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31/12/2019 10:21 CET | Actualizado 01/01/2020 04:53 CET

"…una cierta cantidad de opinión estúpida"

Cuando Ada Colau dice que la monarquía parlamentaria no ha servido para nada, se engaña y engaña.

Associated Press
El rey Felipe VI durante su discurso de Navidad. 

Suele ser inevitable, y para algunos es casi un tic, acudir a la dilatada experiencia de Winston Churchill en política para iluminar algunos de los recovecos de este arte de lo posible. Demócrata hasta el tuétano, que vio la guerra mundial inexorable cuando otros trataban de apaciguar a Adolf Hitler como si se le echaran bistecs a los tigres para saciarles el apetito, dejó muchas frases célebres para la posteridad. Una de ellas, “donde hay un gran margen para la libertad de expresión hay siempre una cierta cantidad de opinión estúpida”, está hartamente avalada por los hechos en todos los sistemas democráticos, pero en unas democracias más que en otras. Las democracias son como las cebras, que ninguna tiene las rayas iguales, según los expertos, aunque sea ciertamente difícil el comprobarlo al ciento por ciento.

Cada vez que habla el Rey en el habitual discurso de Navidad a la nación, se suscitan las más variadas interpretaciones, y como sucedía con la URSS y los ‘kremlinólogos’, una especie de videntes que veían lo que nadie era capaz de ver en las palabras y los gestos de la nomenklatura, aquí, en España, han proliferado los ‘enterados de la caja del agua’ que interpretan como tarotistas de las madrugadas las intenciones ocultas tras las palabras del jefe del Estado cada 24 de diciembre. 

Últimamente, además, y de la mano (o de las vísceras) del sector duro de Podemos –un poco aguado en las últimas semanas por la posibilidad de sentarse en el Consejo de Ministros– la ocasión se aprovecha para la emergente, pero aún sumergida a escasa profundidad, campaña de desprestigio a la monarquía parlamentaria. 

La palabra ‘parlamentaria’ es clave, pues la actual no tiene nada que ver con la de Alfonso XIII, cuyo borboneo, francachelas, servicio a los terratenientes, privilegios a una Iglesia distanciada del pueblo y ajena a la miseria, y sus amistades y tutelas golpistas (el general Primo de Rivera), llevó directamente a la II República y a su exilio. Ojos que te vieron ir…

Hay algunos episodios de los debates en la Comisión Constitucional del Congreso, y en los plenos del Congreso y el Senado en 1978, que los políticos, politólogos y tertuliantes deberían resetear de vez en cuando para que no se ‘cuelguen’ en el disco duro. Son especialmente recomendables las opiniones sobre la monarquía parlamentaria, y en aquél momento sobre el rey Juan Carlos I, tanto del centro derecha como del centro izquierda (PSOE fundamentalmente), y del Partido Comunista de España (PCE). 

Cuando Ada Colau dice que la monarquía parlamentaria no ha servido para nada, únicamente para mantener el 'status quo', se engaña y engaña.

Si bien el PSOE mantuvo hasta el final una enmienda republicana, más por el qué dirán que por otras cosas, al ser derrotada los propios socialistas dieron un suspiro de alivio. En el sprint final del proyecto de Constitución por las Cortes, Felipe González interpretó el sentir de la Cámara en aquel momento histórico al zanjar la cuestión de la legitimidad del monarca. 

Había dos planteamientos contrapuestos: uno, que Juan Carlos al fin y al cabo era el heredero de Franco, que fue quien lo hizo sucesor a título de rey por primera vez; pero tanto Felipe González como Santiago Carillo puntualizaron que a partir del momento en que se aprueba la Constitución, luego ratificada en referéndum nacional, el rey había pasado a ser el heredero legítimo de la Constitución, y a su través, del pueblo español depositario de la soberanía nacional. Santiago Carillo, ‘a mayores’, después de elogiar el exquisito comportamiento de S.M. en el trance transitivo, hizo una llamada a la cordura de la izquierda. “Si en las condiciones concretas de España pusiéramos sobre el tapete la cuestión de la república, correríamos a una aventura catastrófica, en la que, seguro, no obtendríamos la república, pero perderíamos la democracia” (viernes 5 de mayo de 1978).

Otro viernes, el 27 de octubre, Felipe González declaraba: “A partir de la Constitución el rey ya no es el sucesor de Franco (…) una vez aprobada habremos conseguido la ruptura con el pasado dictatorial de nuestro país”.

