Tuve una aventura gay con mi vecino casado y luego su mujer quiso saber de mí

Tuve una aventura gay con mi vecino casado y luego su mujer quiso saber de mí

5c90c0262a0000de004dd9cfPHOTOALTO/ALE VENTURA VIA GETTY IMAGES

Siempre me pregunté cuánto sabía ella, si es que sabía algo. ¿Por qué me hablaba ahora? No había hablado con su marido (al que llamaré Mike en adelante) en más de cinco años. Ahora vivimos cada uno en costas opuestas del país.

“Lo mínimo que puedes hacer es responder con sinceridad, teniendo en cuenta lo que has hecho”, me escribió. ¿Me estaba acusando de volver gay a su marido? ¿De romper su matrimonio?

Es posible que la escritura del correo fuera apresurada, pero su concepción se fraguó durante años. Ahora sé que el engaño puede extenderse en el tiempo y a menudo regresa para reclamar un culpable.

No le conté a nadie mi aventura con su marido. Había demasiado en juego. No tanto por mi parte, ya que yo no tenía ataduras y mi orientación sexual no era un secreto. Mike, por el contrario, era un hombre de familia con dos hijos y sé que amaba a su esposa.

Era mi vecino de al lado y no fui yo quien lo sedujo, pese a que soy veinte años mayor que él. Estoy seguro de que fui el primer hombre con el que él intimaba, mientras que yo había ido de flor en flor, como se suele decir. Nuestra aventura no surgió de repente ni fue un viaje apasionado a la luna, sino más bien un viaje en tren de largo recorrido. Empezó despacio y duró unos cinco años.

Mike no era el único hombre casado con el que intimaba, pero los demás eran rollos de una noche o amigos con derecho a roce, ávidos conspiradores.

Nuestra aventura no surgió de repente ni fue un viaje apasionado a la luna, sino más bien un viaje en tren de largo recorrido.

Mike era algo distinto.

Éramos opuestos en muchos sentidos. Yo era editor en una revista; él, carpintero. A mí me gustaban las artes; a él, los deportes. Yo derrochaba en ropa elegante y en dos cortes de pelo mensuales; él se vestía con lo que le resultara más cómodo, normalmente pantalón corto, camiseta, chancletas y un cinturón de herramientas.

Una noche que no estaban ni su mujer ni sus hijos, fuimos a ver una película sobre un meteorito gigante que se dirigía a la Tierra. Me dijo que tenía 16 años la primera vez que vio una película. La había visto en secreto porque sus padres eran cristianos evangélicos y las películas, la tele y la música pop eran para ellos herramientas del diablo.

Lo que teníamos en común era pasión por el pasado. Una noche, Mike me llevó a una estación de bomberos que iban a demoler pronto. Nos colamos dentro. Quería mostrarme lo que estaba a punto de desaparecer: un fregadero de hierro fundido y una polea para subir hielo a la ventana del segundo piso. Me explicó la ingeniosa construcción del edificio mediante el sistema de poste y viga.

Yo le enseñé en una ocasión un joyero de madera con un grabado de una familia jugando a las cartas alrededor de una mesa de cocina. Mi bisabuela la trajo de Alemania. “Es precioso”, me dijo, recorriendo la madera con los dedos cuidadosamente. “No lo vendas nunca”.

Mi piso de estilo victoriano siempre necesitaba alguna reparación. Yo no tenía ni idea de cómo instalar ventiladores de techo ni arreglar timbres. Mike sí. Una vez se pasó una semana entera restaurando con paciencia el cabecero de mi cama en mi cocina. Hizo que una madera centenaria brillara como nueva utilizando solamente papel de lija y aceite para bebés.

Fuimos amigos durante varios años antes de convertirnos en amantes.

Con su melena ondulada negra, ojos azules como el cobalto y pestañas caídas, Mike no tenía ni idea de lo atractivo que era o podía llegar a ser. Sin embargo, su falta de vanidad acentuaba su atractivo. Una vez le presté mi esmoquin cuando su esposa le insistió en que la acompañara al trabajo para un evento de corbata negra. Con un martini en la mano podría haber pasado por James Bond.

Mike se pasaba a mi casa cuando su mujer y sus hijos ya se habían ido a la cama. Veíamos partidos de béisbol, hacíamos palomitas... A veces compartíamos un porro, lo que intensificaba el placer de ver el programa Antiques Roadshow.

Mike se pasaba a mi casa cuando su mujer y sus hijos ya se habían ido a la cama. Veíamos partidos de béisbol, hacíamos palomitas...

Le dejé guardar sus sierras y herramientas en mi ático cuando me dijo que no podía permitirse alquilar un taller. Eso significó que empezamos a vernos a todas horas.

