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16/04/2020 07:04 CEST | Actualizado 16/04/2020 07:04 CEST

Un mínimo común de entendimiento

Esta crisis ha demostrado que el modelo de Estado autonómico nos ha permitido colaborar y cooperar en el objetivo común de derrotar al COVID-19.

Efe
Vecinos del barrio donostiarra de Amara aplauden, como cada día de confinamiento, para agradecer la labor del personal sanitario.

La pandemia por contagio masivo de COVID-19 que estamos padeciendo en España y en otros muchos países en el mundo, nos está llevando a vivir de una manera que no esperábamos. Una situación que jamás pudimos imaginar y que nadie hubiera querido vivir nunca, y con la que, todavía, tendremos que convivir diariamente durante algún tiempo. Es una prueba de enorme dureza, pero tenemos que afrontarla  pensando en que saldremos de ella fortalecidos, tanto en lo colectivo, como sociedad, como individualmente, siendo conscientes de que, en esta batalla, la inmensa mayoría estuvo a la altura de este desafío. Es cierto que la dimensión alcanzada por la pandemia -a pesar de las señales de esperanza que empezamos a ver, también en nuestro país- nos golpea con la escalada de cifras en todo el planeta. 

La profundidad y el alcance de sus consecuencias, que se vislumbran cada vez más importantes, han supuesto un acicate para que muchas personas nos hayan ofrecido análisis muy sugerentes y algunas conclusiones verdaderamente preocupantes. El conjunto de esas reflexiones oscila entre quienes creen que nada volverá a ser igual y quienes, por las mismas o parecidas razones, creen que todo seguirá siendo lo mismo. No es mi propósito inclinar la balanza de uno u otro lado. Tiempo tendremos para avanzar en este tipo de consideraciones. 

Para mí, esta experiencia ha puesto de manifiesto, una vez más, la necesidad de alcanzar un mínimo común de entendimiento entre todas las instituciones para lograr una respuesta eficaz a los enormes retos a los que estamos haciendo frente en este momento. Retos que, con seguridad, se extenderán en un futuro inmediato y a los que debemos hacer frente con la misma energía con que combatimos al virus. 

Hay muchas lecciones que extraer en ese escenario. Algunas, a nivel internacional, tienen que ver con la necesidad de seguir avanzando en el terreno de la educación y la ciencia, impulsando la cooperación para poner el conocimiento global al servicio de toda la humanidad. Respuestas globales antes desafíos globales que no conocen de fronteras.

Esta crisis ha demostrado que el modelo de Estado autonómico, lejos de generar las disfunciones que algunos auguraban, nos ha permitido colaborar y cooperar en el objetivo común de derrotar al COVID-19.

Pero, en el ámbito de nuestro país, también vamos a extraer valiosas lecciones. Una de ellas, que es necesaria más y mejor cooperación entre todas las instituciones del Estado autonómico para reforzar los lazos que nos unen, para servir mejor a las necesidades compartidas de nuestra ciudadanía y, sobre todo, para reconstruir la confianza que nos da horizontes de esperanzas colectivas, esperanzas de país.

Para este propósito, sea cual sea su naturaleza y su alcance, es necesario alcanzar un mínimo común de entendimiento, un objetivo de legislatura que he manifestado y compartido con sus señorías en el Congreso de los Diputados, desde el mismo día en que asumí la responsabilidad ministerial que ostento y al que he hecho referencia en múltiples ocasiones.

Desde que John Rawls publicó su Teoría de la Justicia (1971), haciendo de este libro un clásico del pensamiento político, la idea de un consenso que asegure la continuidad de la estructura básica de la sociedad y que, a la vez, permita desarrollar procesos de mejora continua, ha formado parte del debate democrático. El término que Rawls utilizó para denominar esta idea fue “consenso entrecruzado”. Desde el mismo momento de su formulación, este concepto marcó el debate público, al situar -como objetivo por excelencia de la política- la necesidad no sólo de lograr ese consenso básico, sino de conseguir que el mismo desarrollase todas sus capacidades para impregnar la acción de todas las instituciones públicas.

Desgraciadamente, a partir de la década de los noventa la búsqueda del consenso dejó de ocupar el centro del debate público y ocupó su lugar la idea contraria: que estamos en una batalla cultural permanente que nos obligaba a confiar ciegamente en nuestras propias razones y desatender, cuando no distorsionar, cualquier otra razón. Con este cambio de marco entramos de lleno en eso que Machado llamaba, con acierto, los malos tiempos: esos en los que la búsqueda del consenso es, ante todo, un signo de debilidad.

