Vi a un hombre maltratando a su mujer y tuve que intervenir. Luego me di cuenta de mi error

Era la adrenalina lo que me movía en esos momentos, la clase de instinto primitivo que tiene una gacela al avistar a un león.

En una ciudad tan densa y viva como Nueva York, la vida se vive en la calle. La gente utiliza sus bancos, aceras y parques como si fueran el salón de su casa, sobre todo cuando hace buen tiempo, lo que fomenta esa sensación de conexión en la comunidad.

Del mismo modo, la vuelta a casa cualquier noche parece un paseo por un pueblo en el que todo el mundo se conoce, como en La bella y la bestia, solo que en vez de saludarte, te acosan sexualmente.

El hecho de tener a tanta gente en tan poco espacio hace que a veces presencies conflictos muy intensos y episodios de violencia. En los 20 años que llevo en Nueva York, he visto a dos hombres poniéndole la mano encima a una mujer durante una discusión, y ambas veces entré en una especie de trance furioso que me sorprende incluso a mí, ya que soy la clase de persona tímida que se come sin rechistar lo que le hayan traído los camareros aunque se hayan confundido con el pedido.

La primera vez era una universitaria y seguí a una pareja durante varias manzanas mientras el hombre empujaba y amenazaba a su novia. Me sentí en la obligación de “vigilar” la situación. Sin embargo, a mis 20 años, no tenía ni idea de cómo ayudar y me libré de una enorme presión cuando el hombre decidió dejarla en paz y marcharse.

La segunda vez fue hace unas pocas semanas, a plena luz del día en un pequeño parque de Brooklyn, donde estaba cuidando de mi hijo de nueve años y dos amigos suyos. El parque estaba bastante vacío para tratarse de un viernes por la tarde: solamente un par de madres y sus hijos correteando y trepando por las estructuras.

En la otra punta del parque, sentados durante casi una hora, un hombre y una mujer discutían. Las cosas se empezaron a acalorar y los niños vinieron a decirme que esos señores se estaban chillando muy fuerte. Las otras madres empezaron a observar la escena también.

“¿Suele venir mucho a este parque? ¿Alguna vez ha visto a esa pareja?”, me preguntó una madre mientras sacaba el móvil. “Creo que voy a llamar a la Policía”.

Observé a la pareja. Eran muy jóvenes y de raza negra. Luego miré a mi hijo y sus amigos, que también son negros, y deseé sinceramente que la mujer no llamara a nadie”.

Les dije a mi hijo y sus amigos que se fueran a la cancha de baloncesto para tenerlos a la vista, pero lejos de la situación, y seguí observando la discusión, que seguía intensificándose. La pareja se puso de pie. Caminaban nerviosamente por la zona sin dejar de chillarse el uno al otro.

De repente, el hombre se acercó a su pareja y le pegó un fuerte empujón. Me puse en pie instintivamente, pero me di cuenta de que no tenía ni idea de qué hacer. No había ningún adulto alrededor aparte de las dos madres, que estaban jugando con sus hijos, mucho más pequeños que el mío. Me quedé ahí congelada durante un minuto.

“¡OIGA! ¿Está bien?”, me atreví a preguntar a gritos.

“¿Yo? Sí, sí, estoy bien”, respondió la mujer, quitándole hierro al asunto como si se hubiera tropezado con un escalón en el metro.

Se volvieron a sentar y, durante un minuto, las aguas parecieron volver a su cauce. Segundos después, se volvieron a poner de pie y el hombre empezó a lanzar puñetazos al torso de la mujer, recriminándole algo. En esta ocasión no me lo pensé y salí corriendo hacia ellos. Me detuve a unos tres metros y le grité que parara, pero me ignoró y siguió golpeándola a plena luz del día sin preocuparse por nada ni por nadie.

“Las acciones del maltatador solo se habían vuelto más violentas y degradantes desde mi intervención”

Mi visión se volvió un túnel. El mundo entero se estrechó para que me concentrara en ese hombre y en la distancia que nos separaba. Era la adrenalina lo que me movía en esos momentos, la clase de instinto primitivo que tiene una gacela al avistar a un león.

“Tiene que quitarle las manos de encima”, imploré. “No quiero llamar a la Policía, pero tiene que quitarle las manos de encima ya”.

