INTERNACIONAL
17/10/2020 21:27 CEST

Vuelos a ninguna parte: la nueva moda para quitarse el mono de viajar

Subes al avión y bajas horas después en el mismo sitio. Controles y rutinas como las de antes, pero para un paseo panorámico por tu propio país. Se agotan los billetes.

James D. Morgan via Getty Images
Pasajeros del vuelo de Qantas, el pasado 10 de octubre, en Sidney.

El coronavirus es un efectivo bloqueador de fronteras. Los países han echado el cierre en sus confines y en sus puertas de entrada (aduanas, puertos, aeropuertos, estaciones), tratando de contener el mal, al menos, en el nivel de los contagios locales. En un mundo globalizado, el impacto ha sido formidable. Y el turismo, claro, ha sido uno de los sectores más afectados.

Se viaja por obligación, pero también por devoción, y a algunos les puede tanto el mono que son capaces de pagar por emprender un viaje con idéntico origen y destino. Apenas un paseo para repetir la rutina que tanto añoran. El pasado verano se conocieron los primeros intentos y ahora se están popularizando los llamados vuelos y cruceros a ninguna parte, una iniciativa de aerolíneas y navieras en la que ofertan una experiencia completa de viaje, desde el control a las colas y la facturación, pasando por la comida en bandejas, las explicaciones de seguridad, una vuelta dentro del mismo país y regreso a casa. No hay viaje en sí -“traslado que se hace de una parte a otra”, dice la RAE-, sino movimiento y parafernalia. Muy cara y muy contaminante, además.

Asia y Oceanía concentran la oferta. La australiana Qantas, las taiwanesas Starlux Airlines y EVA Air, Singapore Airlines, All Nippon Airways,y Royal Brunei Airlines son algunas de las aerolíneas que han comenzado a vender este servicio, tan extraño como demandado. La propuesta ofrece la oportunidad de volver a volar, especialmente en territorios donde hoy en día permanecen vigentes las restricciones fronterizas en rutas internacionales como también nacionales. Si bien la duración de los vuelos y los servicios de entretenimiento a bordo varían de acuerdo a cada aerolínea, el aeropuerto de salida y llegada es siempre el mismo.

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Pasajeros del vuelo de Qantas QF787, divisando el Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta. 
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La capitana Lisa Norman, de la aerolínea Qantas, el pasado 10 de octubre, antes de subir a su avión, con actores que entretienen la espera de los viajeros. 

Hay vuelos de entre 90 minutos y siete horas. Comienzan en aeropuertos engalanados para atender a los viajeros, a los que se recibe con teatro y música y se les regala merchandising de cada firma, y siguen en aviones de los más cómodos y amplios que tienen disponibles. Dependiendo de los casos, la mascarilla es o no obligatoria.

Una vez a bordo, la oferta se diversifica: se hacen tours panorámicos por las joyas naturales del país (con guía incluido, como en el clásico autobús), se buscan amaneceres y atardeceres, se vuela todo lo bajo que se puede para ver el paisaje en detalle, se hacen degustaciones culinarias, y hasta fiestas temáticas, hawaianas o por el día del padre. Si es posible, se emplean las aeronaves más emblemáticas de cada casa, como el Hello Kitty A330 Dream de EVA Air.

Qantas, que ha sido la última en sumarse, el pasado 10 de octubre, ha explicado que en diez minutos vendió su oferta para despegar desde el aeropuerto de Sidney y retornar al mismo sitio, con el reclamo de sobrevolar el monte Uluru, la Gran Barrera de Coral, Byron Bay y la capital australiana. Ha empleado el avión Boeing 787, reservado para vuelos de larga distancia, e incluye sala VIP previa, menú de chef, pijamas y bolsas de aseo de regalo. 

“Muchos de nuestros viajeros frecuentes están acostumbrados a estar en un avión cada dos semanas y nos han dicho que extrañan la experiencia de volar tanto como los destinos mismos”, declara Alan Joyce, CEO de Qantas Group en un comunicado oficial. No los precios, a unos viajeros con alto poder adquisitivo: entre 500 y 2.400 euros por billete, dependiendo del tipo de vuelo, con una capacidad para entre 150 y 300 personas, según la comparación hecha por el New York Times

Aunque aún gatea, la oferta también se ha trasladado al mundo de los cruceros. De nuevo, el barco se mueve pero sin escalas. No va a ninguna parte. La aventura empieza y acaba en la misma nave, pero el barco se aleja de la costa hasta aguas internacionales, donde puede abrir sus tiendas sin impuestos y los casinos. En este caso, la oferta de ocio es infinitamente mayor que en el caso de los aviones. Los viajes duran dos o tres días y ya se habían puesto en marcha hace años en EEUU o Noruega, aprovechando la temporada baja de cruceros. 

