Vivo con mi exmarido y su nueva mujer y nos va de maravilla

Mi exmarido y yo seguimos siendo compañeros de vida, solo que ya no estamos atados legalmente ni enamorados.
La autora y su hija.
La autora y su hija.

Divorcio es una palabra prohibida en mi casa. El divorcio en nuestra sociedad a menudo se asocia al fracaso. Fracaso del matrimonio. Fracaso de las relaciones. Incluso fracaso como padres. Pero no en mi caso. En mi matrimonio, no hubo ningún fracaso. Simplemente, la gente cambia y el amor va y viene y no pasa nada.

No sé cómo ocurrió ni por qué. Tal vez empezamos a salir demasiado jóvenes, nos fuimos a vivir juntos tras solo seis meses juntos y nos casamos un mes después. Podría argumentar que ser polos opuestos fue la principal causa del divorcio: distinto gusto con la música, la comida, los lugares de vacaciones... Podría decir que él es una persona introvertida y yo soy muy extravertida, que venimos de culturas muy distintas, etc., pero la realidad es que no sé cómo pasó. Solo sé que un día me di cuenta de que no estaba enamorada de este hombre y no quería estar en un matrimonio sin amor.

Así pues, nos fuimos distanciando. Nuestras carreras profesionales se separaron, nuestros valores evolucionaron y 13 años después de casarnos, éramos dos personas completamente diferentes. La nuestra se convirtió en una relación de conveniencia y cada día parecíamos más compañeros de piso que marido y mujer. Dicen que las relaciones tienen altibajos, pero a mí me parecía que lo nuestro era una enorme llanura. Comíamos juntos y hablábamos, pero eran charlas superficiales y solo trataban de los temas básicos de cuando vives con otra persona y compartes una hija. No había amor romántico ni lo había habido en años. ¿A qué campamento de verano la llevaríamos este año? ¿Qué podíamos organizar por su cumpleaños? ¿Hemos pagado el seguro del coche y las facturas y tirado la basura?

“Solo voy a vivir una vez y quiero ser feliz en una relación repleta de amor”

Cuando por fin empezamos a hablar sobre el divorcio, él se asustó porque no tenía ni idea de cómo hacerlo bien. Tenía miedo de que destrozara nuestra familia por la experiencia que había tenido él al divorciarse sus padres cuando tenía 8 años.

Era importante para ambos seguir teniendo la misma presencia y mantener una relación cordial por el bien de nuestra hija, pero era evidente que el matrimonio estaba agotado. Aunque a él le pareció triste, yo me sentí liberada. Él no quería divorciarse, así que le propuse intentar una separación consciente. Éramos una familia y eso no iba a cambiar nunca. Él siempre sería el padre de mi hija y yo tampoco iba a dejar de ser la madre de su hija. Nos respetábamos como adultos y como padres, solo que ya no íbamos a estar casados.

Y eso es lo que le contamos a nuestra pequeña de 7 años cuando le explicamos el cambio. Tuvimos cuidado de no mencionar las palabras divorcio ni separación: íbamos a dejar de ser pareja. Le dijimos que papá se mudaría al piso de abajo (es lo bueno de las casas de varios pisos de California) y que yo dormiría en el dormitorio de siempre. Y que, aparte de eso, no iba a cambiar nada. Seguiríamos yendo al parque los fines de semana en familia. Seguiríamos cenando juntos los viernes en nuestros restaurantes favoritos. Compartiríamos nuestra casa y nuestro tiempo con ella.

“La nuestra se convirtió en una relación de conveniencia y cada día parecíamos más compañeros de piso que marido y mujer”

Compartir la misma casa tenía sentido desde el punto de vista financiero, aunque sabíamos que habría momentos incómodos. Ese día llegó cuando tuvimos que hablar sobre nuestros visitantes nocturnos para poner ciertas normas. Fue extraño hablar de esto con una persona a la que había sido fiel durante 13 años, pero lo importante era hacer las cosas de manera civilizada. Nos comprometimos a vivir de forma más privada (tampoco fue difícil porque ya llevábamos años viviendo como simples compañeros de piso) y solo presentarles a nuestra familia a las personas con las que de verdad fuéramos en serio.

