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10/06/2020 21:37 CEST

Una manifestación no es más peligrosa que una misa (o que una reunión en casa)

El "riesgo cero" de contagio no existe, pero los espacios al aire libre son mucho más seguros, en general, que los espacios cerrados.

Pablo Cuadra/Getty Images
Una pareja se besa frente a la Puerta de Alcalá de Madrid, durante las protestas contra el racismo este 7 de junio.

En una situación nunca antes vivida, en la que las palabras ‘desescalada’, ‘pandemia’, ‘mascarilla’ y ‘nueva normalidad’ se han incorporado al vocabulario y a la vida diaria, nos preguntamos en qué lugar quedan viejos conceptos como besos, viajes o manifestaciones. 

Igual que la irrupción de un coronavirus que pondría en jaque al mundo no aparecía en los planes de nadie, tampoco se contaba con que el asesinato de George Floyd, un estadounidense negro, a manos de un policía, generaría una oleada de protestas contra el racismo en todo el mundo justo cuando la mayoría de países trata de reponerse de la epidemia y va retomando lentamente sus actividades con la mirada puesta en atajar nuevos casos. He ahí el dilema: aun teniendo en cuenta que la causa de las manifestaciones sea más que legítima, ¿esto justifica las concentraciones de gente cuando se está recomendando extremar las precauciones para evitar contagios? 

“Desde el punto de vista de cómo estamos ahora y de cómo se está produciendo la transmisión del virus, no hay que llevarse las manos a la cabeza por concentraciones puntuales y esporádicas, ya sean las de los llamados Cayetanos de hace unas semanas, ya sea por las reivindicaciones del Black Lives Matter de este fin de semana”, opina Pedro Gullón, médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública y coautor de Epidemiocracia (Capitán Swing), un ensayo sobre “salud pública, política e ideología en tiempos de epidemia” que se publica a finales de julio. 

Este domingo, la concentración autorizada de 200 participantes frente a la embajada estadounidense en Madrid se convirtió en una manifestación pacífica de unas 3.000 personas; en Barcelona, otras 3.000 personas se congregaron en la plaza Sant Jaume. Y entonces se produjo la polémica. Los críticos se dividían entre quienes vaticinaban nuevos rebrotes a causa de la acumulación de personas y quienes condenaban que se permitieran estas marchas y no otras celebraciones.  

 

“El tema de las manifestaciones va más allá de la epidemiología. El derecho de expresión y de manifestación son constitucionales, así que hay que juzgarlo dentro de este marco”, señala Joan Ramón Villalbí, miembro de la Junta de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS). “Dicho esto, desde el punto de vista epidemiológico, los espacios al aire libre son mucho más seguros que los espacios cerrados; por otra parte, en la época en la que estamos la mayoría de la gente sabe que la distancia física es importante y que conviene protegerse con barreras, que normalmente son mascarillas”, explica.

Según una investigación japonesa, el riesgo de infección en espacios cerrados es casi 19 veces mayor que en el exterior. “Las transmisiones de contagios que conocemos se han producido en espacios cerrados”, añade Villalbí. “Durante la epidemia en China, la OMS certificó que prácticamente no habían detectado transmisión al aire libre, que casi todas las cadenas de contagios se producían en interiores porque allí se renueva menos el aire”, afirma. “Por eso en la reapertura de bares y restaurantes [en España] se empezó por las terrazas”, aclara el epidemiólogo.

Las transmisiones de contagios que conocemos se han producido en espacios cerrados

“En Estados Unidos, la mayoría de epidemiólogos y de expertos en Salud Pública se han posicionado bastante a favor de las manifestaciones, desde la perspectiva de que ya se está desescalando en otros ambientes (ya abren los bares de Las Vegas y aquí las discotecas en fase 3, por ejemplo) y de que gente en movimiento, la gran mayoría de ellos con mascarillas, y al aire libre es un entorno de muy bajo riesgo de transmisibilidad”, comenta Javier Padilla, médico de atención primaria y coautor del ensayo Epidemiocracia, que incluye una reflexión sobre estas últimas protestas. “Esto es así en las manifestaciones de Núñez de Balboa o en las de la lucha contra el racismo”, zanja.

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“Ahora mismo no existe ninguna situación de riesgo cero”, apunta Gullón. “Por eso lo que tenemos que hacer es ir poniendo cada vez más capas de seguridad”, recomienda, y la primera y más eficaz debería ser mantener la distancia física. El epidemiólogo utiliza la metáfora de un queso suizo con agujeros. “Si pones una capa de seguridad es como si pusieras una loncha de queso por donde la infección puede pasar; si pones dos lonchas de queso suizo (dos medidas de seguridad), ya hay menos posibilidades de que los agujeros de la primera coincidan con los de la segunda y la infección se cuele por ahí; si pones tres lonchas, es menos probable aún, y así sucesivamente”, ilustra Gullón. “Pero el riesgo cero nunca va a existir”, puntualiza.

“Si vamos a hablar de manifestaciones, hablemos también de cómo iba el metro esta mañana, donde en principio el peligro de contagio es mayor”, reflexiona Padilla. “Ya quisieran los convocantes [de las protestas del fin de semana] haberse acercado a la cantidad de gente que se reúne una sola mañana en el metro”, bromea. “O hablemos de las iglesias, que en fase 2 pueden abrir al 50%, y donde se canta, sabiendo que los cánticos en lugares cerrados son un medio importante de transmisión”, añade. 

