Un finde teatral

El total de rebrotes asociados a actividades culturales en Madrid ha sido de cero patatero.
<i>Lehman trilogy.</i>
Lehman trilogy.

A ver, ¿qué hacemos este fin de semana? Si te quieres sentir seguro, puedes hacer dos cosas: quedarte en tu casa viendo en Netflix o Movistar la enésima serie que va a cambiar la narrativa contemporánea para quedarse en agua de borrajas o ir al teatro. Y no te preocupes, que el total de rebrotes asociados a actividades culturales en Madrid ha sido de: cero, cero patatero.

Encontramos en la cartelera actual muchas interesantes obras para públicos distintos. De todas estas voy a destacar tres (y se me escapan muchas magníficas, como la Traición de Pinter en Kamikaze). Por un lado, tenemos una performance (La gaviota de Chéjov en el teatro de la Abadía), por el otro, un espectáculo músico-farsesco (Lehman trilogy en los teatros del Canal) y, finalmente, un gran clásico (El vergonzoso en palacio de Tirso de Molina en el teatro de la Comedia).

La historia del capitalismo especulativo cantada, what´s not to love?

La divertida Lehman trilogy es una de esas obras que uno tiene que ver aunque sea por la insistencia de su presencia en cartelera. Se trata de un éxito internacional, comparable perfectamente al Arte de Yasmina Reza. La adaptación española corre a cargo de Sergio Peris Mencheta, quien adapta al gusto español algunos números. No se trata, en sí, de una comedia musical sino, más bien, de una farsa con múltiples elementos musicales. El texto cuenta la historia de 3 generaciones de la familia Lehman desde su ascenso hasta su caída. Desde que Henry Lehman, hijo mayor de un comerciante judío de ganado, sale de Baviera en 1844 y llega a EEUU en busca del sueño americano y una vida mejor, hasta la caída de Lehman Brothers, unos de los mayores bancos de inversión en 2008, que desencadenó la peor crisis financiera en el mundo de la que aún sufrimos sus consecuencias. Es obvia la intencionalidad crítica de la obra. No es una crítica al sistema capitalista especulativo “moderno”, sino un retrato ácido de una familia concreta dentro del mismo. Quizá el único personaje principal de toda la familia Lehman que puede ser construido en términos alegóricos y satíricos es el último de los hermanos, Henry, magníficamente interpretado por Darío Paso. La realización escénica está muy bien trabajada: un aparato muy versátil en forma de arco del que se separan tres espacios de actuación donde aparecen columpios, sogas, e instrumentos musicales. El aparato escenográfico está complementado con un torno móvil circular en el que los personajes pasean mientras gira una rueda. Los seis actores están estupendos: Víctor Clavijo, Pepe Lorente, Darío Paso, Aitor Beltrán, Leo Rivera, Litus. Cantan, bailan, y hacen espectáculos en homenaje a lo circense. Es una obra muy rodada en la que todos los actores controlan perfectamente entradas, salidas, cruces, y situaciones escénicas diversas. En breve, una obra muy interesante, con un texto divertido sin ser hiriente (para lo que podía haber sido), y muy bien trabajado técnicamente. Recomendable, muy recomendable. Para una crítica completa, véase teatrero.com.

<i>La gaviota.</i>
La gaviota.

Una gaviota performativa

La gaviota viene avalada por la dirección de Álex Rigola, Uno de los directores de escena más interesantes del país. Rigola había anteriormente triunfado con el Tío Vania haciendo un teatro íntimo, con poca escenografía y con un trabajo actual muy destacable Y hace un par de temporadas nos deleitó con la mejor versión de El público de Lorca que recuerdo. Tanto en aquel Vania como en este se fundamentan y utilizan juegos de auto ficción en los que los actores se presentan en paralelo a sus personajes. El elenco no puede ser más atractivos: tres actrices (Mónica López, Irene Escolar y Roser Vilajosana), un actor (Xavi Sáez), un actor-dramaturgo-director (Nao Albet) y un autor-director (Pau Miró). Es decir, se trata de actores de raza y, además, conocidos por el gran público. El espacio escénico es prácticamente inexistente. Se utilizan solamente dos elementos: un cuadrado pintado en el suelo y un cordón del que caerán un papel y una pistola. La obra se presenta como una performance, aunque utiliza como esqueleto referencias al texto original con el que se trazan múltiples paralelos (es una de esas obras que es una creación a partir de La gaviota, y no La gaviota en sí misma). Encontramos las inevitables grabaciones en directo con proyecciones al fondo, y una simple mesita la que los personajes juegan al domino. Personalmente, no me acabo de convencer: he visto bastantes cosas de Rigola, en su mayoría magníficas, y en esta me dio la impresión de ser un ejercicio inacabado. De cualquiera de las maneras el trabajo actoral supone un gran aliciente para ir a verla.