La comunicación con mi hija fue fundamental, sobre todo para que entendiera que mamá y papá iban a empezar a verse con otras personas. Por eso, mi hija y yo empezamos a tener reuniones semanales. Íbamos a su pastelería favorita, ella traía su agenda, yo la mía, y planificábamos un horario para hacer cosas juntas. Hablábamos de cosas superficiales, como el día a día en el cole, qué quería comer esa semana, mis horarios de trabajo, a quién le tocaba recogerla a la salida y cuándo dormiría en casa de la abuela.

Pero también hablamos sobre la familia. Mi hija tiene amigos cuyos padres han pasado por divorcios desagradables y tóxicos y le preocupaba que eso también le pasara a nuestra familia, de modo que era importante hacer todo lo posible por mantener una relación cordial y sana por el bien de nuestra hija.

Así iba a ser su familia ahora. Mi historia familiar, en cambio, era muy diferente. La mía era una familia mexicana muy tradicional que no terminaba de comprender nuestra situación. Mi padre falleció después de 48 años de matrimonio. Antes de eso, cuando les contamos a mis padres nuestra decisión, se quedaron perplejos y disgustados. ¿Cómo demonios iba a funcionar algo así? ¿Por qué querríamos seguir viviendo juntos? ¡Menuda locura! ¡Piensa en tu hija!

“Es genial repartirnos la crianza de nuestra hija sin la presión de intentar que funcione nuestro matrimonio para complacer a los demás”

En realidad, vivir con mi exmarido no es complicado en absoluto. Nos tenemos un enorme respeto y compartimos las tareas del hogar, así como nuestras obligaciones como padres. Nuestra amistad y confianza ha crecido y, sinceramente, ha sido genial repartirnos la crianza de nuestra hija sin la presión de intentar que funcione nuestro matrimonio para complacer a los demás.

Hace casi tres años, solamente un año después de nuestro divorcio, mi marido empezó a salir con una persona y se enamoró. No me puse celosa ni me molestó. Ya llevaba mucho tiempo sin sentir amor por él y ahora por fin podíamos buscar en otras personas el amor que ambos nos merecíamos. Me alegré por él. El año pasado, se casaron, y sí, seguimos viviendo juntos y nos llevamos bien. Un hombre feliz es mejor padre y me he dado cuenta de que su nueva esposa le ayuda a sacar lo mejor de sí mismo. Me alegra verlo, pero también soy consciente de que en algún momento nuestras vidas tomarán caminos distintos. Nuestro compromiso de seguir viviendo juntos no es para siempre, sino solamente hasta que nuestra hija empiece la Universidad y se vaya de casa.

Creo que su mujer se quedó un poco conmocionada cuando me conoció. Al principio, tuve que esforzarme mucho para dejarle claro que no estaba interesada en volver con mi ex y que nuestra relación giraba exclusivamente en torno a nuestra hija. Estoy segura de que necesitó tiempo para procesar la información y acostumbrarse, pero creo que lo ha hecho muy bien. Lo que más me gusta de ella es que quiere a mi hija y lo demuestra. Hasta mi madre lo nota. Ahora, las cenas familiares de verdad lo son: nos reunimos nosotros cuatro y mi familia conservadora.

“Era importante hacer todo lo posible por mantener una relación cordial y sana por el bien de nuestra hija”

Mi vida amorosa, en cambio, es más complicada. Tener una cita con una madre soltera que sigue viviendo con su exmarido y su nueva mujer no es algo muy habitual ni una carta de presentación muy favorecedora en una aplicación para ligar. No voy a esconderme: en algunos momentos me he sentido muy sola.

Sé que algún día encontraré a una persona que entienda por qué he decidido vivir así. El matrimonio puede ser el pilar de una familia unida, pero también es posible romper un matrimonio sin romper la familia. Es posible divorciarse de forma amistosa y con respeto. Solo voy a vivir una vez y quiero ser feliz en una relación repleta de amor. Mi primer matrimonio no lo fue, pero ojalá que el próximo sí lo sea. Poner fin al matrmonio no es un fracaso, sino una muestra de madurez y responsabilidad. Solo si es necesario, claro.

La verdad es que de este modo, mi exmarido y yo hemos podido reconciliarnos de forma cordial antes de que nuestra relación se volviera tóxica. Al hacer lo que hicimos, hemos podido mantener la unidad familiar para que evolucionara de la mejor forma posible para nuestra hija y para nosotros mismos. Seguimos siendo compañeros de vida, solo que ya no estamos atados legalmente ni enamorados. A nosotros nos funciona y doy gracias por ello.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.