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18/06/2019 07:27 CEST | Actualizado 18/06/2019 07:27 CEST

Un test de ADN desveló que mi padre no es mi padre, y me alegro

Escupir en un tubo me ha dado uno de los mejores regalos de mi vida: mi verdad.

B.K. Jackson

Cuando el correo que llevaba seis semanas esperando me llegó a la bandeja de entrada, me quedé de piedra. ¿De verdad quería conocer los resultados del test de ADN de mi padre?

Claro, ¿por qué no iba a querer? Sin embargo, dudé antes de abrir el correo. Tuve que respirar hondo varias veces y decirme que estaba siendo demasiado dramática. O eso pensaba hasta que abrí los resultados y descubrí que el hombre que me había criado, un hombre que era todo lo que podría desear en un padre, no compartía ADN conmigo.

La noticia me sacudió como una descarga eléctrica. Antes de que me diera tiempo a recuperar el aliento, ya me había dado cuenta de que todo acababa de cambiar. Mi ascendencia, el historial médico de mi familia e incluso mi partida de nacimiento eran falsos. La mayoría de mis familiares habían dejado de serlo. Mi identidad se derrumbó como un castillo de naipes solo porque mi padre y yo habíamos escupido en un par de tubitos.

Sin embargo, cuando se asentó el polvo y salí de entre los escombros, me di cuenta de que estaba emocionada.

Aunque los resultados de este test de ADN, al que yo me había sometido un año antes, fueron sorprendentes, no encendieron ninguna alarma en mí. Sabía que los antepasados de mi madre eran británicos y que mi padre era estadounidense de primera generación, hijo de judíos rusos. También era consciente de que los resultados de las pruebas étnicas son muy generales y muestran patrones migratorios que se remontan siglos atrás. Así pues, cuando mi test desveló que mis antepasados eran mayoritariamente ingleses e italianos, lo interpreté como prueba de que la rama paterna de mi árbol genealógico era de íberos y, por tanto, judíos sefardíes, tal y como pensaban algunos familiares.

Todo acababa de cambiar. Mi ascendencia, el historial médico de mi familia e incluso mi partida de nacimiento eran falsos.

Aunque siempre me había sentido un poco intrusa en mi familia, en ningún momento se me pasó por la mente que realmente lo fuera. Achacaba a la ansiedad, a la imaginación o al deseo de tener una genética más interesante mi impresión de haber sido intercambiada al nacer o engendrada por otras personas.

Que nadie me malinterprete: me tocó la lotería con mi padre. Lo adoraba. Era divertido y bromista, el padre que todos mis amigos deseaban tener. Su amor era generoso e inagotable y me lo consagraba a mí y a mi hermano. El orgullo que sentía por mí parecía el andamiaje de su vida, aunque se adjudicara el mérito comentando cada vez que podía: “Está todo en los genes”.

Pese a que no había ningún motivo lógico para creerlo (y muchos motivos lógicos para no creerlo), me crie con la seguridad de que no tenía ni idea de quién era, de que mi historia no era correcta, de que de algún modo era un fraude. La identidad que me dieron era como un calzado dos tallas pequeño. Mi nombre, que le habría encajado mejor a una rusa anciana con la cabeza cubierta con una babushka que a una niña pequeña, no me pegaba; el propio sonido me irritaba. A todas mis muñecas las llamaba Kathy, el nombre que consideraba que debería haber tenido yo.

Cuando era un bebé, mi madre nos abandonó a mí y a mi hermano, que fue el fruto de una aventura que había tenido con un hombre casado dos años antes de conocer a mi padre. Mi madre era la hija atormentada e inquieta de una mujer mentalmente enferma y un hombre alcohólico, y llevaba en la calle desde los 16 años. Mi padre la amaba y ella lo amaba a él, pero la afición de mi madre por las apuestas y las carreras de caballos fue más persuasiva. Tras su marcha, mi padre adoptó a su hijo y nos crio como si fuéramos suyos.