Las navieras Genting Cruise Lines y Royal Caribbean Internacional han anunciado ya que, en noviembre, emprenderán estos viajes en Singapur, con el 50% de la capacidad del crucero, apunta el Departamento de Turismo de la ciudad-estado. “Estas travesías piloto son una valiosa oportunidad para que los operadores reinventen la experiencia de los cruceros con el objetivo de recuperar la confianza de los pasajeros”, apunta Keith Tan, director ejecutivo de organismo gubernamental, citado por AP. 

Las compañías también defienden su extravagante propuesta por varios argumentos: “ayudan psicológicamente a personas que adoran viajar”, “supone una oferta de ocio y cultural nueva, cuando las demás se han reducido”, y, sobre todo, permite mantener a parte de las plantillas, cercenadas por la crisis de la pandemia y el frenazo al sector. “Es una manera de contribuir a la economía”, insisten en Air Baltic, la primera aerolínea europea en sumarse, que el 25 de octubre un tour sobre Curlandia (Letonia), que permitirá disfrutar de la puesta de sol sobre el mar Báltico.

Sólo en España, entre junio y agosto -los meses clave de turismo, y los primeros de la nueva normalidad-, España ha perdido dos tercios de los vuelos que tenía el año pasado y casi el 80% de los pasajeros, según los datos de la Asociación de Líneas Aéreas (ALA). En septiembre se operaron apenas el 40% de los vuelos y la segunda ola de coronavirus amenaza con mantener esos malos datos, con apenas la mitad de los vuelos hasta que acabe la temporada invernal. Una bajada extrapolable al resto del mundo desarrollado, constatan, donde incluso tótems como Lufthansa han tenido que ser rescatados, en este caso, por el Gobierno de Alemania

¿Y el clima?

Y surge la pregunta, claro: ¿un viaje para quemar combustible y contribuir al cambio climático, sin más propósito que el entretenimiento y el desahogo de unos pocos de ricos? La ONG SG Climate Rally fue la primera en emitir en comunicado en el que, dejando clara su solidaridad con las plantillas de estas compañías en crisis, se mostró muy crítica con la iniciativa, especialmente las aéreas. “Primero, incentiva los vuelos que emiten mucho carbono sin justificación y, segundo, es sólo un parche, que distrae de las políticas y los cambios de prioridades necesarios para mitigar la crisis climática”, señala. Se puede estar viendo la Gran Barrera de Coral, a la vez que se ayuda a destruirla, por ejemplo.

Puedo entender por qué lo hacen, pero es una locura, contaminar por contaminar, y si hemos construido una sociedad que es adicta a volar, entonces tenemos un problema muy serio

En la misma línea se expresa Rise for Climate Belgium. Peter De Ryck, uno de sus portavoces, denuncia que “fomentar los viajes contaminantes, sin razón alguna, es un grave error”. “Creemos que los viajes aéreos causan daños ambientales y que estamos en un momento oportuno para considerar seriamente una transición, en lugar de aspirar a volver a un statu quo destructivo”.

“Si, por lo general, los aviones son para gente que necesita viajar y hay que asumirlo, en el caso de los vuelos a ninguna parte esta justificación no existe. Se disuelve. Puedo entender por qué lo hacen, pero es una locura, contaminar por contaminar, y si hemos construido una sociedad que es adicta a volar, entonces tenemos un problema muy serio”, concluye.

En 2018, el último año del que hay estadísticas completas, la aviación civil mundial representó 918 millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que equivale a sumar las emisiones anuales de Alemania y los Países Bajos. Rob Jackson, científico de la Universidad de Stanford, ha calculado que las emisiones mundiales podrían disminuir un 7% si persisten los cierres en algunas partes del mundo durante el resto del año. Pero el planeta no se salva sólo por el bloqueo de una pandemia. 

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