<i>El vergonzoso en palacio.</i>
El vergonzoso en palacio.

Un gran clásico femenino y divertido

Finalmente, El vergonzoso en palacio, una de las obras que tiene mayor historia escénica de nuestro autor (lo que no es de extrañar). Se trata de una obra comedia ágil, divertida, inteligente y, por utilizar un término barroco, “discreta”. La directora es Natalia Menéndez, inteligente, versátil, y con mucho oficio. No es, ni mucho menos, una neófita, recordemos que dirigió el Festival de Almagro hace unos años. La obra tiene un tempo muy interesante, rápido y ágil en el que no hay momentos en silencio ni espacios vacíos. El trabajo pastoral es muy, pero que muy, destacable. Las actrices, todas, están fantásticas. Podemos destacar la gracia y desparpajo de Lara Grube como Serafina, la sutileza de Anna Moliner en el personaje de Madalena y las siempre divertida Maria Besant como doña Juana. Tirso hace unas mujeres cómicas divertidísimas, audaces, que llevan la mayor parte de la acción dramática en lo que en el Siglo de Oro se denominaba la dama donaire. Es uno de los maestros del género, junto a Pedro Calderón y Moreto. Los actores no desmerecen aunque, personalmente, me quedé con ganas de ver más a los dos lacayos que están francamente divertidos (Alejandro Saá, César Camino). Los galanes, siempre el registro cómico, son más que correctos (Javier Carramiñana, Carlos Lorenzo). No aprecié los típicos signos de una obra de estreno, falta de rodaje, algún trastabille ocasional… La escenografía es uno de los grandes aportes de la obra.

Consta de dos cuerpos: un fondo de cristal que se utiliza para elementos de videoescena que puede ser tanto de escena exterior (reflejos de una fiesta), como interna y psicológica (parlamentos amorosos con imágenes de la figura amada de fondo). La pantalla de cristal se complementa con unos vestidores laterales de dos pisos con un torno por el que entran y salen los personajes. Estos sirven tanto para desarrollar acciones de enredo como para desarrollar los parlamentos en ventana. No obstante, sin lugar a dudas, lo que más llama la atención es una figura central con la forma de unas montañas con dos secciones que permiten su posicionamiento en distintos espacios escénicos: una montaña, un jardín, un salón, o, si se torna por completo, una estancia cortesana. El reverso de la escena nos muestra un diván en el que ocurre una de las escenas más divertidas de la obra: cuando doña Madalena se fije dormida para declararle al vergonzoso su amor. La dirección ha querido enfatizar algunos elementos concretos. Comandado por los graznidos de María Besant (Doña Juana), los personajes, a veces responden con los sonidos de otros pájaros. De hecho, las transiciones escénicas están marcada por la aparición de personajes disfrazados de seres agrestes, casi hombres verdes renacentistas y de personajes del carnaval. Ambos aspectos dotan a la obra de un carácter folclórico y divertido. Los bailes son paródicos y se presentan en contra del excelso discurso de los personajes. En resumen, una obra por todo lo alto y con uno de los autores que les corresponde: el gran Tirso de Molina. Para una crítica completa, véase teatrero.com.

En definitiva, querido lector y aficionado teatral, ve al teatro, no te va a pasar nada. Desde la pandemia, desde que se abrieran los teatros con aquel precioso Renacimiento de La tristura he ido 10 o 15 veces y ni estoy malo ni espero estarlo. Ninguno del resto de críticos teatrales que conozco lo está.

Por cierto, las mascarillas no molestan y favorecen estar callado, observando, aprendiendo y, además, sentirte en comunidad: un ejercicio que quizás deberíamos aplicarnos todos durante estos terribles meses más a menudo.

Este post es uno de los resultados del proyecto de investigación CARTEMAD del Instituto del Teatro de Madrid.