Ya quisieran los convocantes haberse acercado a la cantidad de gente que se reúne una sola mañana en el metro

Efectivamente, los lugares de culto amplían su aforo al 50% en fase 2 y al 75% en fase 3  siempre que no se superen las 75 personas en espacios cerrados. También en fase 3, en España, se permite la apertura de discotecas a un tercio de su capacidad y sin pista de baile. Aunque suene contradictorio que se permitan manifestaciones de 200 asistentes y no bodas de 100, la clave está en la diferencia entre espacios abiertos y cerrados. Como comentaba el epidemiólogo Adrián H. Aginagalde en Twitter, mientras que no se ha registrado ninguna cadena de contagios en encuentros al aire libre y en movimiento, sí se han detectado en iglesias, en clases de zumba, en coros y en reuniones en domicilios, entre otros. 

“Creo que los posibles rebrotes van a estar más relacionados con el incremento de la actividad económica normalizada o con contagios más focalizados, como los que se han visto en Lleida o Girona, de reuniones tumultuosas en sitios cerrados”, considera Padilla. “Tenemos que ser muy conscientes de que permanecer mucho tiempo en lugares cerrados con la misma gente es el mayor factor de posible contagio”, apunta el especialista, que cita un análisis publicado en El País en el que se reconstruyen tres cadenas diferentes de contagios: en una oficina, en un restaurante y en un autobús. Todos, espacios cerrados. 

“Cuando se habla del temor a una segunda ola en otoño precisamente lo decimos porque cuando acaba el verano nos recluimos, volvemos a los espacios cerrados y a prácticas en las que se potencia el riesgo”, explica Padilla. Su colega Pedro Gullón cita un ejemplo similar: “En invierno no es que haya muchísima más gripe, es que estamos encerrados y sin ventilación, así que nos contagiamos mucho más: es más difícil mantener la distancia social, es mucho más probable que compartamos y toquemos las mismas superficies y, por tanto, es más probable que se produzca transmisión”.

En invierno no es que haya muchísima más gripe, es que estamos encerrados y sin ventilación

No obstante, admite Gullón, por la forma en que se rastrean los casos, es más probable dar con un brote en una cena de amigos que con un contagio en una manifestación. “Cuando preguntamos a la gente por sus contactos, es más fácil que localicemos con quién ha estado reunido en una casa o en un restaurante que con quién ha coincidido en una marcha”, comenta.

En cualquier caso, Gullón no comparte la opinión de quienes se escandalizan al ver imágenes de las concentraciones de este fin de semana. “Llevarnos las manos a la cabeza de forma muy alarmista no aporta mucho, sobre todo cuando los brotes que estamos detectando se están produciendo en otros terrenos, como en trabajadores de mataderos o en trabajadores temporeros, situaciones que requieren que pongamos un poco más el ojo”, alerta.  

“Muchos profesionales que han estado en la trinchera del covid, principalmente en UCI, cuando ven una concentración de gente lo entienden como un insulto a su trabajo”, reconoce. “Pero los epidemiólogos tenemos que intentar poner un poco de mesura y analizarlo con tranquilidad: una manifestación así no va a provocar un rebrote que nos va a fastidiar a todos, teniendo en cuenta que la transmisibilidad es muy baja. Desde luego, no es lo ideal que se produzcan concentraciones, no hay riesgo cero, pero estas situaciones están generando bastante tensión social, y creo que no es bueno”, sostiene.

Reaprender a manifestarse

Tanto Javier Padilla como Pedro Gullón, autores de Epidemiocracia (Capitán Swing), admiten que van a necesitar tiempo antes de atreverse a salir a una manifestación. Padilla es médico de familia, ha pasado el covid y todavía tiene que ponerse el EPI para atender a algunos pacientes; es perfectamente consciente del riesgo y, con todo, considera que su posición no es la adecuada “para decirle a las personas racializadas cómo tienen que luchar por sus derechos, siempre y cuando lo hagan, además, dentro de un marco de precauciones y mascarillas”.

“Es una lucha por la salud pública, especialmente en Estados Unidos, pero también aquí, donde lo que se pide es sanidad universal, regularización de migrantes, cierre de los CIEs, temas que siempre han estado muy relacionados con la salud pública”, explica Padilla. “Estos movimientos están protestando por el mismo sistema que hace que las personas negras en EEUU mueran el doble que las personas blancas por covid-19, así que hay que entender el contexto”, coincide Gullón.

Padilla reconoce que la situación le genera muchas controversias internas. “Es verdad que la epidemia está mucho más controlada, pero sigue habiendo epidemia, y los recursos sanitarios están muy mermados”, cuenta. “A día de hoy, yo no iría a una manifestación, pero decir ‘no me voy a manifestar’ es un privilegio, porque como médico, clasemedianista y blanco, me puedo permitir estar unos meses sin salir a la calle a protestar”. 

Padilla habla de una forma de abordar el desconfinamiento según la cual, sabiendo que “no hay riesgo cero”, la gente elige “en qué cosas va a gastar su ‘carnet por puntos’ de riesgo”. “A lo mejor te parece más razonable hacerlo en una manifestación al aire libre defendiendo derechos para las personas racializadas que hacerlo en una discoteca”, sugiere. “O te parece más razonable gastar esta oportunidad en las escuelas infantiles que en una iglesia”. “Tenemos que abandonar esa idea de riesgo 0 o riesgo 1 y saber que nos movemos hacia situaciones de riesgo intermedio en las cuales todo lo que se haga tiene que hacerse de forma modificada, y con las mejores condiciones dentro de lo que se pueda”, señala. 

“La gente va a seguir movilizándose de una u otra manera, y habrá que ver cómo se hace dentro de un marco de minimización de riesgo (con distancia, con mascarilla y preferiblemente en silencio). Tendremos que reaprender a manifestarnos, como tantas otras cosas”, concluye.

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