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30/12/2019 03:43 CET | Actualizado 30/12/2019 03:43 CET

Una persona, un voto: la asignatura pendiente de la democracia

El voto de dos ciudadanos del mismo país hoy no vale lo mismo en términos absolutos.

NurPhoto via Getty Images
Una mujer prepara su voto en un colegio electoral de Barcelona en las últimas elecciones generales. 

Aunque a todos nos resulta francamente familiar la expresión ‘un hombre, un voto’, las fuentes documentales no identifican con facilidad su origen, más allá de un ferviente deseo sufragista. Hay quien sostiene que el líder sindical británico George Howell la pronunció por primera vez en 1880, aunque no hay constancia fehaciente hasta que se esgrimió como argumento legal en el caso Reynolds vs. Sims en 1964, en la Corte Suprema de Estados Unidos.

Tal y como lo conocemos hoy, el sufragio universal por el que todos y cada uno de nosotros podemos ejercer nuestro derecho al voto en libertad, quizás no desvirtué el concepto de democracia, pero definitivamente sí el de equidad e igualdad. Pues cuesta asimilar que todos somos iguales de acuerdo con nuestra Carta Magna, hasta que llega la hora de introducir la papeleta en la urna.

¿Y cómo es eso? Pues muy sencillo: la gran mayoría de las democracias occidentales han ajustado sus respetivas legislaciones para forzar una suerte de ‘ajuste cutre’, donde un votante de una gran urbe y otro de una población menos poblada -valga la redundancia- puedan influir de la misma manera en unas elecciones legislativas. La idea no es mala, ni falto de entusiasmo el método, pero quiebra un concepto básico: aquel que dice que todos (en términos absolutos) somos iguales.   

Cuando dejamos de darnos garrotazos entre nosotros para vivir en sociedad, perdimos esa libertad primigenia -que jamás recuperaremos- en favor de tener voz y voto en consejos tribales un tanto precarios. Con el tiempo unos pocos se hicieron fuertes y poderosos, y el resto trocamos nuestra condición de hombres libres por la de súbditos de señores feudales… ¡hasta que nos hicimos demócratas!

Y eso debió ser la leche en su momento. Vale que al principio el voto era censitario y sólo quienes tenían algunos bienes tenían voz; y vale que luego ni las mujeres, ni los analfabetas, ni otros varios colectivos podían hacer uso de él… ¿Pero y el día en que todos, con independencia de nuestro género, raza, renta, religión y un largo etcétera de consideraciones pudimos por fin votar? ¡Por fin el voto de cualquier persona valía lo mismo!

En España, una democracia del primer mundo, tu voto no vale lo mismo que el mío en función de donde estés empadronado.

¡Ah, no! Perdón. Que es que no fue así. Que el voto de dos ciudadanos del mismo país hoy no vale lo mismo… ‘Vaya farsa de democracia’, bramaría un purista, y sí, otros muchos o muchísimos más muy decepcionados y justificadamente indignados le secundarían.

Esta es una historia demasiado larga para contarla en un post, pero haciendo un esfuerzo de compresión máximo me atrevería a decir que el momento en que la democracia se nos escapó de las manos fue cuando nos dejamos engañar, y unos pocos nos convencieron de que el sistema representativo era infinitamente mejor que el de elección directa… Pero ya sabemos cómo somos: si nos dan pan y circo (futbol y reality shows), nos entretenemos y parece que se nos pasa el enfado.

Pero volvamos al sistema representativo, aquel por el cual elegimos a unos candidatos para que hagan uso de nuestros deseos y voluntades, en vez de hacerlo nosotros mismos, como lo vinimos haciendo prácticamente hasta la Revolución Francesa de 1789. Las constituciones liberales de Francia, Estados Unidos y el Reino Unido de finales del siglo XVIII y principios del XIX nos robaron la democracia directa.

Ahora, otros apoyan sus manos en nuestros corazones y se apropian de las palabras que salen de nuestras bocas para gobernarnos de acuerdo con los principios de justicia e igualdad que tácitamente hemos convenido. Y aquí es donde papá Estado y todos los chiringuitos que se ha montado nos recuerdan al señor feudal con su condescendiente paternalismo.

Y esos señores que (¡vaya casualidad, mira por donde!) viven en exclusiva y sin pudor de nuestros votos, decidieron hace tiempo que no parecía muy justo que la papeleta depositada por un señor de una población muy pequeña tuviera el mismo peso que la de una señora de una gran urbe. Porque, claro: qué sabrán los señoritos de ciudad de las necesidades y vicisitudes de la gente modesta que habita en localidades poco pobladas. 

¿Cómo es posible que el voto de un español que vive en Soria valga tres veces más que el de uno que vive en Madrid?

Me gustaría creer que buscaban una solución electoral más proporcional (que no justa ni igualitaria, ojo), donde las provincias más despobladas tuvieran representación parlamentaria… Bueno, digamos que lo compro a medias, porque en todas las democracias occidentales existe una cámara (el Senado, en España) que representa a los distintos territorios nacionales, de forma que pueda equilibrarse el peso de las distintas sensibilidades de una nación.

Pero me da que no era eso lo que rondaba sus cabezas. Pensaban única y exclusivamente en términos de poder, siguiendo la deriva del empoderamiento de las minorías, que hace que unos pocos puedan decidir por hasta tres de otros ciudadanos del mismo país. Si no, ¿cómo es posible que el voto de un español que vive en Soria valga tres veces más que el de uno que vive en Madrid? Y, no, no es cachondeo. Para empezar porque no tiene nada de gracioso, más bien de lamentable y patético. En España, una democracia del primer mundo, tu voto no vale lo mismo que el mío en función de donde estés empadronado.

Personalmente me parece aberrante y una burla descarada y desconsiderada al conjunto de la sociedad. Considero que es un fraude a la igualdad básica de las personas, pilar fundamental de las sociedades democráticas. Si todos somos iguales, lo somos para todo, no sólo según la ocasión, el motivo, el estatus o la geografía. Es una perversión del sistema que toleramos, porque hace tiempo que decidimos rendirnos frente a ese Estado todopoderoso que hace tiempo dejó de velar por el bienestar de los ciudadanos para alimentarse de nuestra desidia y engordar a nuestra costa.

 

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