En respuesta, cogió un cubo de juguete lleno de agua que se había dejado un niño por ahí cerca, lo vació sobre ella y se lo puso de gorro. Mientras yo seguía pidiéndole que parara, la empujó contra una valla de alambre y le arrancó la camiseta, dejándola en sujetador y con un tirante roto.

La mujer me miró a los ojos y rogó: “Llame a la Policía”.

Eché a correr a la entrada del parque para leer el nombre en la placa y llamé al 911. Llevaba toda la vida yendo a ese parque con mi hijo y nunca me había fijado en su nombre. Todos los niños y sus padres se referían a él como “el parque de las ranitas” por motivos que aún desconozco.

Mientras le explicaba la situación al agente, el hombre desvió su atención hacia mí y me siguió: ”¿Para qué estás llamando a la Policía?”, me gritó una y otra vez. Me llegaban perdigonazos de su saliva a la cara.

“Siendo mujer, no es buena idea intervenir en un conflicto en el que un hombre está agrediendo a otra mujer”

“¡Ahora viene a por mí!”, informé al agente mientras retrocedía y extendía el brazo hacia el hombre en señal de “atrás, no se acerque”. Estuvimos en esta especie de baile incómodo varios minutos mientras le reiteraba: ”¡Aléjese de mí!” cada vez que avanzaba un paso. Minutos después, llegaron varios agentes a mis espaldas y el hombre huyó a toda prisa.

Como acababa de llamar al 911 hacía pocos minutos, supuse que estos agentes habían acudido a la llamada de la otra madre y me sentí un poco culpable por haber pensado que era una exagerada. Sea como fuere, he de admitir que los agentes llegaron justo a tiempo.

Saqué del bolso una botella de agua sin abrir, se la ofrecí a la mujer agredida y les escribí un mensaje a las madres de los amigos de mi hijo para pedirles que trajeran una camiseta para la mujer.

Los niños habían salido de la cancha para ver el final de la confrontación y me miraban con los ojos como platos, de modo que los llevé a un banco para contarles lo que había ocurrido mientras los agentes interrogaban a la mujer.

Todos estábamos un poco agitados aún, y aunque yo estaba especialmente preocupada por si mi relato podía traumatizar a los amigos de mi hijo, no tardaron nada en volver a la cancha y acabé con la sensación de haber hecho lo correcto.

No obstante, a medida que pasaban los días, dejé de estar tan segura. Me costaba dormir e imaginaba posibles escenarios sobre lo que podría haber pasado si la Policía no se hubiera presentado justo a tiempo o si el maltratador hubiera tenido un arma.

Cuando lo hablé con una amiga que trabaja de abogada en la Policía, me reprendió duramente por mi imprudencia. Según me dijo, es muy peligroso “intervenir en una discusión de pareja”. Una de las madres con las que me llevo bien me dijo que recordaba una historia similar de cuando vivía en San Francisco. Según me dijo, una mujer grabó al maltratador hasta que este se dio cuenta y la apuñaló en la cabeza.

“Quizás no era la anécdota que más te convenía oír ahora mismo”, se disculpó.

Fue a partir de entonces cuando empecé a tomar conciencia de lo temeraria que había sido mi intervención y el peligro en el que me había metido yo sola. Volví a imaginar escenarios en los que me asesinaban ese día y las consecuencias. Ventajas: probablemente saldría en la portada del New York Post, quizás con un buen titular. Desventajas: tres niños traumatizados para el resto de su vida. Y morir, claro.

Una amiga me dio un bote de spray pimienta por si acaso me volvía a encontrar con el maltratador en el barrio y eso me hizo sentirme más segura, pero una duda me rondaba la mente: ”¿Y si he empeorado las cosas?”. Las acciones del maltatador solo se habían vuelto más violentas y degradantes desde mi intervención.

“Empecé a tomar conciencia de lo temeraria que había sido mi intervención y el peligro en el que me había metido yo sola”

Quise saber qué debería haber hecho en esa situación. No podía concebir que tuviera que quedarme de brazos cruzados mientras un hombre agrede a una mujer en la calle, pero sabía que tenía que haber algún protocolo de actuación para apaciguar situaciones potencialmente violentas sin poner en peligro mi integridad física.

Una búsqueda en Google me llevó a Hollaback!, una organización que busca eliminar el acoso en todas sus formas enseñando a la gente a intervenir en situaciones de acoso sexual, acoso por razón de género o por orientación sexual. Me apunté a dos clases virtuales sobre intervención de viandantes.

