Carmen
CARLOS PINA
Carmen
POLÍTICA
25/11/2019 07:36 CET

"Me decía que era una inválida que no podía hacer nada sola"

Carmen forma parte del 31% de mujeres con discapacidad que sufren violencia de género.

La pesadilla de Carmen empezó hace tres años. No sólo la suya: la de sus padres, su hermano y sus dos hijos menores, que ahora tienen 13 y 9 años de edad. Carmen tiene un 66% de discapacidad física y psíquica y es superviviente de violencia de género. Su expareja trató de humillarla, la insultó, la amenazó con quitarle a sus hijos utilizando su discapacidad e incluso usó a los niños para hacerla daño. Ella llegó a pensar en quitarse la vida. Pero acabó reuniendo fuerzas para reconstruirla. Aún tiene miedo de salir de su barrio y de pasar por delante de la casa de su ex en metro o autobús. Pero ha mejorado: nada más separarse, “ni siquiera podía bajar a comprar el pan sola”. 

Sus primeros años de matrimonio “fueron fenomenal”, hasta que su hija cumplió tres o cuatro años. Su hijo, cuatro años más mayor, tiene una discapacidad. “Cada uno en casa necesitaba su espacio, pero yo no podía estar para todos”, cuenta Carmen a El HuffPost. A su marido, por entonces, “comenzó a fallarle el trabajo y empezó a beber: No se daba cuenta, me decía que eran un par de cervezas pero no era así”. 

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Cuando Carmen se dio cuenta de que su vida consistía en acompañar a su marido de casa al bar —“era ir a dar una vuelta, tres pasos y meternos en un bar de la esquina”— y recibir insultos y humillaciones, decidió separarse. “Ahí empezó a utilizar el tema de la discapacidad diciéndome que era una inválida y que no podría hacer nada sin él”, recuerda. Era el padre quien llevaba los papeleos y la burocracia de los estudios de los pequeños y por eso, cuando vio en riesgo su matrimonio, comenzó a decirle a su mujer que era una “discapacitada, que no servía para atender a los niños y que me los iba a quitar porque estaba loca”. 

Fue entonces, en esos últimos meses antes de separarse, cuando ella comenzó a pensar en quitarse la vida. “‘Como no me das lo que yo quiero, me voy de putas”‘, me decía delante de los niños”. A ella dejó de apetecerle acostarse con él: “Me decía ‘venga, vamos’, como diciendo ‘venga, que hoy toca’. Y luego era uno rapidito y ‘ala, me voy con mi cerveza y tu si quieres te quedas en la cama durmiendo’”, relata Carmen, “y yo me sentía abusada, era mi pareja y, de romanticismo, nada. Así que pensaba que, muerto el perro, se acabó la rabia, que yo descansaría para siempre y le dejaría hacer su vida con nuestros hijos, pero siempre había algo que me echaba para atrás”, dice.

Mis hijos son los que me dan energía y siempre he tenido a mi hermano y a mis padres de apoyo

Quizá ese algo, aunque ella no termine de verbalizarlo del todo, fuese su familia: “Mis hijos son los que me dan energía y siempre he tenido a mi hermano y a mis padres de apoyo”. Sin ellos, su historia habría sido muy diferente, ya que el respaldo de los suyos ha sido fundamental para pasar el duro proceso al que se ha enfrentado. 

Finalmente se separó. Y se fue de casa a vivir con sus padres. Pero entonces comenzaba la segunda parte de su pesadilla: “Me siguió llamando zorra, insultándome, haciendo de todo... Hasta que decidí pedir ayuda psicológica”. La única ayuda que le ofrecieron fue un psicólogo de la Seguridad Social que la citaba una vez al mes. “La asistenta social me dijo que me veía una mujer fuerte y que no me hacían falta psicólogos, así que aún no me he tratado, estoy saliendo por mi misma y por mis hijos, que siguen necesitando a su madre”, recuerda.

