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18/07/2019 07:19 CEST | Actualizado 18/07/2019 07:19 CEST

Tuve euforia postparto y acabé en el hospital

La euforia postparto me pareció un triunfo tras haber sufrido depresión perinatal, pero resultó ser una versión diferente de una enfermedad que ya padecía.

MAYTE TORRES VIA GETTY IMAGES

En agosto de 2016, mi marido y yo descubrimos que estábamos esperando nuestro tercer hijo. Fue una gran sorpresa y alegría después de más de un año intentando concebir. Pocas semanas después de la buena noticia, estaba doblada por las náuseas matutinas, tal y como esperaba, pero también tuve algo que no había tenido en mis anteriores embarazos: depresión.

Apenas me podía levantar del sofá, estaba exhausta, triste y agotada. Lloraba constantemente y empecé a tener pensamientos suicidas. Mi marido, Daniel, me llevó al médico, que me diagnosticó depresión perinatal grave, un tipo de depresión que se produce durante el embarazo.

Me pasé el embarazo entero luchando contra la oscuridad, aferrándome a todo lo que podía para no hundirme. Me tomaba mis medicamentos todos los días, veía a un terapeuta con regularidad, practicaba respiración diafragmática cuando me acordaba y me recordaba a mí misma que con llegar a la siguiente hora era suficiente. A veces, lo único que me mantenía viva era la vida que tenía en mi interior; ese aleteo en el estómago me recordaba que éramos dos personas en un cuerpo agotado.

La mañana en la que estaba programada la inducción del parto, salí de la cama lista para conocer a la niñita que cambiaría mi mundo. Todo el mundo me había dicho que el tercer bebé salía como si cayera por un tobogán, ya que el canal del parto ya había sido bastante transitado.

No fue nuestro caso. Tras un parto tortuoso y agotador con una epidural que no hizo efecto y muchas horas de horrible música para meditar, nació mi hija, rosa y suave como un gato recién nacido.

En cuanto me dieron el alta a las 24 horas de nacer mi hija, me invadió una gran energía.

El momento en que nació fue uno de los mayores logros de mi vida. No por haber sido madre anteriormente dejó de ser este un momento especial. En cuanto me la pusieron sobre el pecho, aún resbaladiza y tan pequeña, lloré de felicidad, el sonido más feliz que había emitido en nueve meses. Habíamos sobrevivido. Estábamos las dos en el lado correcto del río.

Me había imaginado que el periodo postparto sería una época silenciosa, tranquila y relajante para mí. Daniel tuvo dos semanas libres y yo planeaba aprovechar esas dos semanas para recuperarme y prepararme para estar en casa con tres niños pequeños. Sin embargo, en cuanto me dieron el alta a las 24 horas de nacer mi hija, me invadió una gran energía.

“Igual la depresión se curó en cuanto nació el bebé”, le comenté a Daniel mientras yo le daba el pecho a nuestra dormilona. No podía creerme lo bien que me encontraba.

Cuando mi hija cumplió 4 días, invitamos al resto de la familia para que conocieran al bebé. Había empezado a tener leche la noche anterior, mi pequeña se había quedado satisfecha y dormida y yo me sentía radiante por la mañana.

“¡Vamos al centro comercial!”, propuse mientras me dirigía a la puerta de casa con el bolso de los pañales colgado del hombro, con los pechos repletos de leche y el perineo irritado e inflamado. Daniel me miró como si tuviera dos cabezas, pero yo ya estaba lista para marcharme. Necesitaba salir.

Estuvimos más de una hora de compras. Daniel no dejó de preguntarme qué tal estaba o si necesitaba sentarme y descansar. Yo me balanceaba al caminar porque físicamente estaba muerta de dolor, pero mentalmente nunca me había sentido mejor. No quería volver a casa, quería seguir de compras.

Empecé a quedarme dormida dando el pecho. Se me cerraron los ojos y la oscuridad me absorbió.

Al final volvimos, guardamos todo lo que habíamos comprado y yo me puse a limpiar la casa. Nuestros familiares llegarían enseguida y tenía que dejar todo presentable. Mi depresión me había hecho sentirme inútil y me había avergonzado por mi falta de motivación y de energía. Pensaba que mi familia me consideraba una vaga y ahora quería demostrarles que no lo era. Se quedarían anodadados cuando vieran lo bien que me manejaba con una recién nacida y dos niñas mayores. Solo tenía que dejar la cocina reluciente.

