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24/10/2020 10:41 CEST | Actualizado 24/10/2020 10:41 CEST

Trabajo de limpiadora en el hospital donde ingresó Trump y su tratamiento no tuvo nada que ver con el mío

Nos llaman trabajadores esenciales, pero nadie reconoce nuestro duro trabajo ni cobramos lo que merecemos.

Pramote Polyamate via Getty Images

El Walter Reed National Military Medical Center de Estados Unidos es un hospital de primer nivel mundial consagrado a cuidar a quienes sirven a este país y se sacrifican valientemente por él.

Cuando el presidente Donald Trump ingresó en el hospital a inicios de octubre debido a su Covid-19, fue recibido por un equipo médico de prestigio mundial para ofrecerle el mejor tratamiento posible, con terapias experimentales y todos los recursos que pudiera necesitar para recuperarse. Estuvo muy cómodo en su suite presidencial, equipada con cocina, salón, sala de conferencias y comedor con lámparas de araña con lágrimas de cristal.

Mis compañeros conocen muy bien esa suite, ya que su trabajo es mantenerla impecable. Yo llevo 16 años trabajando en este hospital limpiando retretes, suelos, ventanas, techos, paredes, mostradores, etc.

Doy gracias por tener este trabajo, pero también quiero dejar constancia de una cosa: el interior del hospital Walter Reed alberga dos pandemias distintas. El presidente recibió la mejor atención médica que se puede pagar, cuyo valor asciende a más de 100.000 dólares. Para los conserjes, cocineros, guardias de seguridad y demás empleados del hospital, la experiencia es completamente diferente.

Contraje el coronavirus al inicio de la pandemia, al igual que varios compañeros de trabajo. Todos nosotros tenemos familiares o amigos que han fallecido a causa de este virus. Ninguno de nosotros tuvo la suerte de llegar al hospital y que nos recibiera un equipo médico personal. Solo pudimos aislarnos en casa y tratar de vencer a la Covid-19 por nuestra cuenta. Nuestras instrucciones eran quedarnos en casa y solamente ir al hospital si desarrollábamos problemas respiratorios, todo gracias a que la Administración Trump no supo controlar la pandemia y el sistema sanitario estaba demasiado saturado como para ocuparse de nosotros.

El personal sanitario estuvo abandonado a su suerte con la responsabilidad de decidir a quiénes admitían en los hospitales y a quiénes no. Estaban todas las habitaciones llenas y los pasillos estaban ocupados con camillas. Ni siquiera había suficientes respiradores, algo que me parece vergonzoso en un país del primer mundo.

Al igual que a millones de estadounidenses, yo también sufrí la incertidumbre en la que nos ha sumido este virus. Después de haber presenciado tan de cerca lo que les pasa a tantos pacientes de coronavirus, dar positivo fue una pesadilla hecha realidad. ¿Empeorarían mis síntomas? ¿Qué podía hacer si me costaba respirar? La posibilidad de morir era real. ¿Quién mantendría a mi familia y qué clase de futuro les esperaría a mis hijos sin su madre?

Varios compañeros y yo contrajimos el coronavirus. Ninguno tuvo la suerte de llegar al hospital y que nos recibiera un equipo médico personal. Solo pudimos aislarnos en casa y vencer a la Covid-19 por nuestra cuenta

A diferencia del presidente, yo no tenía a un equipo médico a mi disposición para tranquilizarme y para monitorizar cada mínimo cambio en mi estado de salud. Tuve que tratarme con remedios caseros yo sola en mi dormitorio. Intentaba mantener la calma y pensar que me iba a curar. Hacía todo lo posible por no exponer a mi familia.

A diferencia del presidente, yo soy una católica devota que piensa que la vida es demasiado valiosa como para hacer cualquier cosa que la pueda dañar. Como suele ocurrirme, mi fe en Dios me ayudó a ir superando los días, uno detrás de otro. Cuando me recuperé, guardé una cuarentena de dos semanas y seguí llevando la mascarilla en el trabajo y en la calle. A día de hoy, sigo evitando las aglomeraciones.

La ironía insultante de todo esto es que el presidente ignora todas las recomendaciones de seguridad que nosotros hemos seguido al pie de la letra. Mis compañeros de trabajo y yo hemos seguido durante meses todas las instrucciones para no propagar el virus, nos hemos esforzado por mantener el prestigio del hospital al más alto nivel y ahora resulta que nuestro trabajo puede ser un asunto de vida o muerte para nosotros, para nuestras familias y para quienes se han sacrificado por esta nación.

La presión de ser consciente de que un solo fallo puede hacer que infectes a otra persona es constante, incluso en casa por las noches. Lo desinfectamos todo. Llevamos mascarilla, guantes, EPI y nos lavamos las manos religiosamente para no hacer enfermar a nadie, algo que me parece un principio humano de decencia.

Por eso es tan difícil de creer que nuestro propio presidente no solo minimice el virus, sino que haya sido tan temerario con su propia enfermedad, por ejemplo, al quitarse la mascarilla nada más llegar a la Casa Blanca sin estar aún curado.

Nada más salir del hospital, Trump retomó su campaña difundiendo mentiras. Sus seguidores se congregaron sin mascarilla, exponiendo a sus trabajadores, a los agentes del servicio secreto, a las comunidades locales y a los trabajadores de la salud. Sus eventos supercontagiadores siguen perpetuando la enfermedad, la muerte y las penurias económicas para las familias estadounidenses. El presidente ignora las recomendaciones de distanciamiento y rara vez se pone la mascarilla, pero lo peor es que muchísima gente sigue su ejemplo.

Lo que más me enfurece es ver cómo intenta ganar el voto de la comunidad latina, pese a que las personas negras y latinas tienen el doble o el triple de probabilidades de contraer el coronavirus, cuatro veces más probabilidades de acabar en el hospital y casi el triple de probabilidades de morir por culpa de este virus que el presidente no ha sabido contener.

Todas las personas que han dejado impecable su suite presidencial en el hospital Walter Reed pertenecen a la comunidad latina, pero a él no le importamos. Lo único que le importa es él mismo y su cartera.

Nunca le perdonaré que haya puesto en peligro tantas vidas cuando su trabajo consiste en protegernos. Me llena de tristeza. He llorado por todos los trabajadores de la Casa Blanca que se han infectado por culpa directa de la conducta peligrosa y la arrogancia de Trump. Nosotros hemos sufrido la peor parte de esta pandemia, física y emocionalmente, mientras el presidente sigue sin tomarnos en serio. Nos llaman trabajadores esenciales, pero nadie reconoce nuestro duro trabajo ni cobramos lo que merecemos.

En estos tiempos tan dolorosos, mi sueño es tener un líder competente y honesto en la Casa Blanca que reconozca nuestro sacrificio. Joe Biden ha prometido tratarnos como los trabajadores esenciales que somos: tendremos baja remunerada, complemento de peligrosidad, pruebas para el coronavirus gratuitas, tratamiento a un precio razonable y mayores prestaciones por desempleo.

Hacer todo lo posible por salvar vidas también implica votar para lograr ese cambio.

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Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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