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10/07/2019 07:19 CEST | Actualizado 10/07/2019 07:19 CEST

Tiempos sin razón

asosam via Getty Images

El calor hace proclives a volver delirantes los tiempos irracionales. Más aún si se gestan en el frío de la sin razón de cualquier época, sea esta fría o caliente. La humanidad suele perderse en los meses más calurosos, pero aún siendo generalizada, no es una regla universal. Hay heladores inviernos que sirven de marco a la glaciación de las ideas y la congelación de los corazones. El miedo a las emociones es mayor cuanto más en boga las ponemos: La hipocresía emocional es el salvoconducto de esta época falsaria en la que negamos lo evidente para sobrevivir a lo absurdo. Al interiorizar lo que más nos duele, nos cuidamos de disimular que necesitamos ayuda, que somos débiles, que tal vez estamos definitivamente solos, aunque tengamos que disimularlo para mantener en su sitio los “yoes” que tan trabajosamente hemos construido, o votado. ¡Qué más da! El paisaje se ha vuelto tornadizo y equívoco como en los versos de Alberti, cuando canta “Se equivocó la paloma…”; la temperatura engaña porque refleja calores inexistentes de hogueras ficticias, en tanto sube la temperatura de nuestras emociones como si no existieran diques de contención.

Una película francesa de Claude Sautet, Un Coeur en Hiver, de 1992, lo cuenta a un nivel íntimo que desarma. Hay épocas que te dejan frío y amores que entumecen de tan poca calidez como muestran. No hace falta fijarse mucho para saber de las neblinas del desamor en épocas de crisis sistémicas, pero cuánto más terca es la fractura del mundo que conocemos, más frío nos produce y más congelados vemos los elementos de vida que antes habitaban a nuestro alrededor. Respirar es una función primigenia para los corazones afligidos. En el “afuera” de las vidas que vivimos se recrean los mitos acerca de los seres que creamos sobre nosotros mismos para poder vivir, representando la realidad que obstinadamente seguimos sin aceptar. No debe extrañar que los líderes también hayan aprendido a representarse en su papel de personas y trabajen sus roles falsarios con tanta dedicación que lleguen a creerse sus mentiras, para sobrevivir a las certezas de un mundo real mucho más agobiante del que habían previsto. La crítica es la gran perdedora de la batalla de los simulacros, porque el invierno enfría todos los registros del mundo que nos inventamos y los espacios tibios, confusos o borrosos, van cediendo su sitio a la nitidez de los perfiles inequívocos. La sinrazón alberga perfiles que la moda “artistizada” de nuestro tiempo alimenta como si estuvieran diseñados para cualquier talla: los sentimientos fueran un catálogo más, de selección de moda o de representación de objetos individualizados, más que de ayuda e inspiración por valores que puedan identificarnos en común. El caos del lenguaje y la rapidez para expresar las opiniones inmaduras o los juicios repentinos se extreman con las altas temperaturas. Si antes éramos reos del tiempo empleado en transmitir nuestro mensaje, ahora somos esclavos de la inmediatez mediática, tanto como de la posibilidad de pronta rectificación. Nuestras redes de comunicación han de contar con espoletas de efecto retardado, para hacer sentir que la música del lenguaje tiene sentido, que no es una mera desafección de palabras y sonidos, maltratada por las altas temperaturas, en el calor verbal de los juicios y las opiniones vertidas a granel por los acróbatas del circo en el que se han convertido la economía y la política españolas. La caravana de monstruos sin cabeza prosigue su desfile; nosotros tenemos localidades de sol. 

El mundo que nos rodea carece de metáforas para la destrucción que viene, porque nunca fue más extenso el frío del fuego en el corazón de la gente.

Escuchar se ha vuelto una tarea heroica, porque es difícil aislar el discurso del ruido: La música ya no viene acompañada de interpretaciones que maticen su alcance. La letra resuena siempre más que la partitura y lo que se intuye, lo que se quiere decir, queda siempre por debajo de lo dicho. Como si la interpretación no necesitara de un temblor que nadie considerara imprescindible. Como si el amor por lo que se quiere transmitir o dar a conocer, tuviera menos interés que el llegar al corazón del otro, a su  corteza escondida. En el juego de espejos de la sociedad de la comunicación, nos movemos como en un teatro de sombras que recuerda mucho a un aquelarre. No sólo por el fuego de las hogueras que nos invaden de calor, sino por las polémicas que vienen de focos desconocidos con orígenes falsificados, por las llamas que propagan las afueras de nosotros mismos al interior del incendio que provocan los líderes en los lares de los demás. Ya no existen focos reconocibles, la comunicación no conoce extinción posible. El calor se propaga entre materiales de combustión interna, entre los que destacan, sobremanera, las palabras. Los discursos esperpénticos son presa fácil de los incendios propagados por los calores pasionales porque los materiales de desecho están sin clasificar; inertes pero aptos para deshacerse en cenizas de partidos políticos, coaliciones y quimeras.

Ese ir y venir del fuego es la trama del complot del incendio provocado. Incluso los que crepitan a baja temperatura son catástrofes de mediocres “yoes” incandescentes que se abrasan en su flamear incontrolado. Si el frío abrasa de tanto extinguir la vida, el fuego se retroalimenta del aire que necesitamos para respirar y entra en combustión por resonancia con el metabolismo social de cada comunidad, de cada espíritu altivo, con el “yoísmo” ígneo de lo que excluye a los demás. El corazón en invierno puede temblar en seres insensibles a todo latido. En el furor del calentamiento global, las especies se acomodan para dejarse llevar a la combustión universal, expectantes ante el espectáculo fantasmagórico de la catástrofe de la vida desahuciada.

El mundo que nos rodea carece de metáforas para la destrucción que viene, porque nunca fue más extenso el frío del fuego en el corazón de la gente. Nunca habíamos habitado una época con tanto desdén hacia los seres humanos que tenemos directamente al lado, y lo pagaremos quemando todo lo que habíamos amado tanto. Eso llegará antes de que el invierno acabe con todos los combustibles tangibles e intangibles que sacrificamos al dios implacable del consumo. Aunque ahora sea saltando sobre las hogueras donde crepitan los muñecos y muñecas políticas que representan nuestro propio teatro crepuscular plagado de sombras fantasmagóricas.

 

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