Cuando ya era adulta, después de varias décadas buscando, encontré el rastro de mi madre al toparme con su obituario.

Me resultaba sencillo explicar por qué parecía no encajar. Si tenía poco en común con mis familiares, me convencía a mí misma de que se debía a que había salido a la madre a la que no había conocido, la misma a la que buscaba y ansiaba conocer. Cuando la sensación de estar rodeada de extraños se cernía sobre mí, solo tenía que mirarme en el espejo y fijarme en mi indomable pelo rizado, un rasgo que compartía con mi padre, o en las rodillas pegadas, que seguramente era una variante de un defecto de nacimiento que llamábamos “la rodilla de la familia”, y así me convencía de que era imposible que fuera adoptada.

Cuando ya era adulta, después de varias décadas buscando, encontré el rastro de mi madre al toparme con su obituario. Me reuní (me uní, más bien) con seis medio hermanos que aparecían en el texto como sus sucesores, hijos de un matrimonio entre mi madre y otro aficionado a las carreras de caballos, y nos acogieron a mi hermano mayor y a mí con cariño y entusiasmo. Encontrarlos me proporcionó una sensación de pertenencia que nunca había experimentado.

En las reuniones familiares, cuando hablábamos de los secretos y las mentiras que nos habían mantenido separados, una de mis cuñadas especulaba a menudo que quizás alguno nosotros tenía un padre distinto. Era cierto que no nos parecíamos mucho entre nosotros, y como lo repetía tan a menudo, no pude sacarme la idea de la cabeza.

No pensaba de verdad que mi padre quizás no fuera mi padre, pero volví a revivir los escenarios que había creado en mi mente cuando era joven sobre haber sido concebida por otra persona y le pedí a mi padre de 90 años que se hiciera un test de ADN “por diversión”. Pese a los presentimientos, me sentí torpedeada cuando el ADN de mi padre resultó ser un 97% judío de Europa del Este y que no compartíamos genes.

Estoy segura de que mi padre nunca supo que yo no era su hija.

Solo tuve que leer los nombres no británicos de la gente que compartía mi ADN (sicilianos como Giuseppe, Giovanna, Catarina y Domenica, católicos según su certificado de bautismo) para darme cuenta de que yo no descendía de los judíos sefardíes.

Una vez que mi corazón recuperó un ritmo normal, telefoneé a la empresa que había hecho el test. Con voz temblorosa, pregunté si era posible que se hubieran equivocado, pero sabía, en el fondo, que no había ningún error.

Al ver que estaba destrozada, la mujer del otro lado del teléfono confirmó que los resultados eran correctos, dando a entender con el tono de su voz que lamentaba mi pérdida. Sin embargo, no interpretó bien la naturaleza de esa pérdida. No había perdido a mi padre. Eso jamás podría ocurrir. Esa mujer tampoco tenía forma de saber lo mucho que acabaría ganando.

Mientras miraba los resultados del test de ADN de mi padre, parpadeando incrédula, una multitud de sentimientos afloraron al mismo tiempo: confusión, furia, incredulidad y la sensación de haber perdido el rumbo. Sin embargo, hubo algo que no sentí y que creí que sentiría: tristeza. La emoción por el hecho de que mi herencia genética volviera a estar completa me parecía una traición hacia la persona que más me quería, que siempre me había querido y a quien yo quería de igual manera. Incluso cuando me sacaba de quicio.

Si algo he aprendido de esta experiencia es que los secretos son corrosivos. Pese a eso, no se lo dije a mi padre antes de que falleciera el año pasado. Quizás lo habría hecho si me hubiera enterado mucho antes, pero ya tenía 91 años y no tenía ningún sentido arrebatarle el papel que más le había enorgullecido en su vida. Aunque me había dicho unos años antes que no podía estar seguro de que mi madre no le hubiera sido infiel, estoy segura de que él nunca supo que yo no era su hija.