Las metodologías que enseñan estos cursos no están diseñadas para situaciones que ya se han vuelto violentas. Lo que yo andaba buscando es desescalada de conflictos, para lo que también hay cursos.

La desescalada de conflictos busca conectar y empatizar con el individuo violento para mitigar sus sentimientos. Antes de desescalar un conflicto, hay que observar la situación y preguntarte si eres la persona adecuada para intervenir, teniendo en cuenta factores como si tu identidad o tu género te hacen correr un riesgo mayor.

Por ejemplo, siendo mujer, no es buena idea intervenir en un conflicto en el que un hombre está agrediendo a otra mujer. (La verdad es que habría sido un momento estupendo para contar con la ayuda de un padre en el parque).

Pero incluso si decides que no te conviene intervenir directamente en el conflicto, hay otras cuatro formas de intervenir de forma indirecta.

Una opción es delegar. Consiste, básicamente, en pedir ayuda, sobre todo a figuras de autoridad o las personas que estén al mando en el lugar en el que estés (guardias de seguridad en el centro comercial, asistentes de vuelo en un avión, etc.). También puedes pedir ayuda a otro viandante diciendo algo como: “Oiga, ¿ha visto eso? ¿Puede hacer algo? Yo no puedo, estoy cuidando de mi hijo”. Si colaboran varios viandantes, se crea una atmósfera de seguridad.

Otra opción es distraer al agresor, literalmente. Hacer un ruido alto, dejar caer algo al suelo, preguntarle una dirección a la víctima o empezar una conversación amigable con ella fingiendo que la conoces. De este modo, te centras en el objetivo y el acosador se difumina.

También puedes documentar la situación una vez que la ayuda ya está en camino. Es decir, ponerte a grabar la situación de forma discreta y desde la distancia. A ser posible, graba también señales, placas o monumentos que permitan identificar el lugar, y di la fecha y la hora. Esta grabación solo deberías compartirla con la víctima y dejar que sea ella quien decida qué hacer con ella.

Finalmente, puedes retrasar la intervención; es decir, acercarte a la víctima después del episodio, preguntarle qué tal está y decirle que has sido testigo de lo que ha sucedido. Puedes preguntarle: ”¿Estás bien? ¿Quieres que me siente contigo? ¿Necesitas algo?”. Una mirada de comprensión y el hecho de hacerle sentir que quieres ayudar puede reducir el trauma de un episodio de acoso.

“Si me vuelve a pasar algo así, reflexionaré seriamente sobre mi capacidad para intervenir de forma segura y sobre la posibilidad de empeorar la situación”

En el caso de que decidas intervenir directamente, Hollaback! subraya la importancia de establecer un límite con el agresor desde el primer momento: “Tienes que dejar de hacer ya lo que estás haciendo” y seguidamente centrarte en la víctima para ponerla a salvo sin empeorar la situación.

Mi mayor error fue centrarme en el agresor, algo que ahora sé que agravó el conflicto. Tal y como he aprendido, si optas por centrarte en el agresor, debes hacerlo de forma tranquila, no en medio de un chute de adrenalina, como hice yo.

No podía hacer lo que no sabía hacer, así que tampoco voy a martirizarme pensando en lo que debería haber hecho. La mujer y yo estuvimos hablando después de aquel episodio y espero que ya haya conseguido salir de su red. Mi hijo y sus amigos están bien y quizás hasta hayan aprendido que en esta vida hay que ayudar a quienes necesitan ayuda. (”¡Todos los del parque dicen que eres una heroína!”, me dijo mi hijo al día siguiente. No importa que con “todos los del parque” se refiriera a sus dos amigos).

Si me vuelve a pasar algo así, antes de hacer nada reflexionaré seriamente sobre mi capacidad para intervenir de forma segura y sobre la posibilidad de empeorar la situación. Lo más probable es que siempre sea esa clase de persona que se siente en la necesidad de actuar, pero he aprendido que actuar no tiene por qué significar hacerlo todo, sino que basta con hacer algo. Puede ser tan simple como girarte hacia otra persona y decir: ”¿Ha visto lo que está pasando ahí?”.

Al final, todos estaremos más seguros cuando trabajemos juntos para mantenernos a salvo los unos a los otros y colaboremos en la creación de un mundo mejor.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Manifestaciones contra la violencia machista