin ser oprimida se complica”, añade.

Pese a las dificultades, numerosas supervivientes aseguran al HuffPost que su fe es también lo que les dio la fortaleza que necesitaban para buscar ayuda.

CAYCE CLIFFORD FOR HUFFPOST
Las supervivientes de violencia de género que hablaron con la edición estadounidense del 'HuffPost' afrontaron numerosos problemas: obtener vivienda, manejarse en el sistema legal de Estados Unidos y querer dejar a sus maltratadores, pero sin castigarlos.

Luchando contra el estigma

Han pasado 6 años desde la muerte de la madre de Naas. Aunque Naas habla a menudo sobre la violencia de género, muchas veces se frustra con su propia comunidad musulmana por referirse al asesinato de su madre como un homicidio y no como lo que realmente es: violencia de género que tuvo lugar durante años antes de culminar en un asesinato premeditado. Hay personas que han instado a Naas a dejar de escribir sobre la violencia de género y a “pasar página”.

Pero no puede. En la actualidad, Naas trabaja en un refugio para mujeres al tiempo que estudia Sociología en la Universidad Estatal de California. El refugio para el que lleva más de un año trabajando ofrece sus servicios a inmigrantes y refugiadas que han sobrevivido a casos de violencia de género.

Una mañana húmeda de octubre, Naas conoció a un grupo de mujeres árabes musulmanas que se reunieron en un centro comunitario local para tomar té o café. Se sentaron en una sala luminosa cuyas paredes estaban repletas de retratos de musulmanas poderosas a lo largo de la historia. Todas ellas eran supervivientes, pero muchas se conocieron en ese mismo momento.

Las cicatrices emocionales son más difíciles de sanar: "Ojalá solamente me hubiera pegado"
 

Las mujeres contemplaban con ternura a un bebé cuya madre había tenido que escapar de su casa y esconderse en una iglesia cercana antes de contactar con el refugio. Todas estas mujeres hablaron desde el anonimato, lo que evidencia el miedo y el estigma que siguen sufriendo. Una de las mujeres habló de la barrera del lenguaje y de la humillación que sintió cuando declaró en los tribunales estadounidenses. Otra mujer señaló la necesidad de reconocer la maldad del maltrato emocional.

“Ojalá solamente me hubiera pegado”, dijo una de las mujeres en voz baja. Las demás asintieron en silencio. Las cicatrices emocionales son más difíciles de sanar.

Los obstáculos que afrontaron estas mujeres fueron los mismos: encontrar casa en una de las ciudades más caras del país, manejarse en el sistema legal de Estados Unidos y querer abandonar a sus maltratadores, pero sin castigarlos.

En ocasiones, Naas comenta que se alegra de que la Policía abatiera a su padre para no tener que relacionarse con él nunca más. Sin embargo, esa muerte no supuso ningún cierre para ella. Por eso escribe, incluso cuando otras personas le dicen que pare, con el fin de darle un sentido y un cierre a lo que sucedió. Piensa en su madre todos los días.

“En mi corazón, no tengo ninguna duda de que mi madre estaría orgullosa de mí”, concluye. “Lo único que quiero es honrar a mi madre”.

Este artículo fue publicado en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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