Poco después, lo único en lo que podía pensar era en mi otro padre y en si llegaría a saber quién fue. Había resuelto un misterio sobre mi madre que había durado medio siglo y me sentía más completa que nunca, pero de repente, tenía dos padres desconocidos y un nuevo misterio aún mayor. ¿Quién soy? La pregunta me perseguía. El año y medio de investigación obsesiva que tuve que hacer para identificar a mi ahora fallecido padre biológico fue casi paralizante.

No puedo evitar imaginarme, para bien o para mal, quién habría acabado siendo si hubiera sabido quién era.

Después de seguir pistas de ADN, de encontrar una coincidencia de un primo cercano y de unir las piezas del rompecabezas, descubrí que mis bisabuelos llegaron desde Sicilia alrededor del cambio de siglo, fueron granjeros en Nueva Jersey y tuvieron cuatro hijos y una hija, pero no tenía ni idea de cuál de esos hijos era mi abuelo o abuela por parte de padre.

Mucho tiempo después, cuando apareció otra coincidencia de ADN con un primo cercano, deduje que la hija, que había muerto dando a luz, era mi abuela. Todo empezó a cobrar sentido cuando mis primos me dijeron que el hijo de esta mujer era un aficionado a las carreras de caballos, como mi madre, y que tenía un serio problema de adicción a las apuestas. No quedó ninguna duda de que se habían conocido en las carreras.

No era la primera vez que mi madre era infiel. Aunque el divorcio de mis padres ya estaba en su fase final cuando yo tenía un año, poco después volvieron juntos y no tardaron en volver a separase. No pasó mucho tiempo después de su marcha cuando mi madre le dijo a mi padre que estaba embarazada de una hija suya y hablaron otra vez sobre volver a estar juntos, pero esta vez no cristalizó. 

Mi padre nunca vio a ese bebé, pero accedió a firmar para dar la niña en adopción. Hasta el año pasado no encontré a esa hermana gracias a los tests de ADN y resulta que su padre no era mi padre. Es más, después de revisar en profundidad los resultados del ADN de la mayor de los hermanos que había descubierto, vimos que el hombre que ella creía que era su padre tampoco era su padre.

Tras unas pruebas más de ADN, surgieron nuevas coincidencias con familiares, pude confirmar quién era mi padre biológico y encontré a su familia por Facebook. Tuve la suerte de que algunos (no todos) fueron receptivos, y fue un placer conocerlos. No obstante, es un placer teñido de pena, ya que no puedo evitar pensar cómo habría sido criarme entre estos italianos cálidos, felices, graciosos y familiares en vez de con los sosos y melancólicos rusos que tan ajenos me resultaban cuando era joven. No puedo evitar imaginarme, para bien o para mal, quién habría acabado siendo si hubiera sabido quién era.

Tengo que admitir que los meses que pasaron desde que supe que mi padre no era mi padre hasta que descubrí quién podía ser puede describirse como un trayecto a través de una locura transitoria. Al final de ese viaje, me ha quedado claro que mi padre es mi único padre. Mi amor por él es más fuerte ahora que sé que no es solo una expresión de afecto y lealtad filial, sino algo mucho más fuerte. Se lo ganó a base de pura bondad, generosidad y amor incondicional.

A consecuencia de la sorpresa por mi ADN, claro que me queda algo de tristeza por los años perdidos sin saber de verdad quién era, por los familiares que nunca conocí o por la vida que no viví, pero escupir en un tubo me ha dado uno de los mejores regalos de mi vida: mi verdad.

He conocido el rostro de mi padre, de mis abuelos y de mis bisabuelos. He rastreado su linaje remontándome siglos atrás y ahora sé de dónde vengo. Ya no me siento como si estuviera fragmentada o mal ubicada.

Desmontar y reconstruir mi identidad será un trabajo continuo y tardaré en aprender a no pasar demasiado tiempo preguntándome "¿y si?", pero gracias a ese test de ADN, ahora me siento más yo misma.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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