‘The hole X’, el mal gusto con buen gusto

"Un desparrame contenido. Un desfase controlado".
‘The hole X’, el mal gusto con buen gusto.
Elena Martrod
‘The hole X’, el mal gusto con buen gusto.

Diez años para un espectáculo son muchos años. Esos son los años que lleva The hole en cartelera desde que Paco León e Yllana se lo inventasen. De ahí que sus nuevos productores, Let’s go, le hayan añadido la X, convirtiéndolo en The hole X. Unos años por los que ha pasado por varios teatros de la capital y distintos espacios y que ahora llega al polémico Espacio Ibercaja Delicias. Años en los que la idea ha sido exportada sobre todo a Estados Unidos, donde ha sido bien recibido por su espectacularidad. Lugares en los que se reinventaba cada vez sin dejar de ser lo que es.

¿Y qué es? Un espectáculo de varietés lleno de acrobacias, humor y música, teñido de insinuaciones sexuales bastante explícitas que busca descaradamente y sin complejos, es decir, con honestidad, agradar al público. Divertirlo. Lo que lo convierte en un espectáculo para ir en grupo, con los colegas, y, también, con la pareja para tomarse algo, pasarlo bien y lo que surja. De esos que se llaman para no pensar, entretenidos.

¿Y con qué pretende entretener? Pues con carne. Se enseña mucho el cuerpo, incluidas vulvas y penes, y hay muchas referencias a lo bueno o buena que están unas, otros y viceversas. Y lo que esas unas, otros y viceversa pueden hacer o no en la cama. El sexo explícito tratado de una forma lúdica, como fuente de placer, diversión, disfrute, felicidad y libertad.

Para mostrar esos cuerpos, enseñarlos de la mejor manera posible, se recurre al baile y los números de circo. El primero con unas coreografías que no destacan por su innovación, sino por su ejecución, buscando ser atractivas más que bonitas y, cuando pueden, introducir humor. Como el número de la gran castañuela que un bailarín lleva como única prenda y como taparrabos. Castañuela que se mueve con el baile o que la bailarina levanta, dejando ver lo que hay debajo.

En el caso del circo recurre a grandes artistas. Ellos y ellas con cuerpos bonitos poco cubiertos durante toda la función. Cuerpos que cumplen con el estándar de belleza atlética y de películas románticas, si no fuera por Dylia. Una mujer rotunda, lo que no le impide ser atractiva. Cirqueros que se mueven entre la danza área, el anillo aéreo, la pole dance, los patines y las acrobacias. En perfecta ejecución. Jugados en escena con toda la insinuación sexual que recorre al completo el espectáculo.

Propuesta a la que no le falta su maestro de ceremonias o MC, que el día del estreno oficial y para VIP fue Álex O’Dogherty. Showman que ya lo había hecho antes y durante mucho tiempo. Que cose con sus textos, su labia y su presencia los espacios entre los números de baile, el circo y las canciones. Y que también tiene su momento de gloria sentado en un retrete en el que retrata a políticos de todos los colores, leyendo las contradictorias declaraciones que han dejado en la hemeroteca. Un divertido monólogo que podría aparecer en el Club de la Comedia, pero tan bien servido, puesto en escena, que parece otra cosa.

Este MC hace un trabajo duro, por intenso y comprometido, que marca mucho el espectáculo. Por lo que en su rol se alternará con Víctor Palmero, que triunfa en el Teatro Lara con Johnny Chico. Con Eva Isanta, conocidísima y queridísima gracias a su éxito televisivo, y el humorista Miguel Lago, que no pudo acudir a cerrar la noche del estreno. Todos elegidos con un carácter eminente popular, pues el despliegue de artistas y medios exige una gran inversión que hay que cubrir vendiendo cuantas más entradas mejor.

Propuesta a la que tampoco le faltan sus payasos o payasadas. Que, por el tipo de espectáculo, sería mejor llamarlos gamberros y gamberradas. Hechas con estilo, con el que se puede hacer algo que se pretende zafio. En las que participan los actores —tramoyistas, que forman parte del espectáculo y que ofrecen diversidad corporal a la función—.

Una escena de la función.
Elena Martrod
Una escena de la función.

Ejercicios de clown difíciles de reconocer como tales, por la estilización tanto del vestuario como de los números en sí mismos. Como el de la selfilis. Juego de palabras que mezcla selfie y con sífilis, una conocida y tradicional enfermedad de transmisión sexual, y con feliz. Término que se usa para describir esa obsesión tan moderna por fotografiarse y subir las fotos propias a la red. Aunque este espectáculo, en el que no se pueden hacer fotos, está hecho, entre otras cosas, justo para eso, para hacerse un selfie, a la entrada, en el intermedio con los artistas o al final de la función, y colgarlo en alguna red social o enviarlo a los contactos. Decir yo estuve aquí, reí, disfruté y vencí.

Y en el delirio de atrevimiento y riesgo, recuperan un número que fue muy popular en este tipo de espectáculos en España. El del sorteo de un jamón, de nuevo la carne, que no falte, mediante un bingo. El bingo por el que se elegirán a personas del público a las que se subirá al escenario para dar el jamón a aquel o aquella que se quite más ropa. Mostrar carne para llevarse carne. La tentación de la carne.

Entre todos y con todo esto consiguen generar el entusiasmo y la corriente de alegría para que el público salga contento, muy contento. Y eso que hay público que ya la vio en su momento y conoce muchos de los números y poco o nada les sorprende. Esto se debe a que la propuesta puede parecer sencilla, incluso simple, hasta fácil y banal.

Sin embargo, tiene detrás un inteligente equipo artístico. El que capitanea Gabriel Chamé, un gran payaso, del que todavía se recuerda su Otelo, y que ha formado a grandes actores españoles. Equipo artístico que incluye al bailarín Guillermo Weickert, al que muchos espectadores descubrieron en los modernísimos y contemporáneos espectáculos de Carlota Ferrer.

Con todos estos elementos lo hetero, lo homo, lo queer, lo trans y muchas otras orientaciones de género se agitan, se mezclan y se muestran en escena y en los juegos que suceden en el patio de butacas. Lo hacen a ritmo de standards. Desde Rocío Jurado a L’amour es un oiseau rebell de la ópera Carmen de Bizet, pasando por Yes Sir, I can boggie de las Baccara. Cantada por una bola de discoteca que antes fue un pezón vestido de Agatha Ruíz de la Prada.

Un desparrame contenido. Un desfase controlado. Como lo eran las revistas de antaño, las películas de tres rombos y todo aquel teatro variado y cabaretero que surgió alrededor del Paralelo catalán y del Molino. Actualizado a estos tiempos que se definen más directos, más de llamar al pan, pan, y al vino, vino. Al que posiblemente no quieras ni ir con tus padres ni con tus hijos. Pero, como ya se ha dicho, sí con la pareja y con los amigos y que, mucho tiene que cambiar la cosa, para que no sean las entradas que antes se agoten para el cotillón de Nochevieja o para la Noche de Reyes (entradas que todavía no han salido a la venta).

Ópera de Viena (Austria)

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