Tengo la certeza de que la pandemia provocada por el COVID-19 y la necesidad de responder de una forma unitaria e integrada vuelven a situar en el primer plano de la actualidad la búsqueda de un mínimo común de entendimiento que facilite la cooperación entre todas las administraciones, así como la respuesta articulada y conjunta de nuestro sistema democrático institucional.

Primero salvar vidas y afrontar la crisis sanitaria; y después, cuando hayamos derrotado al virus, iniciar la reconstrucción sin dejar a nadie atrás.

En este contexto, es preciso poner de relieve la capacidad de nuestro Estado autonómico ante este desafío, con la necesidad de que, cuando superemos esta situación, hagamos un detenido análisis compartido sobre cómo perfeccionar los resortes de nuestro modelo autonómico.

En este sentido, la coordinación entre todas las administraciones ha sido un objetivo prioritario, y se han establecido cauces de contacto permanente que han facilitado una comunicación fluida y constante al máximo nivel. El mejor ejemplo lo ofrecen las  videoconferencias semanales del presidente del Gobierno con las presidentas y presidentes de todas las comunidades y ciudades autónomas. De hecho, tal y como anunció en su discurso de investidura, esta herramienta se ha convertido en una de las piedras angulares de la respuesta institucional a esta terrible pandemia. 

Las otras claves de bóveda han sido el imprescindible apoyo en la comunidad científica y una acción coordinada de todos los departamentos ministeriales, orientados a dar respuesta en cada uno de sus ámbitos de actuación en lo sanitario, en lo social, en lo económico, en la logística necesaria que posibilite las demás actuaciones, así como una acción exterior orientada a facilitar una respuesta adecuada de las instituciones europeas. 

Esta crisis ha demostrado que el modelo de Estado autonómico, lejos de generar las disfunciones que algunos auguraban, nos ha permitido colaborar y cooperar en el objetivo común de derrotar al COVID-19, acción coordinada en la que también es preciso resaltar la labor de los ayuntamientos en primera línea contra este virus. No en vano, esta pandemia está obligando a todos los poderes públicos a desarrollar todas nuestras capacidades para atender a las necesidades de la ciudadanía y ponerlas al servicio de un fin compartido: ganar al virus y salvar vidas.

La pandemia nos está enseñando a ser más conscientes de que los lazos que nos unen son sólidos y frágiles al mismo tiempo. Que es necesario cuidarlos, reforzarlos, y cultivarlos, como los afectos. Lazos familiares, de amistad y de proximidad que, de repente, se nos revelan imprescindibles para garantizar nuestro bienestar. Esta dolorosa batalla nos ha hecho más conscientes de la necesidad de hablarnos, de comunicarnos, de abrazarnos, de cuidar los unos de los otros.

La ciudadanía nos exige que hagamos todos los esfuerzos necesarios para avanzar en la construcción de un mínimo común de entendimiento.

Pero también nos interpela a la hora de fortalecer los lazos institucionales. Los que hemos ido tejiendo en esta travesía democrática y que vamos mejorando y perfeccionando entre todos. Son vínculos que hoy nos unen en un anhelo compartido: primero salvar vidas y afrontar la crisis sanitaria; y después, cuando hayamos derrotado al virus, iniciar la reconstrucción sin dejar a nadie atrás.

Precisamente por eso, porque la pandemia nos ha hecho más conscientes del estrecho vínculo que une nuestras vidas, la ciudadanía nos exige que hagamos todos los esfuerzos necesarios para avanzar en la construcción de un mínimo común de entendimiento. Un marco que nos permita superar la situación actual y crear las bases para una recuperación rápida que minimice el impacto de esta crisis sobre la vida de las personas. 

Encontremos, como decía Zygmunt Bauman, el camino para lograr una forma civilizada de vida en común, extendiendo el bienestar y la seguridad en nuestra salud a toda la ciudadanía. Ese es el reto. Esa es la tarea, a la que todos y todas estamos convocados. 

La ciudadanía ha abierto el camino con sacrificio ejemplar y entrega solidaria en este tiempo tan difícil. Seamos ahora las instituciones democráticas las que nos encarguemos de transitarlo para que la reconstrucción llegue a todas las personas. 

 

Carolina Darias San Sebastián es ministra de Política Territorial y Función Pública.

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