Su hijo mayor tiene una serie de necesidades especiales, como gafas o plantillas: “De eso, de los libros del colegio y de las excursiones me encargo yo, porque aprendí a hacerlo”. Carmen cuenta que su pareja le pasa la pensión “cuando le apetece” y que cuando le toca estar con los niños les dice cosas como que su madre “es una zorra” y “está loca”. “Mientras él les decía todo eso yo les animaba a contarles sus cosas a su padre y que le viesen como un padre normal”, señala. 

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Durante su matrimonio, ni siquiera a la hora de dormir estaba tranquila. “Me dormía por las mañanas cuando él se iba a trabajar, por miedo a que pasase cualquier cosa. Me inflaba a Coca-Cola para mantenerme despierta. La niña dormía entre su padre y yo porque no quería que me tocara”, cuenta. De hecho, al separarse, dejó de beber refrescos cada noche y adelgazó hasta 13 kilos en ocho meses. “Porque cuando me fui de allí sí que dormía sabiendo que los niños estaban con mis padres. Estaba tranquila”. 

Todo esto también ha tenido repercusión en los niños. “Oyen la palabra “cerveza” y es como si oyeran “que viene el lobo”. Su marido no sólo la ha llamado a ella directamente “zorra” o “incapacitada psicológica”, también lo ha hecho públicamente en el grupo de Whatsapp del colegio del niño y de una asociación de niños especiales en la que estaban ambos. “Le han echado de todos los grupos y dice que es culpa mía”. 

Carmen tiene que seguir teniendo una vía de contacto con él por los niños. “Si ahora alguien le llamase, o no lo cogería o lo cogería de forma normal y dirías ‘jo, cómo ha cambiado’, pero a partir de las nueve de la noche que está pasado de rosca, ya es él otra vez”. 

Al ser maltrato psicológico, pensaba que no me iban a creer

Ella no denunció antes porque “al ser maltrato psicológico, pensaba que no me iban a creer”. Pero cuando empezó a acosarla llamando de madrugada a casa de sus padres, decidió actuar. “Les dije a mis padres de dejar a los niños en el colegio e irnos a denunciarle”, recuerda de esa mañana de febrero. Se celebró un juicio rápido en el que su expareja no se presentó. Así hasta cuatro veces. “Como no aparecía le pusieron en búsqueda y captura, pero él me seguía llamando y diciéndome que era una zorra desgraciada”. 

A la cuarta citación del juez, el acusado sí acudió: “Cuando le vi en el juicio mi amiga me tuvo que coger como pudo y sentarme, porque cambié de color. Me negaba a pasar. Sé que es una tontería porque no me podía hacer nada. Pero yo tenía miedo”. 

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Finalmente, el apoyo de sus primas, su hermano y sus padres y el pensar en sus hijos hizo que Carmen reuniese fuerzas para testificar: “Conté todo lo que había pasado y él no se defendió. Lo admitió todo”. El castigo dictado por el juez fueron 10 días de arresto domiciliario. Al pasar esos diez días, Carmen se volvió a cruzar con su agresor por la calle. “Sólo me dijo ‘hola’, pero yo me quedé blanca”. 

Unos días después de haber finalizado el arresto, Carmen recibió la llamada de su cuñada. “Me decían que se lo habían encontrado medio muerto con botellas de alcohol y pastillas, pero no me dijeron en qué hospital estaba ni nada. Su familia cerró filas con él”, cuenta. Pero al salir del hospital, volvió a la carga con el acoso y los insultos: “Al final casi me hizo creer que sí era una puta, una zorra, una sinvergüenza...”

No sólo eso, el agresor también utilizaba a los niños para hacerla daño. “Cuando se iban con él alguna vez el niño ha vuelto con la misma ropa, oliendo a alcohol y tabaco... Un día de reyes mandó a un taxista a buscarlos y me negué a dejar a los niños con un desconocido. La policía vino y me dio al razón”, recuerda. A veces, no les dejaba ir a excursiones del colegio: “Cuando yo le decía que así estaba haciendo daño a los niños él me decía que lo que quería era hacérmelo a mí”. 

