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02/08/2020 11:52 CEST | Actualizado 02/08/2020 11:52 CEST

Ya no estarás cuando regrese

El virus impide que nos abracemos cuando alguien se nos muere. Solo podemos mirarnos, sin tocarnos, como hologramas socialmente distanciados.

Fotoholica Press via Getty Images
Palomas en la fuente del monasterio de San Francisco, en Lima, Perú. 

Llegaré a Lima demasiado tarde. Ya no estarás cuando regrese y me dé una vuelta por tu casa para saludar. No te veré en Navidad, ni en los almuerzos por el Día de la Madre. No te escucharé preguntar por mis cosas. No te haré fotos sonriendo mientras tus hijos recuerdan y bromean. Tampoco me enviarás con mi madre un poco de pastel del cumpleaños al que otra vez no fui. No habrá más el “te quiero mucho” con el que me sorprendías siempre que me iba. Ya no le mandarás saludos a K. No volverás a hacernos adiós con la mano mientras nos alejamos en el auto. Entonces recién entenderé que te has ido. Que el abrazo que nos dimos dos días antes de mi viaje a España ha sido el último. Que esa fue mi última visita; esos los últimos cafés con leche; aquella doble rebanada de jamón, el último engreimiento. 

Yo hubiera querido que nos dieran más tiempo para visitarte todos los domingos. Para ser el nieto que merecías que fuera. Yo quería convertirme en una presencia cotidiana para ti, en una compañía que esperas y reclamas. Tomar café solo contigo, conversarte, volvernos buenos amigos. Saber quién fuiste antes de ser mi abuelita, antes de ser la madre de mi madre. Saber qué más hubieras querido ser y quién era yo para ti. Yo quería sacarte a bailar en mi boda. Invitarte a desayunar. Pero todo eso se terminó. Ya no estás. La otra tarde la voz entrecortada de mi hermana me explicó lo que te había pasado. La voz entrecortada de tu nieta me dijo que habías muerto. Cuando colgué solo pensé en mi madre. En llamarla. Luego entré al baño para llorar. 

Desde ese día he tratado de aprender a despedirme de ti a nueve mil kilómetros de distancia. He tratado de aparentar que no pasa nada, que los nietos estamos hechos para enterrar a nuestros abuelos. Que no pasa nada. Que ya fue. He visto algunas fotografías del entierro, una y otra vez, como si de esa manera pudiera sentir que estuve ahí contigo. La familia entera de nuevo reunida alrededor de ti. He visto a mi madre en una de esas imágenes, de pie frente al espacio que ahora ocupas en la tierra. Mi madre encogida por la tristeza, con un pequeño ramo de flores y los ojos enrojecidos por encima de la mascarilla. No hay nadie acompañándola en la foto. El virus impide que nos abracemos cuando alguien se nos muere. Solo podemos mirarnos, sin tocarnos, como hologramas socialmente distanciados. El virus ya te había separado de tu familia, de tus amigas, de la iglesia, y eso fue quitándote las fuerzas. Te apagaste en unas semanas, lentamente, hasta irte tranquila de aquí. 

En la pantalla de mi móvil veo a mi madre vestida de negro. Tu hija vestida de negro diciéndote adiós con la mano. La miro en silencio, sentado en una banca de Madrid. Yo también llevo mascarilla. Yo también estoy solo. De vez en cuando pasan aviones sobre mi cabeza. Cruzan el cielo, indiferentes de lo que sucede aquí abajo con nosotros. Ninguno de ellos se dirige a Lima. Los vuelos a casa están prohibidos desde hace meses. La verdad es que me da un poco lo mismo, mamita Gudy. Ahora que tú no estás, regresar será distinto. Sé que, cuando por fin vaya a verte, igual habré llegado demasiado tarde. 

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