Había señales, algunas evidentes, de que tenía dudas acerca de su sexualidad. Como la vez que me dijo que se había metido en una página porno para ver cómo “lo hacían” los gais. Me confesó que en la universidad se sintió atraído por un compañero, pero no hizo nada al respecto.

Normalmente tardaba un par de cervezas en abrir sus sentimientos.

Una tarde, un abrazo en mi ático lo cambió todo.

Incluso después de que nuestra relación se volviera física, pasaron meses hasta que Mike se empezó a sentir cómodo besándome. He conocido parejas homosexuales y bisexuales que tenían relaciones abiertas. En muchos casos, pactaban que podían acostarse con quienes quisieran siempre y cuando no se besaran. El sexo puede ser una experiencia de puro tacto y placer, pero besarse es demasiado cercano y personal.

Mis noches estaban tan libres como las suyas. Yo tenía más de 50 años y había dejado atrás las discotecas y los bares nocturnos. Antes no había Grindr. Craigslist estaba en pañales. Ya no soportaba quedar con los desconocidos sin rostro de los anuncios de los periódicos.

No conocía muy bien a la esposa de Mike, pese a que éramos vecinos. No le gustaba mucho relacionarse. Los libros, los gatos y la jardinería eran sus aficiones.

“¿Y si se entera de lo nuestro?”, le pregunté a Mike.

Ya me habían sido infieles en varias relaciones, de modo que conocía la sensación.

“Yo no me preocuparía por eso. No es una persona conflictiva”, respondió. “La otra noche me dijo me dijo que estaba cansada y me sugirió que me fuera a pasar el rato con mi amiguito”.

“¿Qué quiso decir con eso?”, le pregunté.

“No estoy seguro”, respondió.

Yo sí que lo estaba, o eso pensaba. Supuse que, en cierto sentido, a ella le parecía bien esta política de ser buenos vecinos. Eso me ayudó a limpiar mi conciencia.

Además, no tenía intención de robarle el marido, pese a que el matrimonio homosexual era legal en nuestro estado desde 2004.

Incluso después de que nuestra relación se volviera física, pasaron meses hasta que Mike se empezó a sentir cómodo besándome.

Antes no he sido del todo sincero al decir que no le conté nunca a nadie lo mío con Mike. Mi vecina de abajo, de la que me había hecho muy amigo con el paso de los años, lo descubrió. Podía oír los pasos de Mike entrando y saliendo de mi portal y los chirridos del somier. “Mike es una buena persona”, me dijo. “Tú le estás ayudando a convertirse en su verdadera identidad. No deberías sentir ninguna culpa”.

No tengo hijos y nunca he querido. Sin embargo, era un placer estar con los hijos de Mike. Yo trabajaba desde casa, de modo que me resultaba sencillo cuidar de ellos durante las vacaciones que tenían durante el curso o en verano. Los llevaba a natación, a la bolera y al minigolf y ellos me presentaron a Bob Esponja.

Mike siempre tenía problemas para llegar a fin de mes, pero la falta de dinero no le resultaba un problema cuando se trataba de sus hijos, porque les daba todo lo que el dinero no puede comprar: su tiempo y su atención. Una vez pasó el día con ellos recorriendo las distintas líneas de metro. Les consiguió abonos para un museo de ciencias. Les enseñó a patinar y a jugar a hockey. Yo les acompañaba a hacer senderismo los fines de semana. Llevaba a mi perro y mi comida. Su mujer nunca quiso acompañarnos.

Les hice un préstamo a Mike y a su mujer para que pudieran pagar la entrada de su hipoteca. Me sentí bien haciendo algo bueno por su familia. Su mujer elaboró un plan de pagos y lo cumplió. Mike convirtió el sótano de su nueva casa en un taller. Pese a vivir en otro barrio, seguía visitándome.

No sabría decir la fecha exacta en la que todo empezó a desmoronarse. Lo único que sé es que ya no hubo más visitas nocturnas, viajes a Home Depot ni esos deliciosos masajes de pies que me daba sin que se lo pidiera. Mike desapareció sin decir adiós. Mis llamadas de teléfono no recibían respuesta. Me bloqueó en Facebook. Nunca llegamos a discutir, de modo que no desapareció por una rabieta.

Mike desapareció sin decir adiós. Mis llamadas de teléfono no recibían respuesta. Me bloqueó en Facebook. Nunca llegamos a discutir.

Desesperado por recibir una respuesta, valiente e ingenuamente, llamé a su mujer. ”¿Qué le pasa a Mike?”, pregunté.

“No tengo ni idea”, respondió. “Nunca habla de ti”.

Nuestro tren había llegado a la última estación.

Tuve que reflexionar con honestidad sobre mí mismo. Necesitaba un novio de verdad, alguien con quien pudiera ir al cine. O a un restaurante. O alguien a quien no tuviera que quedarme esperando los sábados por la noche para que al final no se presentara. Alguien del que pudiera hablarles a mis amigos y compañeros de trabajo.

