Votar al Partido Demócrata no será suficiente en la nueva era post-Roe

En los escenarios más pesimistas, los republicanos podrían terminar con una abrumadora mayoría en 2025.
Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes.
Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes.
VIA ASSOCIATED PRESS

El jefe de la mayoría demócrata de la Cámara de Representantes, Jim Clyburn, definió la decisión del Tribunal Supremo de anular el caso Roe contra Wade como “anticlimática” porque la decisión ya se había filtrado hace tiempo.

El 24 de junio, decenas de demócratas de la Cámara de Representantes, en lugar de unirse a los cientos de personas que protestaban ante el Tribunal Supremo, se situaron en sus escaños y cantaron Dios Bendiga América para celebrar una ley bipartidista de control de armas muy criticada por su escaso efecto en la práctica.

El día en que el Tribunal Supremo dictó una sentencia profundamente impopular que restringe el derecho al aborto (prohibiendo de facto el aborto en más de 20 estados), los principales demócratas del país tenían relativamente poco que decir que no hubieran dicho ya.

¿Su principal consejo para la gente a la que representan? “Votadnos”.

“Este otoño, debemos elegir más senadores y diputados que plasmen por escrito en la legislación federal el derecho de la mujer a elegir”, declaró el presidente Joe Biden.

“Este fallo del Supremo es indignante y cruel. Pero no se equivoquen: todo depende de la papeleta de noviembre”, añadió la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

Para los jóvenes progresistas y liberales del país, ante la eliminación de un derecho constitucional y un juez del Tribunal Supremo que ya ha declarado su intención de permitir que los estados prohíban el matrimonio homosexual y los anticonceptivos, el mensaje fue profundamente insuficiente.

La demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, una de los pocos millennials del Congreso (32 años), fue quien mejor ejemplificó esa indignación.

“Esto no es algo que se vaya a resolver en un día, o en unas elecciones, o en un año. Esta es una lucha generacional”, clamó a través de un megáfono frente al Tribunal Supremo.

“Tenemos que llenar las calles. Votar en las elecciones no es suficiente”, continuó. “No os voy a decir que dejéis de votar, porque tenemos que presentarnos en todas partes. Las elecciones por sí solas no van a salvarnos, pero necesitamos presentarnos a las urnas; eso es lo mínimo”.

La valentía de Ocasio-Cortez por decirles a los liberales que se preparen para una lucha de décadas por el futuro del país contrasta con el pensamiento cortoplacista de los líderes septuagenarios y octogenarios del Partido Demócrata, que al parecer tienen poco que decir sobre la crisis que afronta el partido.

“Esto no es algo que se vaya a resolver en un día, o en unas elecciones, o en un año. Esta es una lucha generacional”

- Alexandria Ocasio-Cortez, diputada demócrata

El Partido Demócrata, con una escasa mayoría en ambas cámaras del Congreso, se enfrenta a debilidades obvias de cara al futuro. El Senado (y, en menor medida, el Colegio Electoral) otorga a los votantes blancos rurales un poder masivamente desproporcionado, y los demócratas están perdiendo su apoyo de forma clara. Los votantes negros y latinos, que constituyen una parte importante de la base del partido, están concentrados en grandes estados que los vuelven políticamente débiles. Además, es poco probable que la mayoría conservadora de 6-3 en el Tribunal Supremo cambie pronto.

Está previsto que el problema se agrave en 2024, cuando varios senadores demócratas de estados republicanos —Joe Manchin, de Virginia Occidental, Jon Tester, de Montana y Sherrod Brown, de Ohio— se enfrenten a la complicada tarea de lograr la reelección contra un candidato republicano que probablemente gane por 10 puntos o más. En los escenarios más pesimistas, los republicanos podrían terminar con una abrumadora mayoría en 2025.