El hombre que le hizo todo esto sigue en libertad. Pero, a pesar del miedo, Carmen está reviviendo. Ha encontrado trabajo y empieza a ver la luz. “Sigo teniendo miedo de todo. Incluso de la repercusión que tendrá contar todo esto”, admite. Lo ha contado en su nuevo empleo, donde le han explicado que existe un protocolo de actuación en estos casos. “Me dijeron que él no podía hacerme nada allí”, dice aliviada. 

Cada vez son más las empresas que incluyen este tipo de protocolos, además de cursos para detectar el maltrato en las compañeras. El trabajo es una de las cosas más importantes para las supervivientes de la violencia de género. Tanto por poder ser independientes económicamente como por rodearse de nuevas personas: “Es salir de casa y del barrio y dejar de pensar en si llama, en si me lo encuentro... Me ayuda a evadirme”. Eso sí: aún se siente “incapaz” de tener una relación feliz con otra persona. “Me cuesta confiar en la gente”, admite Carmen. 

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Como les pasa a muchas mujeres, Carmen no tuvo ningún tipo de guía y orientación en su caso hasta que una conocida le recomendó ir al centro de la mujer de su barrio. “Pensé que había estado dos años haciendo el tonto. Me enteré de que así me podían ayudar y darme información sobre cómo pedir un abogado experto en violencia de género, lo que tengo que hacer a la hora de seguir denunciando... Cosas pequeñas que me tranquilizan. Ahora estoy a la espera de que me asignen un psicólogo”, señala. 

El estigma de la discapacidad: temen no ser creídas y son invisibilizadas

Carmen teme lo que pueda pasar este lunes. Junto a otras mujeres con discapacidad forma parte de la campaña de la Fundación ONCE Más que Capaz, que pretende visibilizar la violencia de género y la discapacidad a través de un documental que se hará público. Las protagonistas forman parte del 31% de mujeres con discapacidad que ha sufrido malos tratos por parte de sus parejas o exparejas, según el Informe sobre violencia de género hacia las mujeres con discapacidad, que utiliza datos de 2015. 

Teresa Palahí, secretaria general de esta fundación, asegura que, a pesar de la falta de datos sobre mujeres con discapacidad y violencia de género, resultan un colectivo que tiene un “mayor riesgo de vivir situaciones de violencia”. Esto, según Palahí, es porque interaccionan la variable de ser mujer y la de tener una discapacidad. Fueron los técnicos de inserción laboral de la Fundación ONCE los que notaron un número considerable de mujeres con discapacidad que habían sufrido este tipo de violencias.

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Carmen sonríe feliz. "Lo que me queda es el humor", dice. 

“A raíz de eso, nos pusimos manos a la obra y quisimos aportar nuestro granito de arena para erradicarlo”. Y dicho y hecho: se puso en marcha un protocolo de atención a mujeres supervivientes de violencia de género con discapacidad, se incorporó esta variable en la base de datos y a finales de 2018 tenían identificadas a más de 1100 mujeres víctimas, de las cuales han dado orientación a casi 500 y han logrado que más de 100 de ellas se reinserte laboralmente. En el camino se han encontrado una nuevas variables, como aquellas mujeres que han sufrido alguna discapacidad a raíz del maltrato.

Palahí asegura que parte de la violencia también puede ser institucional, en el sentido de que estas mujeres no tengan los recursos necesarios para ser independientes e ir a denunciar. Algunas, incluso, temen no ser creídas. Sobre todo cuando su discapacidad es intelectual. “Piensan que nadie las va a escuchar”, lamenta. 

Carmen lo creía. Pero al final denunció y asegura que eso cambió su mundo y el de sus hijos: “No es que quiera cerrar el capítulo, es que quiero acabar el libro y abrir uno nuevo. No lo puedo quemar, porque va a estar siempre en la estantería de mi cabeza, pero no quiero volverlo a abrir”.

El número de atención y asesoramiento a mujeres en situación de violencia de género es el 016. Es gratuito y no deja rastro en la factura