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29/08/2021 10:02 CEST | Actualizado 29/08/2021 10:09 CEST

Verdadfobia

Aquí el único miedo y el único odio que existe es el miedo y el odio a la verdad.

REUTERS
Mujeres.

Aquí el único miedo y el único odio que existe es el miedo y el odio a la verdad. Los aterradores acontecimientos ocurridos en Afganistán estas últimas semanas han reavivado en medios y en redes sociales las llamadas al relativismo cultural, recordándonos que la religión musulmana, entre sus muchos hechos distintivos, cuenta con la peculiaridad de ser la única religión que tiene una fobia asociada. Al parecer, no debemos caer en la islamofobia.

Mejor dicho, al parecer, debemos estar vigilantes para que las opiniones contrarias a las brutalidades que están cometiendo los talibanes en aquel país no sea el producto de odios y miedos previos, subjetivos y emocionales, que las personas tenemos hacia el islamismo. Los pacientes fóbicos suelen ser perfectamente conscientes de sus fobias. No es éste el caso.

El recurso a la islamofobia esconde tras la acusación de odio la incapacidad de rebatir los argumentos políticos y éticos presentados

El recurso a las fobias personales es una de las lacras más perniciosas que enturbian los debates públicos actuales. Un grupo autoproclamado de iluminados, atribuyéndose nadie sabe qué cualificación, asume como tarea propia diagnosticar cuál ha sido la motivación de la opinión expresada por alguien, bien fruto de una reflexión racional, bien fruto de un trastorno emocional que se manifiesta en tal opinión, mostrando una querencia casi exclusiva hacia esta segunda posibilidad. Considero de una gravedad intolerable los preceptos religiosos referidos a mujeres y niñas que se van a volver de obligado cumplimiento en el nuevo régimen talibán. Un momento, ¿esta opinión mía está movida por convicciones éticas y políticas, o por miedos y odios inconscientes propios de una persona intolerante?

Y, como todo pecado, una vez sancionado el pecador sólo puede reconocerlo —lo que lo confirma— o negarlo —lo que lo confirma más—. Pero es una inmensa falacia. La motivación psicológica de los juicios es completamente irrelevante en una discusión racional, y el recurso a la islamofobia esconde tras la acusación de odio la incapacidad de rebatir los argumentos políticos y éticos presentados. Como ha explicado con lucidez la filósofa Amelia Valcárcel, cada vez que alguien apela a una fobia no ataca a un argumento, sino a un argumentador. No se intenta avanzar en el debate, sino invocar supuestas taras personales del rival que le desautorizan como debatiente en este tema, lo que demuestra un absoluto desprecio por los principios básicos de ese antídoto de la barbarie que se llama “dialéctica”.

Te acuso a ti de odiarme porque me da mucho miedo la verdad que me estás presentando

No es la verdad un asunto ni fácil ni cómodo. Es una construcción colectiva, que realizamos entre todos mediante un debate racional en donde nadie puede arrogarse un punto de vista privilegiado ni negarle la palabra a otro. Está siempre por terminar y por mejorar. Que la verdad sea provisional no quiere decir que sea subjetiva, y en la objetividad de dicha tarea común nos jugamos la propia idea de humanidad. La única esperanza de que la sociedad no sea el patio de un manicomio pasa por encontrar algo que nos oriente hacia los demás, no que nos ensimisme, que nos relacione, no que nos amontone. Y cada vez que se reducen las opiniones mejor o peor fundamentadas a simples exabruptos emocionales —loqueseafobia— se intenta escamotear el carácter público y social del asunto discutido. Te acuso a ti de odiarme porque me da mucho miedo la verdad que me estás presentando.

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