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24/08/2019 10:06 CEST | Actualizado 24/08/2019 12:34 CEST

Vírgenes de agosto, amores de verano

Por encima de todo, el verano está para recordarnos las flores de la carne y los errores del frío.

Uwe Krejci via Getty Images

El verano, con su calor parado, se ha instalado en todo lo que hacemos: con su densidad detenida y pegajosa nos descubre la desnudez de las decisiones del invierno, los amores imposibles, las vidas vulnerables, la fatalidad de unos ojos; desnuda, en definitiva, lo que queda del repertorio tras las atorrantes jabonaduras del sol. “De día en la playa era otra cosa. Uno habla con extraña cautela cuando está semidesnudo: las palabras no suenan ya del mismo modo, y a veces uno calla y parece que el silencio destapa por sí solo palabras ambiguas”, escribe el piamontés Cesare Pavese en La playa (La Spiaggia).

El 1 de noviembre de 1950 el papa Pío XII –cuyo controvertido papel en el Holocausto judío aún debaten los historiadores– proclamó el dogma de fe del misterio de la Asunción de Nuestra Señora: es decir, que como reza el texto de la constitución apostólica Munificentissimus Deus, la Virgen “terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Por eso, que todos los 15 de agosto 1.184 vírgenes españolas –verdad absoluta, definitiva, infalible, irrevocable e incuestionable, a decir del papa Pacelli– salen de romería con ternuras estivales y hechuras de terraza, asuntas y celestiales en su levedad agosteña. 

Por encima de todo, el verano está para recordarnos las flores de la carne y los errores del frío, como un memorial de agravios y una oportunidad cuasi dramática para escenificar, como el escritor Gustav von Aschenbach en la playa del Lido, el último vértigo a lo Thomas Mann. Como una cotidianidad a la inversa, la estación canicular nos asaetea la piel libre con los rayos solares colándose por los refilones de la sombrilla y los recuerdos. Las callejas de los pueblos de la costa son siempre estrechas y húmedas, y nos saludan por la mañana con el orín de los borrachos hasta alcanzar, por fin, la playa y la línea de flotación de los cuerpos.

Las mañanas de agosto pasan sin que suceda nada: apenas nos sorprende un pequeño hurto, un niño perdido cuyo nombre se vocea desde los altavoces del servicio de socorro… Las celebridades del papel cuché posando en vacaciones descansan sobre los senos artificiales y los estómagos flácidos de los bañistas, acaso transfiriéndoles algo de su glamour. Solo las mil vestales se atreven, impúdicas, a desparramar sus tersuras exultantes sobre la arena o las zambullen entre las olas mientras los Aschenbach mundanos no les quitan el ojo. El resto disimula la celulitis con el pareo milagroso y el bañador de geranios. 

Por encima de todo, el verano está para recordarnos las flores de la carne y los errores del frío.

El calendario del mes marca sus días y sus noches entre verbenas milenarias, ritos célticos renovados de los que huyen, solitarios donjuanes de pasiones inútiles imaginados por Françoise Sagan, como Raymond, el papá de Cécile que, enfebrecido, persigue sacerdotisas por el Mediterráneo para darles después los buenos días, tristeza. El mundo es más ligero en agosto, más somnoliento y erotizante, jalonado de paseos melancólicos de tablas que conducen a orillas sentimentales del Jarama, cines en Zúrich con idilios de verano soñados por Patricia Highsmith, plazas napolitanas a las que va Elena Ferrante y bares de jazz, como los de Murakami en Pinball 1973. Los besos de nácar van cuajando los atardeceres y se suceden como mordiscos de fruta y sabor a mar: un nuevo amor, ataviado con lo mínimo, ejerce labores de improvisada pitonisa, sin preguntas ni requerimientos. El verano es caritativo y generoso con los tiempos y seres extraños, siempre breves y fugaces, que solo hacen su asamblea en este tiempo al son de la salsa de un lejano chiringuito. El decimonónico y decadente casino, mientras tanto, pinta con sus letras de rosa fluorescente los reflejos acuáticos de los amantes.

Las imágenes vistas el resto del año emergen del agua helada del verano en todo su desabrigo, con posado verdadero: tenemos más tiempo para pensar y las muchachas no caminan por las escaleras del puerto con tacón fino porque se caen de bruces. Entonces, en su estatura real, se reafirman sobre el suelo con la gravedad de la sandalia, como delicadas y vulnerables reinas de un templo azteca caminando parsimoniosas junto a los padres a ejecutar el rito sacrificial de la langosta y la almeja. 

Finalmente, en las alcobas, el olor de la piel quemada y el salitre nos adormece en las equidistancias del vino fresco, que restituye el orden de las cosas a su justa medida, nos las hace más soportables y nos convida a escribir sobre las vírgenes bendecidas de agosto y sus últimos amores de vela, plata y oro. La fe en los eternos amores de verano: absolutos, definitivos, infalibles, irrevocables, incuestionables.

 

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