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08/04/2021 22:39 CEST | Actualizado 08/04/2021 22:48 CEST

Vine a quemar el mundo

Nunca entiendo muy bien por qué alguien se siente directamente agredido por una opinión.

Joan Amengual / VIEWpress / Corbis / Getty Images
Un grupo de mujeres se manifiesta en el Día de la Mujer en la Puerta del Sol, en Madrid.

Hará unos años, recibí un largo, extraño y preocupado correo de un lector en de una de mis columnas. La larguísima reflexión incluía desde sus críticas a mis puntos de vista “progresistas” (la palabra “progre” todavía no había llegado a léxico colectivo) y en especial, “mi poco decoro”. “Decoro”, pensé enternecida. La palabra más antigua para criticar a otro y parecer educado. Pero lo que, en realidad, parecía inquietar a mi amable lector, no era tanto mis “excentricidades” (así las llamó), sino que me llamara “feminista”. Para el buen hombre, según su propio testimonio “buen padre, mejor esposo, amante incomparable”, la preocupación residía en el motivo por el cual una mujer quería llamarse “así”. Me hizo reír.

El desconocido parecía sinceramente intrigado, como si mi pensamiento político — porque el feminismo es un hecho político, aunque se le interprete como algo más —  le pareciera de lo más curioso y raro. No supe que responder. ¿Alguna vez analizamos nuestras posturas filosóficas e intelectuales? ¿Buscamos el origen, el primer pensamiento que dio origen a todo lo demás? Hasta ese momento, no lo había hecho. O quizás, no veía la necesidad de estructurar mis convicciones en una línea cronológica comprensible.

Pero más allá de eso, me desconcertó el tono condescendiente, muy cerca de la burla solapada. ¡Imagina eso! ¡Una mujer con una opinión política! ¿No es tierno eso acaso? ¿no es adorable? Imaginé a mi interlocutor leyendo mis artículos con la actitud que se suele tomar con una niña que hace pequeñas cosas graciosas. Oh, mírala ¿no es absolutamente enternecedor que una mujer adulta crea puede enfrentarse al patriarcado? ¿no es de una ingenuidad que rompe el corazón sus grandes peroratas públicas? Imaginé al desconocido lector, con el deseo de pellizcar mis mejillas y decir algunos halagos distraídos. ¡Sigue así! ¡Quizás algún día logres alguna cosa de interés! 

Suelo recibir correos parecidos con mucha frecuencia. Las respuestas a mis artículos siempre tienen un ingrediente de cierto ataque pasivo agresivo. En una ocasión, un hombre dedicó unos tres párrafos a hablarme sobre estadísticas sobre muertes en cárceles y víctimas en campo de batalla, sin por lo visto, detenerse un solo momento en analizar la situación por completo distinto de la mujer en situaciones como las que describía. Lo hizo además, dejando uno que otro comentario sobre mi salud mental, mi apariencia física — “sé que las gordas no entienden sobre el sentido de la estética del país ”—  y después, sobre mi conocimiento legal.

Hace poco, una mujer dejó una larga — realmente larga — respuesta a un artículo de cuatro párrafos en lo que reproducía una conversación que sostuve con un amigo sobre su punto de vista del mundo. Me hizo reír que la respuesta era mucho más larga de hecho, que el pequeño fragmento en cuestión. A mi amable lectora pareció enfurecerle que cometiera la imperdonable salvedad de interrumpir a un hombre. Como otros tantos interlocutores, también dejó por escrito que el problema era la forma en que yo veía el mundo, no como el mundo me veía a mí y además, tuvo la ocurrencia de dejar un diagnóstico rápido sobre el motivo por el cual insisto en escribir sobre feminismo. “Mi neurosis”, lo llamó. Lo hizo como si eso pudiera ofenderme, más que sorprenderme y hacer que comenzara a analizar el impacto de las ideas que van contra la corriente en quienes te rodean. 

 — ¿Neurosis? ¿eso dijo? 

Mi psiquiatra siempre está de buen humor. Esta vez no es la excepción. Se echa a reír, me arroja un caramelo en la mano. 

 — El problema no es el machismo, es que yo soy neurótica.
 — Eso es nuevo. 
 — Y es interesante. 
 — ¿En qué sentido? 
 — En el hecho que la opinión femenina está tan infravalorada y convertida en objeto de menosprecio, como para que sea señalada como compulsión psiquiátrica. 

Me gustan los caramelos verdes. Los de M. son además, cítricos y crujientes. Mastico uno mientras ambas pensamos en el asunto. 

 — No es nuevo eso, de llamar loca a una mujer para hacer las cosas más sencillas — comenta — de hecho, hay toda una tradición de tachar de “loca” a una mujer y después de allí, minimizar lo que dice. 
 — La loca del ático.
 — La loca del manicomio — dice mi psiquiatra — durante todo el siglo XIX, hubo una verdadera epidemia de mujeres “dementes” encerradas en manicomios a lo largo de Europa. Por saber leer, opinar, por conversar en voz alta. Imagina entonces, esto que tú has hecho, interrumpir un hombre. 

Me río. La verdad, nunca entiendo muy bien por qué alguien se siente directamente agredido por una opinión. ¿No es más fácil dejarla pasar? ¿No es más sencillo ignorarla? Mi psiquiatra come otro caramelo antes de responder. 

 — De ser hombre, sí. Pero eres mujer. 
 — Y allí, cambia la cosa. 
 — Por completo. 
 — La loca de la casa. 
 — La loca del mundo. 

Suelto una carcajada, pero en realidad estoy preocupada. Así funciona el mundo. Así funcionan las pequeñas cosas temibles que atraviesan lo que llevamos a cuestas, como mujeres, como una nueva generación de…¿qué? ¿brujas?

 — Ah, pero ellas no terminaron en el manicomio.
 — En realidad, las quemaron.

Mi psiquiatra y yo nos quedamos en silencio. Y pienso en todas las mujeres que no tuvieron la oportunidad de tener este debate, que no pensaron jamás que incluso, podía existir. Que jamás asumieron… suspiro, ya no quiero otro caramelo. El 50% de la población tiene estos problemas. De ese porcentaje, no tiene la menor sospecha es en realidad un problema, el silencio y el menosprecio a la voz femenina. Al final, las que pensamos que sí lo es, estamos solas. La neuróticas, las locas, las brujas. 

 — Las que queman el mundo — dice mi psiquiatra — siempre las hay. 

Y yo soy una, supongo.