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12/06/2015 07:14 CEST | Actualizado 11/06/2016 11:12 CEST

Objetos hallados en el tiempo perdido

cajitaVoy por la calle, o por un parque. Veo algo que me llama la atención: un chupete caído, un clavo oxidado, una cinta que el viento se llevó jugando del pelo de una niña, un resguardo arrugado de lotería... Lo guardo en mi bolso y, a veces, observándolo después, me cuenta una historia que yo simplemente transcribo. Ésta es la base del proyecto que les presento aquí y que está expuesto en Cuenca.

Voy por la calle, o por un parque. Veo algo que me llama la atención: un chupete caído, un clavo oxidado, una cinta que el viento se llevó jugando del pelo de una niña, un resguardo arrugado de lotería... Lo guardo en mi bolso y, a veces, observándolo después, me cuenta una historia que yo simplemente transcribo. Ésta es la base del proyecto Objetos hallados en el tiempo perdido, una colección de esos objetos y de las historias que me sugirieron.

Estos días, hasta el 12 de julio, se pueden ver en Cuenca, en la Fundación Antonio Pérez, un antiguo convento que cuelga sobre el borde de esta ciudad mágica, y que te sorprende en cada sala, con su mezcla de obras maestras de grandes pintores -Saura, Millares, Zóbel y muchos otros- con los hallazgos de Antonio Pérez, él sí, un maestro mostrando la belleza, el humor y la humildad de lo que los dadaístas llamaban l'objet trouvé.

Hay una frase muy conocida de Picasso: "Yo no busco, encuentro", proclamaba con una pinta de arrogancia el malagueño genial. Me la han citado estos días algunos amigos que se han acercado a Cuenca a ver mi exposición. Yo nunca diría algo así. Lo siento como algo mucho más humilde. Mi sensación es "Yo no busco, me encuentran". Me encuentran estas chispas gastadas de vida, alguna vez hermosas, como un trozo de madera al que llamé L'homme de bois, -el hombre de madera-, pero otras apenas un trocito de papel con unas letras, o unos pétalos. Me encuentran y me ayudan a construir este pequeño homenaje que he querido hacer a la imaginación, a la capacidad de soñar, que es para mí la base de la poesía. Les he puesto el título en francés, tal vez porque fue el idioma de mi primer colegio en Dinamarca, y este proyecto tiene un poco de recuerdo de esa potencia que tenemos de soñar cuando aún somos niños.

De soñar y de juntarnos con otros: uno de los regalos que he tenido cuando he presentado mi colección es ver cómo muchas personas generosas se sumaban: Antonio Pérez, ochenta fantásticos años, un viejo agitador cultural y social, uno de los fundadores de esa editorial heróica, Ruedo Ibérico. Otro editor, Pablo Méndez, de Nostrum, que ha editado con el mismo título de la expo los relatos ilustrados por las cajitas que guardan cada objeto -lo podéis encontrar en La Casa del Libro-. Javier Díez Moro, director de cine que ha convertido en un precioso corto uno de los relatos, Las cuatro monedas del violinista, interpretado por Carlos Olalla y Alicia Gonzalo Berciano, y que también se puede ver en Cuenca...

Quizá esa mezcla de poesía, imaginación y amistad, del talento de estos amigos, es lo que espero que podáis apreciar si llegáis a ver mi expo.

LES QUATRES MONNAIES DU VIOLINISTE

(Las cuatro monedas del violinista)

Quiero llegar a conocerte algún día/Y amarte junto al mar/Lejos de esta sala de conciertos/Donde solo puedo mirarte/En las pausas de violín en cada sinfonía.

Metió la mano en el bolsillo de la gabardina para asegurarse que la bolsa de piel de vacuno con las cuatro monedas en su interior seguía en su sitio. Le gustaba caminar mientras palpaba la suave piel con las yemas de su mano izquierda. Con la mano derecha sujetaba el bastón blanco.

Al hombro cargaba la carcasa de fibra negra sujeta con una cinta de piel marrón.

Como todas las mañanas, se dirigió a la plaza de la ciudad, la de los cuatro bancos alrededor de la fuente de Apolo. Tomó asiento en uno de los bancos, abrió la carcasa negra y sacó el violín. Posó la caja abierta sobre el pavimento.

Comenzó a tocar con soltura la primera pieza. La plaza estaba desértica, solo los pájaros del árbol más cercano parecían disfrutar de la música, inmóviles, como pequeñas figuras carbonizadas por el viento de la fría mañana.

A medida que transcurría el día, los temas musicales comenzaron a variar de tempo, se tornaban suaves y lentos.

El violinista siguió tocando mientras comenzaba a absorber las distintas esencias que se paseaban por el aire de la plaza, perfumes de pieles recién bañadas de besos tiernos de despedidas, aromas de sueños tristes de añorados recuerdos, olores de risas despiertas, esas que desconocen el llanto del dolor.

Al atardecer, introdujo el violín en el interior de la carcasa vacía y volvió a su hogar con él a cuestas, bastón en una mano, la otra reencontrándose con la suavidad de la piel de vacuno.

El violinista se tomaba su tiempo de vuelta a casa, deseaba prolongar las pocas horas restantes del día. Su corazón latía con lentitud, la lentitud de su vida cotidiana.

Cuando llegó a su casa, volvió a sacar el violín, y compuso una noche más, la misma melodía. Anotó el título de la obra en la partitura vacía y carente de notas musicales. Con letras mayúsculas escribió la palabra "ANA" sobre el papel desgastado y amarillento, que parecía haberse consumido por una duradera enfermedad.

Conoció el amor en una ocasión. La entrega al ser amado, la levedad absoluta carente en la vida del ser humano.

Los recuerdos del pasado le embriagan de un dulce perfume, aún en la memoria la ama.

La tragedia le sorprendió y le consumió, y durante un tiempo, vivió en absoluto destierro con el mundo. Perdió la vista, y la oscuridad y su inseparable violín fueron sus compañeros de viaje durante largos años...

...Ana se levantó temprano aquella mañana. Preparó el desayuno y despertó a su marido, el cálido habito consagrado. Al abrir los ojos, la vio, sonriéndole con sosiego, tan bella como siempre.

Cuando se disponía a seguir con la composición en la que estaba inmerso, se percató que se le había agotado el papel pautado. Ella no tardó en calmarle, se puso el abrigo, cogió las cuatro monedas y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se quedó quieta un instante en el rellano, le miró, y asintió con la cabeza.

Minutos más tarde, el tranvía de la ciudad la sorprendería al cruzar la calle. Al caer, su mano soltó las cuatro monedas que fueron rodando lentamente hasta el rincón de adoquines fracturados, los mismos adoquines con los que cada mañana Ana solía tropezar.

El violinista sucumbe a las fuerzas del sueño, y con el día renace sin memoria. El despertar de las mañanas nos abraza a la vida, nos recompone, nos arranca un pedazo de muerte...

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