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21/12/2018 18:59 CET | Actualizado 21/12/2018 19:00 CET

Cuando el diálogo es traición

Las claves de la semana.

ASSOCIATED PRESS

Otra vez las dos Españas. Una contra otra. Vuelve el viejo fantasma del odio cainita entre diferentes, y no sólo en Cataluña. Esta vez se enseñorea de las declaraciones de los principales líderes políticos, de los mensajes de twitter, de las mesas de debate y hasta de los editoriales de algunos medios de comunicación. Nada hemos aprendido.

Invocamos la Transición y la Constitución del 78 con ejemplo de paz, reencuentro, diálogo y hasta perdón, pero al más mínimo gesto de distensión o acercamiento ya hablamos de traición. A los muertos, a los vivos, a España, a los catalanes, a los andaluces, a los extremeños y hasta a los canarios. ¡Qué más da! El caso es subir el tono y evitar la mesura y el susurro como si ambos tuvieran castigo en el Código Penal.

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Pedro Sánchez y Quim Torra, en su reunión de este jueves en el Palacio de Pedralbes.

La derecha ya ha sentenciado que ha habido una felonía perpetrada, claro, por un presidente del Gobierno, que ha claudicado con el independentismo. ¿Alguien puede creer que Pedro Sánchez haya empezado a negociar la indisoluble unidad territorial? ¿Que haya pactado un referéndum para Cataluña? ¿Que haya entregado al independentismo la soberanía nacional?

Frenen. Ni éste ni ningún otro jefe de Gobierno puede hacer de su capa un sayo con la Constitución. Y si lo hiciera en un ataque de demencia, caería sobre él todo el peso de la ley como cayó hace un años sobre los independentistas cuando se pasaron la Carta Magna por el arco del Parlament. Cuando el diálogo se considera una traición y hablar una irresponsabilidad, se olvida que la democracia es además de ley, entendimiento entre diferentes.

Ha sido celebrar en Barcelona un Consejo de Ministros, recomponerse la mayoría de la moción de censura y cerrarse una nueva reunión Sánchez-Torra y dispararse otra vez los decibelios de la política. Y todo porque la semana empezó tranquila, con la derecha rearmada tras el 2-D y a la espera de un inminente anticipo electoral y, de repente, acabó con un vaticinio ampliamente compartido sobre la posibilidad real de que el Gobierno consiga aprobar las cuentas públicas en primavera y pueda estirar el mandato hasta que legalmente expire en 2020.

Uno lee según que cosas y parece como si Sánchez fuera el único presidente de la historia de España que haya querido dilatar su estancia en La Moncloa. Claro que peor es escuchar, y se escucha a menudo, que lo hace porque viaja continuamente en Falcon. Debe ser que los anteriores iban a las cumbres internacionales en burro o en bicicleta.

EFE
Reunión del Consejo de Ministros en Barcelona.

Puede que el Gobierno socialista haya ganado tiempo, recompuesto los frágiles puentes de comunicación que mantenía con el independentismo para que apoye los Presupuestos, cedido en algunas de las condiciones de la Generalitat para celebrar una cumbre, minicumbre o encuentro informal, pero de ahí a sostener con tanta soltura como ausencia de sonrojo que ha humillado a los españoles y traicionado a España, hay una larga gama de grises que la derecha en ninguna de sus tres versiones está dispuesta a incluir en la paleta de colores.

Ni el comunicado conjunto firmado por el Gobierno de España y la Generalitat tiene la trascendencia de los acuerdos de Camp David ni la foto de Sánchez con Torra es la imagen de la sumisión, sino una más entre dos presidentes que, a pesar de sus diferencias, están obligados a dialogar. Lo contrario, y no esto, es lo anormal, aunque Torra haya proferido todo tipo de insultos xenófobos y racistas o haya alentado la confrontación entre catalanes con unas declaraciones que hasta sus colegas independentistas corrigieron ipso facto y nadie ha llevado, por cierto, ante los Tribunales. Cualquiera que tenga, además, un poco de conocimiento sobre quienes son los interlocutores del Gobierno de Sánchez en el independentismo no perdería un segundo en situar el foco sobre un presidente de la Generalitat al que ni los suyos reconocen ya como tal.

Conviene recordar también para que no se olvide que quienes hiperventilan porque en un texto institucional se hable de la "existencia de un conflicto sobre el futuro de Cataluña" son los mismos que callaron cuando Aznar -el actual ventrílocuo de las tres derechas- llamó a ETA Movimiento de Liberación Nacional Vasco o prometía generosidad para con los terroristas mientras la banda criminal aún ponía muertos sobre una mesa de negociación. Hoy se rasgan, sin embargo, las vestiduras porque se apueste desde el Gobierno y la Generalitat por un "diálogo efectivo que vehicule una propuesta política (...) en el marco de la seguridad jurídica" porque ven un chollo electoral en un 155 a perpetuidad, como si ello tuviera el más mínimo viso de constitucionalidad o la más mínima capacidad para resolver la gravísima crisis territorial.

La semana ha acabado con un cabreo monumental de los violentos de los CDR por no haber podido boicotear el Consejo de Ministros y un enfado más colosal aún entre quienes ven en la crisis catalana un ocasión para sumar votos o quienes temen que se cuele en sus respectivas campañas y ponga en peligro sus gobiernos. Con estos últimos, con los barones socialistas, es probablemente con quienes tiene un problema el presidente Sánchez. Es cierto que al frente crítico que provocó su dimisión como secretario general en 2016 le falta un elemento aglutinador como fue antaño Susana Díaz, pero las señales emitidas desde diferentes territorios en estos días auguran un nuevo tsunami en el PSOE a la vuelta de las vacaciones navideñas. Al tiempo...

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