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16/08/2019 07:13 CEST | Actualizado 16/08/2019 15:49 CEST

Un brazo roto (escrito con un dedo —y un ratón—)

"Si no se me da bien lo de fingir ser un hombre ni se me da bien lo de ser joven, acaso podría empezar a fingir que soy una mujer mayor".

Este artículo también está disponible en catalán.

Romperse el brazo. De la manera más tonta. Como se rompen los huesos las personas mayores; las ancianas, las viejas. Una mínima protuberancia, un saliente en el suelo y allí que te desplomas sin remisión, te derrumbas indefectiblemente e inexorablemente a plomo; un peso muerto. Una ley en general tan útil como la de la gravedad deviene cada vez más grave —exponencialmente más grave— a medida que pasan los años. Un niño, una adolescente, una persona joven, se habría levantado tan campante. Qué digo, ¡no habría ni caído!, máximo habría trastabillado levemente

Si estás en el Pirineo, llega la hora de deambular por ambulatorios y villas.

En Sort, capital de la comarca del Pallars Sobirà, 2.164 habitantes en invierno (no quiero ni imaginarme cuánta gente reúne en verano sin contar los alrededores), no hacen radiografías. En la Pobla de Segur, segundo municipio de la comarca del Pallars Jussà, 2.939 habitantes en invierno (no quiero ni imaginarme la gente que...), tampoco. En Tremp, sí. En el hospital comarcal. Es decir, a unos cincuenta kilómetros de la caída.

La sanidad, como la educación, como tantas cosas, casi todas las importantes, funciona a pesar de la política, a pesar de quien presuntamente las planifica. Comarcas vaciadas a paletadas, a conciencia. Abandonadas a su suerte.

Una vez escayolado el brazo, la vida continúa y si irse haciendo mayor implica estar sometida a otra ley implacable, la de la lentitud, romperse un brazo la acelera hasta límites insospechados. Un buen correctivo para la prepotencia; un toque de atención respecto a la necesaria e inesquivable dependencia e interdependencia humanas. Una afrenta exasperante a la paciencia. Anuncia los días que vendrán. Hijas que se convierten en madres de sus madres; que les cortan las uñas, que les lavan la cabeza.

La sanidad, como la educación, funciona a pesar de la política, a pesar de quien presuntamente las planifica. Comarcas vaciadas a paletadas, a conciencia. Abandonadas a su suerte.

Siempre nos quedará la literatura. La literatura, este milagro y ese bálsamo; sin metáfora puede afirmarse que es una de las fuentes de conocimiento más precisas y exactas que hay.

Sentada en la sala de espera del hospital (antes o después de que el brazo fuera escayolado, que no lo recuerdo y tanto da), reí a carcajadas con un agudo comentario de la muy perversa e inteligente Margaret Atwood sobre alguna miseria de la vejez en Nueve cuentos malvados

No es extraño, a Atwood —que nació en 1939— siempre le ha preocupado el cuerpo; sería inexplicable, por tanto, que a su edad y en esta recopilación de 2014 no se ocupara de la enfermedad, la degradación, la muerte y, sobre todo, la vejez, además de sus temas habituales: el deseo, la literatura, el éxito, la condición humana... Como siempre a través de la lucidez que le otorga el feminismo, un sentido del humor contagioso y un don de la anticipación desbordante, no sólo en los tres primeros cuentos bien trabados y encadenados ( «Alphinlandia», «el Aparecida» y «La dama oscura») sino a lo largo de todo el libro.

No está sola. Porque mira si las escritoras saben hablar de la vejez y del cuerpo que se encoge rebosante de trastornos y de dolores. Sabias, se alejan de la perniciosa autoayuda y dicen con magistral gracia verdades como manos abiertas.

Tenemos obras clásicas y monumentales como el ensayo La vejez de Simone de Beauvoir (1908-1986). De la gran Diana Athill (1917-2019 —nos había hecho creer que nunca moriría—), tenemos al menos dos de sus volúmenes autobiográficos, Stet. Vale lo tachado, escrito a los ochenta y tres años, y especialmente y sobre todo Antes de que esto se termine. Confesiones de una mujer que ha vivido intensamente, escrito a los noventa y uno. Me viene a la cabeza la extraordinaria novela, por subversiva e inesperada, espejo de viejas indignas, Toda pasión apagada de Vita Sackville-West (1892-1962), o las profundas e iluminadoras reflexiones de Vivian Gornick (1935) en, por ejemplo, La mujer singular y la ciudad.

En el penúltimo libro de Ursula K. Le Guin (1929-2018), en Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura y la imaginación, hallamos un sinfín de fragmentos que hablan de la vejez; por ejemplo:

Si no se me da bien lo de fingir ser un hombre ni se me da bien lo de ser joven, acaso podría empezar a fingir que soy una mujer mayor. No estoy segura de que ya se hayan inventado las mujeres mayores, pero merece la pena intentarlo.

¡Cuánta razón tiene! También en este aspecto faltan o se silencian modelos; y los tópicos corroen. O este otro trozo lejos, muy lejos, de las prescripciones de la autoayuda.

Por supuesto, hoy en día se supone que las doradas ancianitas deben saltar de cama en cama como saltan vallas de cinco barras los caballos, hala, hala, hala, pero buena parte de este asunto sobre el sexo parece ser una cuestión puramente teórica, como la directora de General Motors o la presidenta de Harward. La teoría se ha inventado sobre todo para tranquilizar a la gente de cuarenta y pico —es decir, a los hombres— que se preocupa.

Margaret Drabble, que nació como Atwoood en 1939, en Llega la negra crecida, novela que básicamente se dedica a analizar la vejez afirma:

No, no tienen nada de heroico ni la vivienda ni las políticas de urbanismo, temas que actualmente ocupan su vida profesional, pero la propia vejez sí es un tema para el heroísmo. Requiere mucho valor.

Y como la entrevera de relaciones familiares, especialmente con hija e hijo, aclara también.

Su madre todavía sabe reírse. Halla placeres en la vida, su madre, a pesar de que Hamish ha muerto y ella es mayor. Poppet admira ese don, esa bendición.

Termino con una sonrisa, con poesía. Con una breve composición de Les banyes del croissant, el último libro de la mallorquina Antonina Canyelles (Palma, 1942). No creo que necesite traducción.

Ja no tenim rodes,

ni manillar ni timbre.

I pensar que un dia fórem

alegres bicicletes.

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