INTERNACIONAL
08/05/2021 10:09 CEST | Actualizado 31/05/2021 07:11 CEST

Lapid, el experiodista que puede desbancar al incombustible Netanyahu

El líder del centrista Yesh Atid ha recibido el mandato de intentar formar Gobierno en Israel, tras el fracaso del actual primer ministro. Complicado pero factible.

Oded Balilty via AP
Yair Lapid, posando en su despacho de Tel Aviv.

Imagina que Vicente Vallés o Ana Pastor dejan el periodismo, se meten en política y, a los nueve meses de fundar un partido se colocan como líderes de la oposición, como segunda fuerza en el Parlamento. Pues eso es lo que le ocurrió en Israel a Yair Lapid, un presentador de informativos y entrevistador enormemente popular que aparcó las cámaras y decidió plantar batalla a su archienemigo, el primer ministro Benjamín Netanyahu. Ahora puede desbancarlo. Esa fue siempre su meta. 

Netanyahu -de 71 años, que ha comandado el país durante 15, los 12 últimos de forma ininterrumpida- no ha logrado formar una mayoría de Gobierno suficiente para quedarse con el Gobierno. En las elecciones del 23 de marzo su conservador Likud y sus posibles afines lograron 52 escaños, frente a 57 de las fuerzas opositoras. Al final, el presidente de Israel, Reuven Rivlin, le ha dicho que su tiempo se ha acabado y ha encargado formar gabinete a Lapid, líder del laico y centrista Yesh Atid, la segunda fuerza más votada, con 17 escaños (13 menos que Netanyahu).

No lo tendrá fácil, necesitará conquistar a la derecha más radical y a los diputados árabes, pero lo va a intentar, apostando por la idea simple pero poderosa del “bloque de cambio” en el que la izquierda, la derecha y las minorías acaben con el rey Bibi. Este domingo se ha anunciado un principio de acuerdo para forjar esta insólita alianza. Ahora está por ver si los egos, las parcelas de poder y las presiones de los grupos religiosos lo dejan. 

Tras la estela de los indignados

Lapid, de 57 años, saltó a la política en 2012. Un año antes, Israel vivió su 15-M patrio, en el que la ciudadanía salió a la calle para quejarse por la falta de derechos, servicios y oportunidades. Ahí se activó el gen político que le viene por vía paterna, del también periodista Yosef Lapid, superviviente del Holocausto y emigrado desde Yugoslavia, que llegó a ser ministro de Justicia y, sobre todo, un referente en la defensa del laicismo y la oposición al poder de los judíos ultraortodoxos en el país.

Lapid hijo formó Yesh Atid (Hay futuro) y ante ese rostro conocido y fresco a la vez se sumaron las ilusiones de muchos israelíes cansados de lo de siempre. Su ascenso fue meteórico, superó todas las predicciones con su lista paritaria (insólito), en la que había homosexuales, etíopes, drusos... Al quedar segundo en los comicios de 2013, el Likud se vio forzado a negociar con él. Así se convirtió en ministro de Economía, pero le duró año y medio, hasta que Netanyahu lo echó. No se pueden ver. 

“No me meto en política para quedarme en la oposición”, prometió entonces. En este tiempo, lo ha seguido intentando, pero sin éxito, lastrado por el pecado de haber pactado con quien prometió no hacerlo. Ha pasado su travesía del desierto, en tiempos de un Likud fuerte con Donald Trump en la Casa Blanca, y hasta tuvo que aliarse con el exjefe del estado mayor Benny Gantz... para no llevarse nada bajo la coalición Kahol Lavan (Azul y Blanco). Ahora ha concurrido a las elecciones en solitario y puede comandar las negociaciones y las apuestas. “Con mi voz -repite-. Yo sí llevaré las manos en el volante”. 

Periodista, boxeador, actor, cantante... 

Lapid comenzó como periodista especializado en la cobertura del Ejército de Israel para diarios como el Maariv o el Yediot Aharonot, segundo y primero en difusión. Saltó al Canal 2 de televisión a mediados de los 90, donde se convirtió en presentador de noticias y, en paralelo, en entrevistador, haciendo de su programa semanal una cita fija para la audiencia. Como columnista, era de los que marcaba agenda y tendencias.

Nunca se le vio como un tipo muy brillante, por demasiado convencional, hasta el punto de que fue carne de meme mucho antes de ponerse en la diana política. Pero, por eso mismo, también gustaba. E influía. 

Su imagen le acompaña: canoso desde joven, no muy alto pero sí muy en forma, es un disfrutón, un puro telaviviense que hace deporte en la playa y luce moto y chupa y hasta mustang en tiempos. Ha hecho de todo: ha sido boxeador aficionado, experto en artes marciales, cantautor y actor. Sus novelas negras han tenido un éxito relativo, tratando de seguir la estela de su madre, Shulamit Lapid, referencia en el noir local. Su esposa, Lihi, es también una escritora de renombre.  

Lo que promete

Teniendo en cuenta que necesita muchas sumas y muy diversas, el programa de Lapid se puede deshacer como un azucarillo pero, en principio, lo que promete es “cambio”. Su ideología lo acerca al “liberalismo y la iniciativa empresarial”, como lo describe EFE, así que en lo económico es puro centro derecha. No obstante, recordando a los indignados, tiene claro que hay que lograr un mejor reparto de los servicios y de las obligaciones fiscales, para que la clase media que un día fue el soporte del país no se desintegre más aún. Lo mismo dice con los pensionistas, en condiciones muy lamentables. 

Marca de la casa es su impulso de una ley de reclutamiento militar igualitaria, por la que se obliga a los ultraortodoxos a hacer el servicio militar, la defensa de derechos de la comunidad LGTBI, entre la que tiene un importante apoyo electoral, o la promesa de transparencia, con Netanyahu justo siendo juzgado por corrupción.

Sobre el elefante en la habitación del que aún no hemos escrito, el conflicto con los palestinos, Lapid es tan poco claro y dispuesto como los demás. Sí, ha urgido a una reanudación de las conversaciones de paz pero, también, a dar mejores subsidios para los asentamientos judíos en Cisjordania y el este de Jerusalén, en los que residen ilegalmente unas 600.000 personas, según Naciones Unidas. Al menos, se opuso a las anexiones de territorio ocupado. Del reconocimiento del estado palestino tampoco habla. 

Todo vendrá, primero, si convence a unos cuantos partidos, duros de roer. Y, después, si esos cuantos le dejan desplegar las alas. Lo único cierto en este instante es que su sueño de poner contra las cuerdas a Netanyahu ya no lo es tanto. Lo ha forzado a salir con el rabo entre las piernas de casa del presidente, sin pilares que sigan sosteniendo su trono. 

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