Una historia real: el pequeño elefante que decidió dejarse morir tras perder a su madre

"Pasamos por su lado y una pena como jamás he tenido recorrió mi alma y anidó dentro de ella hasta el día de hoy".
Una historia real: el pequeño elefante que decidió dejarse morir tras perder a su madre.
AFP via Getty Images
Una historia real: el pequeño elefante que decidió dejarse morir tras perder a su madre.

... Mi mamá, como siempre que había peligro, me dijo que me escondiera debajo de sus patas.

Ella intentaba defenderme, arremetiendo contra todos los humanos que nos rodeaban, pero eran muchos y nos hacían retroceder cada vez más.

Había unas rocas muy grandes detrás de nosotros y ya casi no podíamos continuar, así que mi madre me dijo que corriera lo más rápido que pudiera, que me ocultara… y que no mirara atrás. Yo le dije:

—¿Y dónde voy? ¿Tú vendrás conmigo?

Ella me repitió que corriera sin parar y que siempre estaría conmigo. Al principio no lo entendí, pero ahora sé lo que me quería decir.

Mi mamá, llena de furia embistió a los humanos que teníamos delante y los golpeó con su trompa. Algunos cayeron al suelo, a otros los pisó con sus patas...

Me observó. Nos miramos a los ojos. En ellos vi asomar la tristeza más absoluta, vi reflejada la desesperación de mi madre. Yo no pude contener el miedo ni la pena y empecé a llorar. Ella volvió a decirme:

—¡Corre! ¡Corre, huye y no te detengas!

Y yo empecé a correr lo más rápido que pude —como mi mamá me dijo— y me alejé sin mirar atrás.

Desde muy lejos aún se oían los gritos de furia de mi madre, luego varios truenos y después... nada.

De golpe, noté cómo un amor inmenso y una felicidad enorme, como nunca antes había sentido, me atravesaban el cuerpo y el alma. Fue algo que no puedo describir y que nunca más he vuelto a sentir. Segundos después... tal como vino, se fue...

Miré al cielo, buscando indicios de lluvia, pero era extraño, había un sol radiante donde quiera que mirara y ni rastro de nubes, ni de tormenta. Seguí caminando. A lo lejos, me pareció oler el agua de un río, era un buen lugar para beber y esconderme, así que me aproximé. Una vez allí, bebí —tenía mucha sed— y me di un baño fresquito que me relajó. Luego busqué comida y me dormí.

Mientras dormía, me pareció que mi mamá acariciaba mi cuerpo con su suave trompa y me decía cuánto me quería y que estaría siempre a mi lado. Yo estaba feliz en mi sueño dorado, protegido y seguro al lado de mi mamá.

Varios golpes, seguidos de un fuerte dolor en la cabeza, me despertaron. Cuando abrí los ojos me vi rodeado de humanos que se reían mientras me apaleaban. Intenté correr como me había dicho mi madre, pero fue inútil, estaba atado y no me podía mover.

Noté un pequeño dolor seguido de un calor muy, muy fuerte en el cuello y después volví a dormirme profundamente. Desperté dentro de algo que no había visto nunca. Era tan grande como mi mamá, rugía como un león y corría más que una gacela. Estaba acorralado entre humanos que de vez en cuando me pegaban en la cabeza con algún palo. Había algo que no me dejaba casi moverme, tenía las patas atadas con algo frío y duro que sonaba horriblemente cada vez que me intentaba acomodar mejor.

De repente, un olor familiar vino a mí; primero, débilmente y, después, cada vez más fuerte. Era el olor de mi mamá; mi mamá estaba cerca, venía a liberarme y a protegerme. Empecé a buscarla, mirando por todos lados, pero, allá donde alcanzaba mi vista, no veía nada más que árboles y más árboles… ni siquiera estaban asomados los curiosos monos, ni pude distinguir a ningún habitante de la selva; seguramente debieron esconderse al oírnos llegar.

El olor de mi madre era cada vez más intenso, tenía que estar cerca pero, ¿dónde?

Seguí buscándola, hasta que a lo lejos divisé una silueta muy familiar, ¡era mi madre! Parecía estar tumbada —descansando, quizás, por el largo viaje hasta encontrarme—, pero allí estaba, esperándome. Yo estaba feliz, pronto volvería a notar de nuevo sus caricias y sus besos, pronto me mecería con su trompa y volvería a estar seguro junto a ella.

Ya llegábamos, estábamos cada vez más cerca. Yo giré lo más que pude mi cabeza para llamarla. ¡¡Mamá!! —le dije— ¡¡Estoy aquí!! ¡¡Estoy aquí mamita!!

Pasamos por su lado y una pena como jamás he tenido recorrió mi alma y anidó dentro de ella hasta el día de hoy. Mi mamá, mi dulce mamita estaba muerta; le habían cortado su cabeza; no tenía su trompita con la que siempre me acariciaba. ¡¡Pobre mamá!!! ¿Qué le habían hecho?¿Por qué me la habían arrebatado? ¿Por qué tanta crueldad con ella? Nunca le había hecho daño a nadie. Era lo único que tenía, lo que más quería y la que más me quería. Era muy buena mi mamá, era un ángel... mi mamá...

Yo lloré y lloré… mientras, los humanos me miraban, me atizaban en la cabeza con sus palos y se reían de mí. Pero yo no podía dejar de llorar, estaba tan triste, tenía tanta pena... ¡¡Pobre mamá!!... ¿Qué será ahora de mí? —pensé…

Esta historia, que podría parecer un cuento, no lo es. Está basada en hechos reales. El pequeño elefante existió. Poco tiempo después de que tuviera lugar la cacería en la que fue abatida su madre, como consecuencia de haber sido separado de ella, decidió que no quería seguir viviendo y se dejó morir.

Este relato es un homenaje a él y a su madre; un caso más de la explotación y el maltrato cruel e injustificado al que se sigue sometiendo a los elefantes hoy día y que abordé en uno de mis artículos anteriores:

Para quien desee acompañar la lectura de este artículo con la música que sonaba de fondo mientras lo escribía, os dejo a continuación el enlace: