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16/12/2019 06:21 CET | Actualizado 16/12/2019 06:21 CET

Tu derecho a la huelga amarga a la gran mayoría

España es el quinto país de la OCDE con más días de huelga por cada 1.000 trabajadores.

Tetiana Lazunova via Getty Images

Aunque pueda sonar a broma, lo más parecido a la primera huelga de la que se tiene conocimiento se remonta al año 1152 a.C., cuando los obreros egipcios realizaron una sentada frente al visir de Ramsés III para exigirle sus salarios al grito de “¡tenemos hambre!”. Y tenían muchísima razón, porque el coste de las campañas militares del faraón y su desmedido gusto por los fastos habían dejado vacías sus arcas.

Sin embargo fue la revuelta de Haymarket del 1 de mayo de 1886 la que define el concepto de huelga tal y como lo conocemos, y fue además la inspiración para la celebración del Día Internacional del Trabajo. Por aquel entonces los empleados públicos ya se regían por una jornada laboral de 8 horas, así que la Federación Estadounidense del Trabajo movilizó a más de 300.000 obreros en Chicago (con turnos de hasta 14 horas diarias) para exigir el mismo tratamiento. Tras varios enfrentamientos, las protestas dejaron decenas de muertos y cientos de heridos.

Hay otros momentos muy significativos, como el Domingo Sangriento de 1905 en Rusia, semilla de la revolución bolchevique; las huelgas de Lula y los metalúrgicos en Sao Paulo en 1979; el movimiento Solidaridad polaco de Lech Walesa en 1980; y los mineros británicos en 1984 que desafiaron (y perdieron) frente a Margaret Thatcher. La duración de la jornada laboral fue la demanda común en todas ellas, seguida de una mejora en las remuneraciones. Y se hicieron tanto en economías capitalistas como comunistas.

Aunque los trabajadores de dos tercios de los países del mundo no tienen derecho a huelga, allí donde sí está reconocida y protegida, con el paso del tiempo se ha ido haciendo un uso un tanto irresponsable de ella, convirtiéndola en ocasiones en una herramienta de presión que perjudica más al conjunto de la sociedad que a las compañías contra quienes se cursan las demandas del tipo que sea.

Tenemos que arbitrar una fórmula que ponga los derechos de la mayoría por delante de los de una minoría.

De acuerdo con Statista, somos el quinto país de la OCDE con más días de huelga por cada 1.000 trabajadores. Y según el European Trade Union Institute, en España el número medio de días no trabajados por huelgas se redujo de los 153 del período 2000-2009 a 50 del septenio 2010-2017, pero aun así vergonzantemente lejos de los 13 y 17 días, respectivamente, de Alemania, cuna europea del sindicalismo y la protección de los trabajadores.

Y si bien es cierto que se producen más huelgas en el sector privado que en el público (datos INE 2018), la incidencia de los paros en los servicios públicos -en particular aquellos esenciales- es infinitamente superior. Origina un malestar social que los ciudadanos afectados (es decir: todos los que no estamos de brazos caídos) callamos por respeto a quienes ejercen un derecho, pero ¿qué hay del respeto que nos merecemos nosotros? ¿Dónde termina el derecho de unos y comienza el de los demás?

El espíritu de la huelga nos es común a todos, porque permite elevar nuestra posición de negociación con una empresa en la defensa de unas condiciones laborales mejores. Pero en su concepción y defensa histórica jamás nadie pensó en ella como un elemento para causar malestar y hartazgo a quienes nada tienen que ver con las demandas de un determinado colectivo ¿o sí?

Así pues, cada ventana vacacional, cada evento que acogen nuestras ciudades y cada fecha señalada, ya estamos prevenidos de que los controladores aéreos, los pilotos, el personal de limpieza de los aeropuertos, los maquinistas de trenes y metro, los conductores de autobús y taxi, el personal de los hospitales, las estaciones de servicio… -y así podría seguir un buen rato- nos van a amargar.

¿Es que no hay otro momento del año para hacer una huelga?

Nos van a amargar no sólo las merecidas vacaciones (ojo, que también es un derecho) sino cualquier desplazamiento necesario o forzoso (otro derecho) que tengamos previsto hacer. Van a hacer que ese día o esos días nuestro ánimo se resienta y tengamos que cumplir con nuestras obligaciones tensos y preocupados, cuando todos tenemos derecho a vivir en paz y felicidad.

¿Es que no hay otro momento del año para hacer una huelga? Sí, lo sé (la oportunidad); tan ingenuo no soy. Pero en la vida hay que ser equilibrado, responsable y respetuoso, y ponderar los beneficios propios frente a los perjuicios que se ocasionan a los demás. Todos tenemos derecho a aspirar a unas condiciones laborales óptimas, pero no a costa del bienestar mayoritario de la sociedad.

¿Cuál es la solución? Alguien me apuntaba que la vía Reagan, en referencia al expresidente estadounidense, que en el verano de 1981 frenó en seco una huelga salvaje de controladores aéreos que amenazó gravemente al sector del transporte aéreo en ese país, poniendo a militares en tales tareas. Quizás es excesiva, pero tenemos que arbitrar una fórmula que ponga los derechos de la mayoría por delante de los de una minoría que (legítimamente, eso sí) vela exclusivamente por sus intereses particulares.

 

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