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21/10/2020 12:05 CEST | Actualizado 21/10/2020 12:05 CEST

UnVOXing, la extrema derecha desembalando al PP

El partido de Abascal busca desesperadamente evidenciar que es más rentable votarles a ellos que a un PP sin sangre en las venas.

EFE
Santiago Abascal, líder del PP, durante la moción de censura. 

La moción de censura de Vox está siendo como observar uno de esos miles de vídeos en los que la gente se graba abriendo las cajas de sus pedidos y enseñando al personal lo que se acaba de comprar. Unboxing, se llama. Y eso es lo que hoy ha venido a hacer Vox al Congreso. A sacar al PP del armario y poner a sus votantes frente al espejo dejando claro que “la derecha pasiva” no va a poder desalojar en noviembre al Gobierno de Moncloa, como habían previsto cuando comenzó en marzo el confinamiento. Lo que tan factible parecía hoy se ha vuelto contra ellos. Los datos de la pandemia que pensaban usar para echar al Ejecutivo de Sánchez se han rebelado en contra, como demuestra la gestión de Ayuso en Madrid, que amenaza con arrastrar al propio Casado. Vox apoya la gestión de Ayuso y a su Gobierno. 

Los nervios de Casado, incapaz de controlar las manos, que no se estaban quietas. Que si toquetea las gafas, el boli, el móvil, el ipad, los folios con su discurso... Cuca Garrama, la portavoz, recolocándose constantemente la blazer del traje de chaqueta, removiendo papeles. El desasosiego de la bancada popular en el hemiciclo, incapaz de levantar la vista y mirar a la tribuna desde la que Vox ha comenzado desgranando las consignas tantas veces pronunciadas por el PP. Era como estar oyéndose a sí mismos. Bolivarianos, etarras, vivas al rey, nacionalistas, elecciones fraudulentas, inmigrantes ilegales… y el bla bla bla habitual y repetitivo de cada día. Nada nuevo bajo el sol en esta moción de censura. Aburrido como discurso, pero interesante para su clientela por bien elaborado. Tremendo, sin embargo, como acción destinada a desnudar al Partido Popular.  

EFE
Pablo Casado, líder del PP, durante la moción de censura.

Ignacio Garriga ha cumplido su misión introductoria, salvo cuando se le ha quebrado la voz al tener que acusar a “inmigrantes ilegales” de violentar a niños en los parques y a señoras mayores que no se atreven a salir de casa. Abascal ha subido una hora y media después a la tribuna. Su discurso ha sido un copy/paste de cada una de sus intervenciones anteriores. Con el habitual lenguaje viejuno en el que los ‘sin escrúpulos’ se cuentan por decenas, el candidato de Vox hace suya la utilización de los muertos, legendaria estrategia del PP. Y agita los miedos de esa parte de la sociedad que se ha quedado desenganchada de la tecnología. Va descaradamente a por ese votante de la tercera edad, caladero de votos popular. Son “el Frente Popular social comunista con separatistas y terroristas. Una mafia”, dice Abascal. El Frente Popular, recuerdo imborrable de la derecha guerracivilista. Los ancianos abandonados en las residencias, “sin la extremaunción de un sacerdote ni la mano de un buen hijo para cerrarles los ojos”. Se lo decía a Sánchez, pero se refería a Ayuso. Las manos de Casado y Gamarra no paraban quietas.

Vox va descaradamente a por ese votante de la tercera edad, caladero de votos popular.

Del rey Felipe VI, al que Vox está desgastando intencionadamente en un intento por reproducir lo peor de la historia de España, al personal de la Cámara, para quien ha pedido respeto en la vestimenta de los diputados de izquierdas. Justo lo mismo que hizo ayer Andrea Levy en el ayuntamiento de Madrid, atacada de los nervios igual que Casado. En una orquestada coreografía con la senadora popular que, superando a Vox, preguntó a la ministra Montero si era “una mujer sumisa a un macho alfa”.

Normal que en las encuestas que los medios de derechas han lanzado a sus lectores estos días, resulte que una abrumadora mayoría apoya el sí del PP a la moción de Vox. Normal que en las filas populares bulla el deseo de sumarse y el cabreo por no haber liderado ellos la iniciativa. Parecen la misma cosa. Eso es lo que Vox busca desesperadamente. Evidenciar que es más rentable votar al partido radical que a esa derecha pasiva, sin sangre en las venas. Casado lo tiene muy difícil, puede ser su prueba definitiva para ver si da la talla o no.

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