Los parlamentarios tuvieron más o menos el papel que tienen los padrinos en bodas, bautizos y primeras comuniones. O los que acompañan a los nuevos académicos, o los encargados de la laudatio de los doctores honoris causa

Terminada la guerra de España, ya en el seno del PSOE en el exilio se planteó la espinosa cuestión de, si caía Franco junto a su régimen, el partido socialista podía gobernar en una monarquía parlamentaria o sólo en una república. Poco a poco fue ganando posiciones la opción más pragmática: lo importante era que hubiera libertades. El debate no era ya entre monarquía y república, sino entre democracia y dictadura. 

“La verdad es casi siempre herética”, solía decir Luis Araquistaín, escritor, periodista y político socialista, como recoge Javier Tusell en el prólogo-ensayo de Luis Araquistain: sobre la Guerra Civil y en la emigración. El díscolo militante, con una visión de águila, dijo en uno de sus folletos: “los españoles hemos necesitado cuatro guerras civiles para llegar a la conclusión de que fueron inútiles y absurdas”. 

Lo primero que se debe tener en cuenta sobre los discursos reales de Felipe VI es que como suele decirse, “no da puntada sin hilo”.

Cosa que en los últimos años tanto la extrema derecha como la extrema izquierda parecen haber olvidado.

El temor a una quinta guerra civil –y eso no es la dictadura del miedo, sino sentido común y principio de prudencia– estuvo en el ánimo de los constituyentes que la vivieron: lo expresaron con sinceridad y claridad tanto los que estuvieron en el bando nacional, como el teniente general Gutiérrez Mellado, como los que estuvieron en el bando republicano, como Santiago Carillo, etc. 

Por esto, y mucho más, cuando Ada Colau dice que la monarquía parlamentaria no ha servido para nada, únicamente “para mantener el status quo”, se engaña y engaña. Ha sido una de las razones de que la paz constitucional haya sido posible y durado más que la dictadura franquista, aunque el tiempo se nos haya pasado volando, y haya sido, con sus luces y sus sombras, pues en la política hay nubes y tormentas como en la meteorología, el periodo de progreso y estabilidad y descentralización más profundo y duradero de la historia de España.

En “esa cierta cantidad de opinión estúpida” de la que hablaba Churchill, y que habita dentro de una amplísima libertad de expresión, figuran ciertas críticas a los últimos discursos de Felipe VI. Si en su alocución extraordinaria del 3 de octubre de 2017 se centró en el conflicto catalán, con una dura advertencia a las autoridades separatistas que “de una manera reiterada, consciente y deliberada han venido incumpliendo la Constitución y el Estatuto de Autonomía…”, en la del pasado 24 de diciembre sin embargo sólo se refirió una vez a Cataluña para expresar que es “una de las serias preocupaciones que tenemos en España”. 

Con el fondo de la crisis política, que está ahí, como la puerta de Alcalá, con un presidente en funciones  prorrogadas, y con una derecha negada a facilitar la investidura, el monarca habló del dinamismo de nuestra sociedad basado en los valores de la “concordia, la voluntad de entendimiento, la defensa y el impulso de la solidaridad, la igualdad y la libertad” de los españoles… etc.

Lo primero que se debe tener en cuenta sobre los discursos reales de Felipe VI es que como suele decirse, “no da puntada sin hilo”, y que no se sale ni un milímetro de la letra de la Constitución. 

En realidad no hay ningún misterio en las palabras de Don Felipe.

Las autoridades catalanas que fomentaron, diseñaron, ampararon y llevaron a cabo el proceso separatista no pueden llamarse a engaño. Artículo 2 de la CE78: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española…”. El artículo 56.1: “El rey es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…”.

En realidad no hay ningún misterio en las palabras de Don Felipe. Cuando tocó, habló de devolver el orden constitucional y estatutario a Cataluña; y cuando ha tocado ha elegido otra competencia suya que es la de ‘arbitrar y moderar’ “el funcionamiento regular de las instituciones del Estado”, que ni están funcionando como deben, ni aplicando los principios de concordia, voluntad de entendimiento, impulso de la solidaridad…

Por eso dijo la Nochebuena que Cataluña, a 24/XII/ 2019, era “una de las serias preocupaciones que tenemos en España”.

Igual el año que viene, o antes, también cita a Sir Winston.

 

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