Alguien que estuviera disponible.

Y entonces, una tarde, cuatro años más tarde, vi a Mike. Estaba paseando a mi perro, atajando por un campo de béisbol que limitaba con una zona boscosa. Estaba lanzando pelotas de sóftbol a la base del bateador, donde estaban sus hijos. Al verme, vino trotando hacia mí y se quitó la gorra de los Boston Red Sox. “Me están saliendo unas pocas canas”, me dijo. Yo no respondí.

“Lo siento”, dijo mientras me daba la mano. “De verdad que lo siento”.

“¡Vamos, papá!”, exclamaron sus hijos, tras lo que Mike volvió trotando al montículo de lanzamiento.

Ahí tenía mi explicación. Sus hijos estaban creciendo y ya eran suficientemente mayores para hacer preguntas y atar cabos.

Debería haber anticipado esa situación. Durante los años 90, vivía en el Sur Profundo de Estados Unidos. La sala de vapor y la sauna de mi club local servían como una especie de grupo social para hombres homosexuales (algunos de ellos con esposa e hijos).

A veces les preguntaba a estos hombres por qué se habían casado. “Quería formar una familia y tener hijos” era la respuesta habitual. En una ocasión le pregunté a un padre muy sacrificado por qué se había quedado en el sur pudiendo haberse mudado a un estado más progresista y me dijo: “No podría vivir a más de unos pocos kilómetros de mi mamá y mi papá”.

Conocí a un promotor gay en los 80 cuando vivía en San Francisco. Una noche organizó una gran cena para su círculo de amigos gais en un Trader Vic’s. Durante el cóctel de bienvenida, anunció que se había comprometido con una mujer divorciada con dos hijas. “Ahora voy tener familia”, nos dijo a los que estábamos en la mesa. “Ya no podré seguir viéndoos a ninguno”.

No respondí al correo furioso de la esposa de Mike. Consideré que era responsabilidad de Mike, ya que había sido él quien le había confesado su orientación sexual y le había hablado de lo nuestro. Él sabía tan bien como yo cuánto tiempo habíamos tenido una aventura.

Sin embargo, necesitaba saber qué estaba pasando, así que le mandé un mensaje. No habíamos hablado desde el día del campo de béisbol.

Me dijo que se había unido a un grupo de apoyo para hombres bisexuales. Allí había conocido a un hombre que le resultaba atractivo y que le pidió salir.

“Estamos pasando por un divorcio desagradable”, respondió por mensaje de texto. “Al final decidí ser honesto conmigo mismo. Necesitaba ser quien de verdad soy. Le conté lo nuestro. Ella te culpa de todo. Quiso saber con cuántos hombres había estado ya. Le dije que solo contigo, que es la verdad. Cada vez que paso por tu casa, pienso en ti”, escribió. “Te he echado de menos”.

“Yo también te he echado de menos”, respondí.

“¿Lo saben tus hijos?”, pregunté. Ahora ya serían jóvenes.

“Se lo dije y lo aceptaron”.

“Has sido un gran padre para ellos”, le dije.

“Con eso has conseguido hacerme llorar”, contestó.

Mike me contó que estaba yendo a terapia. Me dijo que se había unido a un grupo de apoyo para hombres bisexuales. Allí había conocido a un hombre que le resultaba atractivo y que le pidió salir.

Sentí una punzada de tristeza, pero no se lo dije, sino que le deseé lo mejor en su nueva vida, y de verdad lo sentí así.

Yo también tenía una nueva vida. Había vendido mi casa y me había mudado al desierto de California, donde no conocía a nadie. Unas semanas después de comprarme un apartamento pequeño, fui a una tienda de pintura para ver qué colores tenían. Me atendió un vendedor más joven que yo. Tendría cuarentaipocos años.

Tenía un anillo de oro en el dedo anular.

Salió a buscarme al aparcamiento cuando ya me iba hacia mi coche. Me dio un pequeño papel amarillo en el que había escrito con prisas su móvil. “Si necesitas cualquier cosa, me llamas”, me dijo. “Cualquier cosa, literalmente”.

“Estás casado”, dije. Él se encogió de hombros.

Las noches pueden ser muy solitarias y su invitación era muy tentadora.

Saqué el papel del bolsillo, hice una bola con él y lo tiré a la papelera más cercana.

John Stark es periodista y editor. Ha trabajado en San Francisco Examiner, San Francisco Chronicle, People, Cooking Light magazine, Martha Stewart’s Body + Soul, Cooks Illustrated y Walking magazine. Sus textos han aparecido en esas publicaciones, además de en The New York Times, Newsday, AARP magazine y en The Boston Globe. Tiene un máster en periodismo por la Universidad de Boston. Puedes saber más de él en JohnRStark.net.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.