Veneno de largo aliento

Veneno de largo aliento

Ojalá más Valerias, más Javis, más apuestas televisivas, de ficción, como estas, y menos estúpidos, menos sabelotodos, menos idiotas.

Daniela Santiago interpreta a 'La Veneno'. Atresmedia

A Valeria Vegas mucha gente la miró por encima del hombro cuando dijo que iba a escribir una historia sobre Cristina Ortiz, la Veneno. Cuando le dio forma en un libro, Digo, ni puta ni santa. Las memorias de ‘la Veneno’, que se autoeditó, siguió la condescendencia, aunque un poco menos. Yo fui una de esas personas. Desde mi posición recelosa con ese tipo de personajes televisivos, de alguna manera también menosprecié esa aventura literaria. 

No es ninguna novedad: me horroriza lo que hizo la tele para construir a la Veneno: usar, abusar, humillar, ridiculizar, todos los verbos malos estuvieron presentes en ese relato. Así que empecé a ver la serie Veneno, producida por Atresmedia y creada por los Javis, con distancia, con recelo, y lo que es peor, con prejuicios. Y con todo eso, el primer capítulo no me gustó. Me sigue chirriando, tras verlo de nuevo, la narración de aquel momento televisivo. Llegó el segundo, conmovedor del todo, tierno, elocuente. Demoledor también. Y me reconcilié. Lo demás ha sido un paseo, un bendito paseo. Pero vamos por partes.

Yo vivo en el lado bueno de la vida, nunca he pertenecido a un colectivo discriminado ni he sido menospreciada, ni ninguneada, ni humillada, ni parodiada por ser quien soy (aprovecho para recomendar el documental de Netflix, Disclosure, por cierto, que deberíamos ver todos para que se nos congelara la risa inoportuna para siempre), así que no había nada en Veneno que me pudiera tocar el corazón. Tampoco estaba muy convencida de esa intención que le presuponía a la serie de intentar convertir a Cristina, a la Veneno, en una abanderada de los derechos de los trans.

Porque, y aquí quiero pararme, la Veneno no fue ninguna activista trans, ni tuvo intención alguna de abanderar nada. No, la Veneno fue Joselito, un niño que en realidad era una niña, malquerido por su madre, maltratado por sus compañeros de colegio, asfixiado por un entorno perverso. La Veneno fue Cristina, una trans que llegó a Madrid y tuvo que ser puta y que fue usada en beneficio propio por  una tele de mierda. Nadie de allí, de aquel programa infame que fue Esta noche cruzamos el Mississipi, quiso convertirla en un referente, ni salvarla de nada. Nadie, ni Pepe navarro, ni los productores, ni los redactores, que estaban a lo que estaban todos en la televisión, buscó abanderar nada lícito, nada con intención de mejorar el mundo, de cambiarlo. Nadie perseguía igualar derechos, visibilizar lo invisible, virar las miradas corrosivas y dañinas. La Veneno solo era la protagonista de un espectáculo televisivo, deleznable, bizarro, patético. 

Por supuesto nadie pensó cómo sería el declive o la caída al vacío. Nadie pensó en qué pasaría con la Veneno al acabar el destello, si podría resistirlo, si volvería al arroyo o si iba a morirse o no. Nadie pensó cómo sería el reverso de la gloria, como serían las noches de aquel niño, ya de mujer adulta, cuando tras esa entrevista violentísima con su madre en el plató, bajo los focos, regresara sola a casa y sintiera todo el desamparo del mundo.

Vaya todo esto por delante. Pero resulta que al otro lado de la pantalla, en aquel 1996, había un niño de 11 años, amado por sus padres, con un entorno afable, atisbando aquella desmesura que era la Veneno y sintiendo algo extraño e inefable. Ese niño también era en realidad una niña, aunque no lo sabía. Con los años fue Valeria Vegas, una periodista corajuda, lista, que persiguió lo contrario de aquel programa de televisión, que paradójicamente le había cambiado la vida para bien: contar la historia de Joselito, de Cristina, de Veneno, con las tripas, desde las tripas, poniéndole el corazón y tratando de llenar todos los huecos que hubo en la vida de aquella pobre mujer, con amor puro, empatía y consideración. A todos los que nos pareció intrascendente, incluida yo: qué perspicaces fuimos, queridos…

Luego, varios años más tarde llegaron los desprejuiciados Javis (Javier Ambrossi y Javier Calvo) y le dieron una potentísima encarnadura audiovisual a una historia tan hermosa como triste, y llegó una televisión generalista como Antena 3 que amparó la producción.

Yo cambié de opinión en el segundo capítulo y me vi la serie entera con ternura. Descubrí que Veneno cuenta muchas cosas, aparte de que la tele es cruel y que, como dice Leiva en la canción compuesta para la serie, Nunca debiste cruzar el Mississipi (¿O sí? ¿o inspiró sin quererlo a más niños como Valeria? ¿o salvó de una vida absurda a tantos otros? Cada vez tengo más dudas y menos certezas).

  Imagen de archivo de Javier Ambrossi y Javier Calvo, 'Los Javis'.Pablo Cuadra via Getty Images

Veneno cuenta que hay que querer a los niños, a los hijos por encima de todas las cosas; que hay que mirarlos bien, mecerlos, darles todos los mimbres para que puedan siempre contar quiénes son. A Veneno, a Joselito, a Cristina, su madre no lo quiso nunca y ella persiguió ese amor imposible hasta el final. Se murió de manera sórdida, sin eso, sin nada: la tele la sostuvo apenas un año, ese fue todo el tiempo que duró la gloria.

Anoche Antena 3 emitió en abierto los dos primeros capítulos (fue lo más visto del domingo, con  2,5 millones de espectadores, y un 16,7%. Y en Atresplayer, el capítulo final fue lo más visto en la historia de la plataforma). La serie es muy cruda para una tele generalista, blanca y poco dada a los excesos, así que era una apuesta arriesgada. Y sí, sí, Antena 3 también perseguía la audiencia anoche, pero el final del camino, las herramientas para recorrerlo, el objetivo a lograr, es bien distinto. Porque anoche, mirando la tele, viendo esta historia tremenda, bien armada, ficcionada con delicadeza, con esmero, había un público dispar, heterogéneo. Había niños, adolescentes perdidos, padres que sospechan sin querer sospechar. Madres que aún se sienten incómodas con tanta feminidad de sus hijos varones y que en el fondo querrían un niño normal. Votantes de Vox, fachas que aún insultan a los trans, transfóbos que no saben que lo son, gente supuestamente normal que aún mira mal, de reojo, con incomodidad, a las exuberantes mujeres que antes fueron Joselitos. Que se mofan, que no entienden, que les parece un capricho el cambio de sexo, que customizan autobuses con el eslogan, “los niños tiene pene, las niñas tienen vulva, que no te engañen”.

Ojalá más Valerias, más Javis, más apuestas televisivas, de ficción, como estas, y menos estúpidos, menos sabelotodos, menos idiotas.

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Periodista, ha trabajado para diarios como Levante y televisiones como Canal 9 y TVE. Es colaboradora de radios como Cadena Ser o RNE. Cubells ha publicado varios libros sobre el mundo de la televisión y también, en colaboración con Marce Rodríguez, el libro Mis padres no lo saben.