La visita fue bien. Mi abuela llegó a comentar que no podía creerse lo bien que me veía. Yo presumí de mi preciosa familia. Todo parecía perfecto. Cuando se marcharon mis familiares, me dejé caer en el sofá. Estaba agotada. Daniel me trajo al bebé para amamantarlo y subió al piso de arriba para bañar a nuestras hijas mayores. Empecé a quedarme dormida dando el pecho. Se me cerraron los ojos y la oscuridad me absorbió. Sabía que el bebé estaba en mis brazos, pero el mundo empezó a difuminarse. Llamé a Daniel con todas las fuerzas que me quedaban y solo entonces supe que algo no iba bien.

Daniel dejó a las niñas empapadas en la cama, bajó corriendo y me encontró inconsciente. Mi cuerpo estuvo presente en esos momentos, pero no tengo ni idea de lo que ocurrió después. Sentí frío, hielo, oí voces masculinas, una mano carnosa en mi hombro. Quería utilizar mis palabras, quería decir algo, pero no era capaz.

Empecé a recuperar la consciencia en la ambulancia, con una máscara de oxígeno en la cara y una vía enorme metida en el brazo.

“Tu marido ha ido a buscar leche en polvo para el bebé y acudirá al hospital”, me dijo el paramédico.

No. Le había fallado a mi bebé. Lo había fastidiado todo. Y solo por querer demostrar que era una supermujer para que todo el mundo me viera superando la depresión. No encontré fuerzas para hablar, de modo que cerré los ojos y una lágrima me corrió por la mejilla.

Lo había fastidiado todo. Y solo por querer demostrar que era una supermujer para que todo el mundo me viera superando la depresión.

El hospital me hizo una serie de pruebas para determinar qué me pasaba. Me preguntaban una y otra vez si había consumido drogas o alcohol. Estaba avergonzada cada vez que negaba con la cabeza, con miedo de decirles que simplemente me había ido de compras hasta desmayarme.

Me administraron fluidos por la vía que tenía en el brazo porque estaba débil y deshidratada. Me visitó mi matrona, llegaron mi marido y mi bebé y le di el pecho sosteniendo su precioso y pequeño cuerpo contra el mío, magullado, vendado y hecho pedazos.

La causa más probable por la que perdí la consciencia era que estaba gravemente deshidratada y físicamente exhausta. Había llevado mi cuerpo más allá de su límite. Ahora me advirtieron de que tendría que guardar cama durante una semana como mínimo. Era hora de recuperar las energías que había gastado.

Meses después, informándome sobre la depresión postparto, me topé con el término euforia postparto, también conocido como hipomanía postparto. Se trata de un trastorno postparto menos conocido caracterizado por un aumento de la energía, impulsividad, ideas incoherentes, insomnio, irritabilidad y un habla rápida. Leí la lista de síntomas, encontré unos cuantos artículos relacionados y sentí que estaba leyendo mi propia historia. Durante meses había vivido con la culpa y la vergüenza de esos primeros días tras el parto, pero en realidad había sufrido una grave enfermedad de salud mental.

Contacté con el médico, le expliqué mis síntomas y me confirmó que, en efecto, había padecido euforia postparto. En mi caso, el desencadenante fue el nacimiento de mi hija y los síntomas duraron cuatro semanas. Mi ingreso en el hospital fue un resultado alarmante de mi euforia postparto, pero me sirvió para pararme los pies y hacerme descansar durante el tiempo que persistiera el problema.

Seguía sufriendo problemas de sueño e hiperactividad, pero al menos prestaba más atención a mi cuerpo. Por lo general, la euforia postparto dura entre 4 y 6 semanas, pero si aparecen los síntomas, conviene buscar atención médica. Existen múltiples tratamientos, pero es importante seguir en contacto con el médico para evitar que los síntomas empeoren y deriven en trastorno bipolar postparto.

Cuando mi hija tenía 14 meses, dejé los antidepresivos, pero sigo yendo a terapia regularmente para que evalúe mi salud mental. Comparto la historia de mi euforia postparto porque prácticamente nadie ha oído hablar de este trastorno.

Tuve una crisis de salud mental y pensé que estaba perfectamente, pero sufrí una urgencia médica y acabé en el hospital. Ojalá hubiera sabido que esa energía y motivación cuando mi hija solo tenía unos días no eran ninguna clase de fuerza sobrehumana, sino un problema médico importante.

La euforia postparto me pareció un triunfo tras haber sufrido depresión perinatal, pero resultó ser una versión diferente de una enfermedad que ya padecía. En un mundo en el que aplaudimos a los superhéroes, es fácil aplaudir a una mujer que acaba de dar a luz y está radiante de energía en vez de interpretarlo como un síntoma de lo que de verdad es.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.