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06/02/2021 10:04 CET | Actualizado 06/02/2021 10:04 CET

Verdad y memoria

Hace veinticinco años cayó asesinado en San Sebastián mi tío Fernando Múgica Herzog, 'El Poto'.

ossyugioh via Getty Images

Hace veinticinco años cayó asesinado en San Sebastián mi tío Fernando Múgica Herzog, El Poto. La mayoría sigue arguyendo que ETA lo eliminó por dañar a mi padre, que lo consiguió, y acierta. Hablaban todas las noches a las diez en punto. Lo que se desconoce es que los terroristas, en la cuenta de su haber criminal, lo habían señalado a causa de haberles perjudicado en asuntos de calado que afectaron a los bolsillos de la banda, los que se nutrían del miedo de los vascos mediante el impuesto revolucionario, desde los grandes empresarios hasta los quiosqueros de prensa. Aquella época de muerte pervive, pese a que Sánchez y Bildu pretendan enterrarla.

La serie Patria, y en especial la novela, retratan con exactitud lo acontecido. Sin llamarnos a engaños. En el final de la novela la madre de la víctima y la madre del pistolero se saludan. Parte de la crítica lo ha definido como la representación de la pipa de la paz entre verdugos y víctimas. No es así. Se saludan desde la cortesía vascongada y luego cada una marcha por su lado. La víctima no perdona al verdugo. Ocurre que los verdugos, mediante la Vía Nanclares, están libres. Uno de los verdugos de mi tío, el infame Valentín Lasarte, se cruza con mis primos en San Sebastián. Ni él ni los demás nunca han facilitado datos sobre cientos de asesinatos sin resolver. A la Vía Nanclares se le olvidó a propósito escribir en su articulado que para pisar la calle había que aportar nombres y hechos.

El que no condena, aprueba. La aprobación de Otegi a los atentados es una barrera moral que debería impedir a una persona ética negociar con él.

El Poto, socialista vasco histórico, además de tener una cabeza política amueblada con hormigón, era jocosidad entera, sarcasmo y vitalismo, pero del vitalismo judío tendente a la nostalgia, a la de futuro también. En los años del franquismo defendió a decenas de socialistas encarcelados por sus ideas. Y en la incipiente democracia fue el único que votó en contra de la inclusión en el PSOE de Euskadiko Ezkerra. Sus buenas razones tendría.

El odio a la diferencia y la iracundia a los defensores de la libertad han marcado a fuego a mi familia. Aquí seguimos, en la lucha.

Mis primos han declarado en El Diario Vasco: “Se debe reconocer que en Euskadi hubo durante décadas un proyecto totalitario de persecución ideológica del adversario”. Ahora, en vez de reconocer la evidencia, con contar los muertes resulta suficiente, se solapa y se escabulle en una narrativa distinta escrita a dos manos, la del Gobierno y la de Bildu. La narrativa sobre la incidencia de ETA en Euskadi es negacionista; recuerda con sobrada similitud a la de los supremacistas blancos. La historia, la oficiosa, persistente, al final revela la realidad objetivada. Los calendarios lo arreglarán. El intento de resetear la memoria del mal pertenece a los fascistas. Seguro que Sánchez no es ni será un fascista, aunque en su pacto con Bildu abusa del maquillaje.

Elogiar al nacionalismo sensato de la alcaldía de San Sebastián. Hoy cuelga una placa conmemorativa en la calle Prim, dónde mi tío murió. Y agradecerlo. No lo homenajeamos en el cementerio de Polloe. La pandemia lo impide, y los viajes. Pero mis primos y mi tía descubren la placa. En la intimidad, sus amigos, tantísimos socialistas de bien que lo trataron, seguro que se reirán recordando alguno de sus dardos. La risa dará paso a la reflexión sobre lo que fue y la calcomanía en la que se ha convertido el PSOE.

Verdad y memoria son sinónimos. La verdad cruda de nuestra familia asesinada en los campos de exterminio nazis que luego se prolonga en el disparo a mi tío, relacionado, exactamente igual que el nazismo, con la pureza racial. Sabemos que cuando la banda lo decidió se dijo: “Además lo vamos a matar por ser judío”. El odio a la diferencia y la iracundia a los defensores de la libertad han marcado a fuego a mi familia. Aquí seguimos, en la lucha. Quedan duras batallas por librar, y las afrontaremos como lo hizo mi tío, de frente y por derecho, la cabeza alta, el miedo natural controlado y la espada de la palabra afilada. Eso era El Poto, humanidad en perpetuo movimiento contra los tiranicidas. Quedan pocos de aquella quinta política, que desprecian aquellos que recelan de un pasado que nos les interesa.

Verdad. Lo unívoco que sucede porque se puede explicar. La verdad, ahora, en cualquier ámbito, se desfigura o vacía de contenido. La verdad, revolucionaria, siempre duele y nos obliga a la duda, la que genera el pensamiento crítico, que a su vez origina ideas que mejoran la sociedad. Son tiempos confusos, de un dolor y de una oscuridad contaminantes. Si cada uno de nosotros encendiese una vela que alumbrase a la verdad, ésta nos devolvería una sonrisa de concordia.

Falta otra ley de memoria histórica, la del totalitarismo etarra. La España actual no se entiende sin la franquista y la etarra.

Memoria. La memoria histórica de la maldad es el instrumento esencial para edificar el futuro que no la repita. La memoria de lo que ha sido bello y necesario nos impele a bruñir de renovado coraje lo que toca encarar, a la extrema izquierda y a la extrema derecha. La memoria histórica, la revelada en la abundante documentación, sobre los euskonazis etarras y sus prolongación en Bildu, es un proyectil que derriba muros. En eso estamos. Falta otra ley de memoria histórica, la del totalitarismo etarra. La España actual no se entiende sin la franquista y la etarra.

El Poto lo comprendía y actuaba en consecuencia, en las conversaciones con el gesto serio y adusto, y sobre todo en la risa e ironía marca de la casa, la de su corpulencia pergeñada de bonhomía, de verdad y memoria, de un vitalismo que lanzaba el aullido como el del lobo reclamando a su hembra, en el caso de mi tío la libertad con mayúsculas. La no dispersada, la no manipulada, la no de la conveniencia de nuestra clase política. El Poto, al contemplarlos, les hubiera dedicado frases brillantes y jacarandosas. 

Hay que joderse con los de ahora. Si viraran la vista hacia la verdad y la memoria se encontrarían con un batallón que comandarían mi tío y sus amigos. Son en nuestra memoria y verdad el único reflejo que nos resta para continuar avanzando. El Poto ya habría decidido qué hacer con el falsario PSOE del hoy, al que amó con profundidad y convicción. Yo, en lo que me corresponde, sigo su ejemplo y me dedico a dilucidar lo que pensaría su excelsa inteligencia y exudaría su acorazada humanidad. 

Tío Fernando, te mataron, pero en nuestra memoria y nuestra verdad tus enseñanzas y acciones están más vivas que nunca. Paseas de la mano con nosotros, una mano de hierro que no nos soltará.