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06/03/2020 09:12 CET | Actualizado 06/03/2020 09:12 CET

Vaya al cine, ¡por favor!

La asistencia al cine es realmente baja...

James Brittain via Getty Images
Imagen de archivo de la proyección de una película en un cine. 

Da igual lo que dijese Chic en 1978, ser freak no es chic. Y no lo es por la sencilla razón de que aquellos que nos sentimos una rara avis en algún ámbito, no sabemos en qué medida somos diferentes hasta que las cifras no nos lo revelan con su fría implacabilidad. Sin tisanas ni miramientos, la realidad impacta a quemarropa. 

Hace una semana me solicitaron realizar una investigación acerca de los gustos femeninos y masculinos con respecto al cine. Nada que añadir. Esto me ha llevado a consultar infinitud de datos y cifras sobre el consumo cinematográfico en nuestro país, y he aquí que ha surgido la terrible sensación de ser el último mohicano del que hablaba James F. Cooper en 1826. 

El crecimiento de asistentes es tan leve, que apenas es perceptible. A pesar de los 105,5 millones de espectadores y los respectivos 624,1 millones de euros de recaudación conseguidos en 2019, la asistencia al cine es realmente baja.

Aferrada a la idea de encontrar cifras acerca de espectadores hombres o mujeres en las salas, descubrí que el trasunto del género es en verdad absurdo, porque el hecho escandaloso es que el cine ha dejado de congregar al público en masa. 

Estoy acostumbrada a acudir a las salas de manera asidua, y en verdad lo necesito, ya que el cine es para mí algo imprescindible e íntimo. Si tardo en asistir o no puedo llegar a un preestreno o un estreno me siento fuera de mi carril.

No se asiste más al cine en los lugares en los que la entrada es más barata.

Sin embargo, las cifras del Estudio General de Medios revelan una realidad insoslayable: el 52,9% de los ciudadanos españoles no acude nunca al cine. Ni una vez al mes. Ni siquiera una vez al año. Nunca. Lejos de encontrar alivio en la otra mitad de la población (47.1%), esta solo acude alguna vez al cine a lo largo de los meses. 

Casi el 20% lo hace menos de 5 veces al año; cerca del 13% va una vez cada dos meses; un 10% asiste al cine una vez al mes y un 5% va dos o tres veces al mes. Lo más asombroso, bajo mi punto de vista, es que solo un 1,2% va una vez a la semana, algo que tampoco resultaría extraño, habida cuenta de que, en el pasado, el cine era una actividad habitual en términos semanales.

Entiendo que el encarecimiento de la entrada es un factor determinante, y que tampoco está la economía para grandes dispendios y gastos, pero también es cierto que no en todos los lugares de España el precio es igual y, sin embargo, la tendencia a no acudir al cine sí es homogénea. A este respecto, es llamativo que en Madrid (8,92 euros), Barcelona (8,70 euros), Guadalajara (8,50 euros) y Valencia (8,26 euros) la entrada de media supere holgadamente los ocho euros, cuando no los nueve; mientras que en Soria (4,50 euros), Melilla (5 euros), Huelva (5,70 euros) y Granada (5,90 euros) el precio oscile de los cuatro a los casi seis euros. 

No obstante, insisto, no se asiste más al cine en los lugares en los que la entrada es más barata, ni tan siquiera sabiendo que hay establecimientos en Sevilla, Málaga, A Coruña, Soria y Huelva en la que la entrada cuesta poco más de cuatro euros.

La cuestión es, sin duda, el cambio de hábitos del consumidor. Asistir a un partido de fútbol, por ejemplo, supone un desembolso medio de 70 euros; de hecho, España es el segundo país con las entradas de fútbol más caras del mundo, tras Reino Unido. Sin embargo, esto no obsta para que en España se acuda a los eventos deportivos en masa. 

Se ha perdido el hábito, han entrado en escena otros protagonistas como las plataformas digitales.

El precio medio de un concierto oscila entre los 14 euros y los 90, en caso de festivales. Pero esto no ha precipitado que se reduzca el número de asistentes a eventos musicales, ni mucho menos. Y qué decir del ocio nocturno, a pesar del encarecimiento del alcohol y de los locales, la generalidad de la población no se priva de salir, al menos, los fines de semana.

Sin embargo, el cine es distinto. Se ha perdido el hábito, han entrado en escena otros protagonistas como las plataformas digitales y la magia de las salas se ha evaporado para abrir paso al pragmatismo de consumir productos audiovisuales (que no cine) a través de cualquier medio y en cualquier formato.

Seguramente se trate de un nuevo paradigma de ocio, no lo voy a discutir, pero el trasfondo amargo de este cambio deja en la recámara a un 1.2% de amantes del cine que nos sentimos, de alguna manera, como el último mohicano. Definitivamente ser freak no es chic.

 

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