Los progresistas tenían ideas para solucionar este problema: añadir a D.C. y Puerto Rico como estados al mapa electoral haría que los sesgos del Senado fueran menos pronunciados. La eliminación del requisito de 60 votos del Senado facilitaría la aprobación de leyes populares, lo que podría recuperar a algunos de los votantes blancos rurales descontentos. Algunos sugirieron añadir más jueces al Tribunal Supremo para contrarrestar el dominio conservador.

Una por una, los demócratas desecharon estas ideas. Manchin y la senadora de Arizona Kyrsten Sinema se opusieron a todas ellas.

Hay otra teoría, quizás asociada con el analista de datos demócrata David Shor, por la que el partido está dando marcha atrás en su giro hacia posiciones más sociales en los últimos años para recuperar a los votantes blancos rurales. Pero los líderes del partido han dado pocos indicios de que piensen moverse en esta dirección.

Así pues, cuando los demócratas les dicen a los ciudadanos que les voten a ellos, en realidad están diciendo: votad un Senado que está sesgado contra los negros, los latinos y cualquier persona que viva en una gran urbe. Rezad para que el Partido Republicano no os haya dificultado demasiado el voto. Rezad para que vuestro estado no haya sido manipulado para no suponer ninguna diferencia en el Congreso o en las legislaturas estatales.

Si los demócratas consiguen superar estos obstáculos, se verán frenados de nuevo por un requisito extraconstitucional de 60 votos en el Senado. Si también logran superar eso, su ley tiene que ser aprobada por una mayoría conservadora del Tribunal Supremo que ya ha mostrado sus tendencias en casos precedentes.

La simple existencia de este Tribunal Supremo es una prueba de que votar no es suficiente. Cinco de los seis jueces conservadores —John Roberts, Samuel Alito, Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett— fueron nombrados por presidentes que perdieron el voto popular. Esas mayorías republicanas del Senado que los votaron nacieron con el respaldo de una minoría de los estadounidenses.

“La simple existencia de este Tribunal Supremo es una prueba de que votar no es suficiente”

Cristina Tzintzún Ramírez, presidenta de NextGen America, la mayor organización para atraer a los jóvenes votantes progresistas, afirma entender de dónde viene ese cinismo.

“En la mayoría de los asuntos en los que los estadounidenses están de acuerdo, ya sea la seguridad de las armas, el aborto o el aumento del salario mínimo, hemos visto un estancamiento en Washington”, expone. “La última decisión del Tribunal Supremo muestra que hay algo roto en la democracia estadounidense. Tenemos jueces extremistas que deciden lo que sucede con los cuerpos y la salud de millones de personas sin ninguna responsabilidad, y completamente fuera de sintonía con la gran mayoría de los estadounidenses”.

En lugar de contar con los políticos, Ramírez recomienda mirar a los votantes jóvenes, que son mucho más liberales que las generaciones precedentes. Los millennials y la Generación Z son mucho más propensos a pensar que la diversidad es buena para la sociedad, a querer que el gobierno desempeñe un papel activo en la resolución de problemas y a preocuparse por el cambio climático. Han puesto en marcha movimientos (como la Marcha por Nuestras Vidas y el Movimiento Sunrise) que han reconfigurado la política progresista.

Convertir las creencias en políticas públicas es difícil, pero también al movimiento conservador le ha costado casi cinco décadas y mucha suerte política conseguir finalmente anular el caso Roe contra Wade. Y, a medida que el número de Baby Boomers disminuye, los millennials y la Generación Z pronto constituirán la mayoría del electorado estadounidense.

“No he puesto mi esperanza en un político en particular, sino en los jóvenes de Estados Unidos que tienen la capacidad y los números para marcar una dirección diferente para nuestro país”, sostiene Ramírez: “Votar es lo más básico que debemos hacer, pero no es lo único. Tenemos que movilizarnos, marchar por las calles y organizar a otros en nuestras comunidades. No basta con elegir a los políticos y esperar que ellos hagan lo correcto”.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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