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14/02/2020 06:40 CET | Actualizado 14/02/2020 06:41 CET

Una declaración de principios: 'Los testamentos' de Margaret Atwood

Se inicia quince años después del final de El cuento de la criada; retoma un montón de hilos y ata cabos con gracia y maña.

Lars Niki via Getty Images
La escritora Margaret Atwood. 

Este artículo también está disponible en catalán.

 

La esperada publicación de Los testamentos de Margaret Atwood (traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Barcelona: Salamandra, 2019), secuela —digamos— de la uteral y esencial The Handmaid’s Tale (1985), ha suscitado básicamente dos tipos de comentarios. Por un lado, los comentarios ditirámbicos y simples —sospecho que prelectura— que alimentan la faja del libro. Por otro, los que afirman (se han puesto de moda y son una plaga) que la novela no está a la altura ni de Margaret Atwood ni de El cuento de la criada (1987).

No es cierto. Los testamentos es una obra solidísima y perfectamente válida por sí misma. Buenísima, lúcida, irónica, inteligente, te agarra por el cogote y te deja sin respiro hasta que te has leído las más de quinientas páginas. Puede leerse, además, autónomamente.

Se inicia quince años después del final de El cuento de la criada; retoma un montón de hilos y ata cabos con gracia y maña. Trenzada con maestría con las voces de tres protagonistas muy diferentes. No revelaré ningún secreto si digo que una de las voces narradoras es la de la cruel, siniestra y aterradora Tía Lidia. Las otras dos explican el mundo monstruoso de Gilead; una, desde dentro (y con regusto de nieta de la plaza de Mayo argentina); otra, desde fuera, desde la libertad de Canadá.

Cuando emprendió la tarea, Atwood no estaba segura de poder escribir una secuela de El cuento de la criada a pesar de que las fans hacía décadas que lo reclamaban.

Lo que pedían era una continuación en la voz de Offred [en inglés, «Offred»; es decir, «Ofrecida»], cosa que no hubiera podido hacer. Puedes escalar el Empire State Building con las manos desnudas una vez. Si lo intentas de nuevo, te caes. Fue algo increíblemente improbable la primera vez. Esa voz estaba allí. La voz dijo lo suyo. No hay nada que realmente puedas agregar en su voz.

En los Agradecimientos de Los testamentos, hay una pista que me obligó a ir a la Introducción que la propia Atwood hizo en 2017 para la enésima edición de El cuento de la criada.

Una de mis normas consistía en no incluir en el libro ningún suceso que no hubiera ocurrido ya en lo que James Joyce llamaba la «pesadilla» de la historia, así como ningún aparato tecnológico que no estuviera disponible. Nada de cachivaches imaginarios, ni leyes imaginarias, ni atrocidades imaginarias. Dios está en los detalles, dicen. El diablo también.

En esta misma Introducción, lo ejemplifica con algunos detalles; son secundarios pero relevantes.

Las vestiduras recatadas de las mujeres en Gilead proceden de la iconografía religiosa occidental: las Esposas llevan el azul de la pureza, de la Virgen María; las Criadas van de rojo por la sangre del alumbramiento, pero también por María Magdalena. Además, el rojo es más fácil de ver si te da por huir. Muchos regímenes totalitarios han recurrido a la vestimenta —tanto prohibiendo unas prendas como obligando a usar otras— para identificar y controlar a las personas —pensemos en las estrellas amarillas, y en el morado de los romanos—, y en muchos casos se han escudado en la religión para gobernar. Así es mucho más fácil señalar a los herejes.

Axioma que, tanto la serie de televisión como Los testamentos, ha respetado y aplicado con esmero y conocimiento de causa: no aparece nada que no haya ocurrido en la historia de la humanidad. El axioma es también un exponente de la honradez, el rigor y el feminismo de la autora en el momento de afrontar las dos novelas y la serie.

Dos apuntes. Los testamentos no vaga sólo por esos mundos, ni nace huérfano de tradición y no sólo por la existencia de El cuento de la criada y de la serie. Por ejemplo, en 1984, sólo un año antes de El cuento de la criada, Suzette Haden Elgin inició con Lengua materna una trilogía de ciencia-ficción que completó con La Rosa de Judas (publicada originalmente en 1987) y la aún no traducida Earthsong (1993). La trilogía también narra un futuro distópico, una pura pesadilla en que las mujeres no tienen ningún derecho. Atwood y Elgin coinciden asimismo en incluir observaciones externas; por ejemplo, congresos que posteriormente analizan los hechos sucedidos e indagan sobre ellos.

El axioma es también un exponente de la honradez, el rigor y el feminismo de la autora en el momento de afrontar las dos novelas y la serie.

Margaret Atwood tampoco está sola. Un libro reciente de Jeanette Winterson de expresivo título, Frankissstein (2019), investiga entre otras cosas sobre robots; sobre la humanización de robots y la deshumanización de las personas; sobre las relaciones entre personas y robots. A veces, a partir de robots sexuales; es decir, de forma bien cruda, sarcástica y aterradora. (No es la primera vez que Winterson habla de ello; pienso, por ejemplo, en los cuatro cuentos de otro libro suyo, Planeta azul, traducido en 2008.)

Los robots (o más bien las robots), la pornografía y la distopía ocasionan que la obra de Winterson entronque directamente con otro libro de Atwood, Por último, el corazón (2016). La autora anuncia y denuncia —también Winterson— como el machismo, si nos descuidamos, teñirá con auténtico horror un futuro lleno de «inteligencia» artificial, así como las nuevas herramientas, artilugios y artefactos. Es decir, la desgracia y el peligro de que las mujeres se dediquen poco a ello, que impere el androcentrismo.

Tanto Atwood como Winterson lo plantean con sentido del humor (una cosa no quita la otra) pero también sin rodeos, con claridad y lucidez, y plantean una crítica descarnada y rotunda al machismo. Quizás a causa de esta contundencia, un crítico, Robert Saladrigas, escribía una crítica negativa de Por último, el corazón (que, en cierto modo, enlaza con la moda de subestimar Los testamentos a que me refería al principio del artículo). De entrada Saladrigas decía que no entendía el título. Bien, como en tantas y tantas ocasiones, es una expresión, un sintagma, presente en el libro. Cuestión aclarada. Postula que le sobran ocurrencias disparatadas. Si se refiere a la producción y exportación de robots, la realidad en este momento (las muñecas inflables lo anunciaron) va más allá ya de los espantos y los delirios misóginos imaginados por Atwood y Winterson en sus antiutopías.