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19/02/2018 07:37 CET | Actualizado 19/02/2018 07:38 CET

Al enemigo, ni justicia

Lo ha contado La Nueva España: cargos del PSOE y del SOMA promueven un boicot al presidente [de Asturias] en un acto en Mieres. Un grupo de mensajería con unos 50 miembros propone que la dirección local del partido organice un plante a Javier Fernández, el que fuera presidente de la gestora del PSOE en el tiempo más convulso que vivió el partido en la historia de la democracia.

Palabras gruesas, descalificaciones y reproches en los que se llega a hablar de desprecio hacia quien fuera referente intelectual del PSOE dan idea de la situación que atraviesa el partido, más allá de la exhibida unanimidad en el Comité Federal que este fin de semana aprobó su nuevo Reglamento interno. Asturias no es, en absoluto, un caso aislado de la fractura abierta y no cerrada que provocaron las primarias.

Pedro Sánchez no está dispuesto a vivir otro "annus horribilis" como el de 2016

Que no trasciendan las críticas y las zancadillas no quiere decir que no las haya. Lo que ocurre es que nadie está dispuesto a que su palabra o su juicio sirvan de excusa para que Sánchez pueda imputar a la inestabilidad interna los resultados electorales que obtenga a futuro.

Pedro Sánchez no está dispuesto a vivir otro "annus horribilis" como el de 2016 en el que el poder territorial logró echarle de la secretaría general, y ha dedicado los últimos meses a diseñar una organización a su imagen y semejanza, sin influencia orgánica de barones y en la que cualquier parecido con el viejo PSOE sea pura coincidencia. Ha cumplido, no obstante, su palabra: los militantes tendrán para casi todo -no para la confección de las listas electorales- la última palabra. Ni barones, ni referentes, ni notables. No hay más relación jerárquica que la establecida entre él y las bases, ni estamento orgánico de control en el que quede resquicio, no ya para la crítica, sino para el debate.

En el "nuevo PSOE" no hay concesiones, ni gestos para los vencidos en la batalla que enfrentó a Pedro Sánchez con Susana Díaz. Y los batidos no dejan de ser al fin y a la postre la mitad más menos del partido. El secretario general del PSOE es de los que creen, como Perón, que "a los amigos, todo y a los enemigos, ni justicia", mucho menos reconocimiento, respeto o espacio institucional u orgánico.

EFE

Lo que estos días vive el socialismo de Mieres es sólo un ejemplo del día a día de las agrupaciones locales, provinciales o regionales del, más allá de que haya quienes aun habiendo sido derrotado en las primarias, abracen hoy la fe del converso más por interés personal que por convencimiento en un proyecto. Haberlos haylos, y el caso que más perplejidad ha causado en los últimos días ha sido el del ex vicesecretario general, José Blanco. El que fuera número dos del PSOE en tiempos de Zapatero ha pasado de la animadversión y la crítica furibunda hacia la dirección federal a mostrar su convencimiento público de que Sánchez ganará las próximas elecciones sin haber una sola encuesta que dibuje ese escenario, sino un mapa en el que sólo Ciudadanos crece a costa del PP, del PSOE e incluso de Podemos.

En el "nuevo PSOE" no hay concesiones, ni gestos para los vencidos en la batalla que enfrentó a Pedro Sánchez con Susana Díaz

En Ferraz bromean con que de "casta le viene al galgo" y que Blanco no ha hecho más que seguir la senda de su mentor Zapatero para trabajarse con anticipación su continuidad en las listas de las próximas elecciones europeas. Quién sabe. En el PSOE también es un clásico que cuadros y tótem pasen de un lado a otro y transformen odios africanos en amores eternos por una cuestión de pragmatismo.

El caso es que año y medio después de aquél fatídico 1-O en el que el PSOE hizo el mayor ejercicio de canibalismo político que se recuerda y nueve meses después de que Sánchez reconquistara la secretaría general, las heridas del PSOE, lejos de cicatrizar, siguen abiertas y muy profundas. Tanto como para que en Asturias, una agrupación local se plantee boicotear un acto del que fuera su ex secretario general y la dirección regional calle y, por lo tanto, otorgue mientras en Ferraz dicen sin más aspirar a una convivencia pacífica en la que los ex tengan su lugar en el cuadro de honor siempre que se abstengan de interferir en el trabajo de quienes les sucedieron en el cargo.

EFE

Por mucho que Sánchez haya restablecido la interlocución con Zapatero, después de que el ex presidente fuera el principal impulsor de la candidatura de Susana Díaz, entre uno y otro no hay espacio para la confianza ni la admiración porque ambos saben lo que uno piensa del otro y lo que han dicho al respecto por los cenáculos del poder empresarial y mediático. Tan impostada es esa relación como infundadas las versiones de que el almuerzo entre Sánchez y Felipe González sirvieron para sellar la paz entre ambos.

Tanto la llamada al boicot a Fernández como el veto que la dirección federal ha anticipado a la candidatura de la ex vicesecretaria general, Elena Valenciano, para presidir el Grupo Socialista europeo en sustitución del italiano Gianni Pitella son la mejor prueba de que las primarias en el PSOE han resultado más un arma de destrucción que otorga un poder omnímodo al elegido que un instrumento con el que mejorar la democracia interna e higienizar la vida de los partidos. Y quien no es capaz de garantizar la convivencia pacífica en casa propia, difícilmente podrá lograrla fuera de ella. La generosidad en las victorias también definen los liderazgos. Y, al menos, en este campo el de Sánchez, aunque el miedo calle y el frío muerda, está por demostrar.

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