'Voltaire', alimento para la mente y para el espíritu

"Un momento de paz y de sosiego, un momento de calma, para escucharse".
'Voltaire', alimento para la mente y para el espíritu.
Dondykriga
'Voltaire', alimento para la mente y para el espíritu.

La cita obligada y obligatoria de la cartelera es el estreno absoluto de Voltaire en el Teatro Quique San Francisco (antes conocido como Teatro Galileo, en Madrid). Lo es por su autor, Juan Mayorga, uno de los mejores dramaturgos españoles y, seguramente, internacionales. Y lo es por su director, Ernesto Caballero, que está en vena y ha estado dejando un interesante reguero de puestas en escena últimamente. Los dos forman el equipo que tuvo un inmenso éxito con La tortuga de Darwin que protagonizó Carmen Machi.

Obra reflexiva, discursiva, en la que se mezclan tres historias. La primera, el análisis hasta la saciedad de un relato incluido en el Génesis. La segunda, la de un joven fabricante de mapas a la carta que hace públicos en Internet y la protección de datos. La tercera, el conflicto entre una alumna de un curso de dirección teatral y la directora académica del centro por la obra de Voltaire que la primera quiere mostrar como ejercicio de fin de curso y la segunda no quiere que muestre.

Tres obras. Tres conflictos. Pues para este autor, de corte clásico, el teatro es conflicto. En el primer caso, el conflicto existente entre los dos puntos de vista sobre el cuento del Génesis. Un debate a dos sobre su significado. Dos puntos de vista que permiten a cada personaje presuponer quién es el otro. Si dices esto, si lo dices así, ¿es posible que sea…? Donde las personas se muestran por lo que dicen y piensan y por cómo lo dicen y lo piensan.

La segunda, en la que dos personas, posiblemente policías, interrogan a un editor de mapas personalizados para tratar de sonsacarle cuáles son las fuentes de las que obtiene los datos de sus mapas. Un editor de mapas al que se puede contratar por Internet para que en los mapas de ciudades reales señale distintos puntos en los que tiene interés el cliente. Un cliente que gracias a la red, puede quedarse en el anonimato.

A veces le piden que señale domicilios y localizaciones con nombres y apellidos. Cosas como dónde viven los jueces, las mejores casas okupables calificándolas según la dificultad para ser desalojadas una vez okupadas, los lugares que un diputado concreto visita a lo largo del día, dejando en evidencia lo poco que está en Las Cortes, o sus visitas a lugares de no muy buena reputación.

Por último está el conflicto entre la directora de una escuela de teatro y su alumna más brillante empeñada en montar una mala obra de Voltaire, que nunca se nombra, pero que podría suponer un desdoro para la escuela. La alumna apoyando su decisión en todo lo que aprendió de su directora y maestra. La maestra desdiciéndose de que esos argumentos que esgrime la alumna fuese lo que ella enseñó. Los jóvenes que ni siquiera aprenden la primera lección.

El elenco de la obra.
Dondykriga
El elenco de la obra.

Obras que se mantienen y mantienen el interés y el silencio del público, que ni tose, antes que nada por la escritura de Mayorga. Obras sencillas y ásperas, sobre todo para aquella persona que busca en el teatro peripecia, anécdota o chiste. Obras que ofrecen un dilema. Un dilema ante el que tiene que posicionarse el público. Una audiencia a la que se le dota de argumentos para colocarse en un lado y su contrario a la vez.

Una audiencia a la que se le ofrece food for though (alimento para la mente). Más dudas que certezas para que se haga preguntas pertinentes sobre lo que pasa y lo que le pasa. Preguntas que les permitan pensarse una respuesta, posicionarse. ¿Es justo difundir dónde viven los jueces? ¿Y si esa información pone de manifiesto que viven todos en los mismos barrios desde donde juzgan a los otros barrios donde no vive ninguno de ellos? ¿Tiene eso algo que decir de la justicia?

Caballero no se corta. Se apunta a la austeridad y a la sencillez. Y comanda un equipo de cuatro actores a los que coloca (casi) siempre en el borde, en el límite de un cuadrilátero blanco que ocupa el escenario, cuando no directamente fuera de campo. Aunque tengan texto, tengan algo que decir. Una idea, un comentario, que por la situación en la que coloca a los actores podría pensarse que son marginales.

Elenco irregular en su forma de interpretar, pero del que el director es capaz de sacar la actitud, la presencia y la fuerza necesarias para que en escena suceda la poesía. La poesía que está en el texto, pues Mayorga no entiende un texto sin ella. Sin misterio y sin concreción. Algo que es así, tal y como está construido, para poder decir.

¿Decir el qué?, podrán preguntar muchos de sus espectadores. Desde luego, sobre Voltaire como personaje se dice poco. Lo importante es su espíritu, su impulso a defender la tolerancia, la empatía, la compasión y la justicia. Términos que vuelan sobre el escenario y que parecen concretarse en ese gran espacio central y blanco. Aunque solo son dichos, definidos y argumentados por los personajes de la obra.

Términos definidos con altura. La que permite solicitar a las personas lo mejor de sí mismas para poder tener una vida mejor. Una vida buena. Sin embargo, el hombre es falible. Algo que también ejemplifica Voltaire. Tan buen ensayista y tan mal dramaturgo. Tan lleno de buenas intenciones hacia sus semejantes, a la vez que deseaba la condena a muerte de Rousseau y su ejecución.

¿Qué tiene, pues, Voltaire que ofrecer a un público contemporáneo que viste en vaqueros, lleva sneakers y se cuelga pendientes como los personajes de la obra? Ofrece un momento de paz y de sosiego, un momento de calma, para escucharse, para preguntarse y buscar preguntas y respuestas propias construidas a partir de argumentos y experiencias que pueden ser contradictorias. Cada espectador las suyas, seguramente no muy diferentes de las personas que se sientan a su lado. Darse cuenta de que todavía hay debate, hay partido. Nada está perdido, aunque se esté siempre analizando el mismo cuento.