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09/11/2018 21:57 CET | Actualizado 09/11/2018 21:58 CET

Las claves de la semana: Es la credibilidad, estúpido

Fotografia facilitada por los Mossos d'Esquadra del material incautado al hombre que pretendía asesinar a Sánchez.
Agencia EFE
Fotografia facilitada por los Mossos d'Esquadra del material incautado al hombre que pretendía asesinar a Sánchez.

"Tristemente, se aprovechó de las facilidades dadas por algunos grupos mediáticos para tensionar al máximo con discursos incendiarios y desmesurados alegatos contra el Gobierno".

"Es consecuencia de la crispación generada por quienes durante mucho tiempo han tratado de desvirtuar la realidad para arañar un puñado de votos".

"No es legítimo incendiar el ambiente".

"Un caldo de cultivo fomentado con infinita frivolidad por quienes han reeditado en nuestro país la inquina ciega y contumaz al oponente político, amplificada por determinados medios".

"La responsabilidad también es de quien fomenta el odio".

"No es posible creer que las cosas suceden de manera espontánea".

"Tampoco ayuda la permanente descalificación al presidente del Gobierno, objeto de insultos gratuitos y de insidias de la más baja estofa".

"Víctima de un acto cobarde impulsado desde el sectarismo y el odio".

"Una cultura cainita que induce a algunas minorías a emprender acciones violentas".

"El detenido tiene un concepto muy relativo de lo que significa la democracia y el respeto a los derechos individuales".

Si usted, lector, ha leído los entrecomillados podría pensar que todos ellos han salido de la boca o la pluma de la izquierda mediática o política después de que esta semana saltara la noticia sobre la detención en Barcelona de un francotirador que pretendía matar a Pedro Sánchez y "sacrificarse por España" para vengar la exhumación de los restos de Franco.

No lo haga porque se equivocaría. Pueden ser citas parecidas a las pronunciadas por la izquierda esta semana, pero no son las mismas. La literalidad que encabeza este texto responde a lo que la prensa y algunos políticos de derechas escribieron o dijeron hace tres años después de que un joven de 17 propinara un puñetazo y arrancara de cuajo las gafas a Mariano Rajoy durante un paseo electoral por Pontevedra. Entonces sí se trataba de alertar sobre la degradación del debate público y la crispación porque Pedro Sánchez había llamado "indecente" al presidente Rajoy, ergo la izquierda política era responsable indirecta de la violencia ejercida por un joven que, según dijo ante la policía, atacó al presidente porque "tenía dos sueldos". Ahí queda eso.

El caso es que quienes en todos los foros político-periodísticos relacionaron aquel puñetazo con el discurso del odio se han mofado en las últimas 48 horas del intento de asesinato que barruntaba el detenido por los Mossos, un tirador de 63 años que acumulaba en su vivienda un arsenal de 16 armas de fuego, incluidos rifles de alta precisión y un subfusil de asalto. ¡Total a Sánchez sólo le han llamado golpista y amigo de los asesinos y de quienes quieren romper España! Y eso al parecer ni degrada el debate político ni fomenta hostilidades.

La doble vara de medir les ha llevado a caricaturizar el caso del detenido después de erigirse en expertos en materia de seguridad nacional como antes lo fueron del delito de rebelión para condenar, sin haberse celebrado aún el juicio, a los líderes del independentismo y está semana han dado lecciones magistrales sobre legislación hipotecaria.

Denles tiempo y verán como convierten a Pedro Sánchez en un presidente que, además de buscar la destrucción de España y haberla pactado ya con el independentismo, ha diseñado un atentado contra sí mismo para que se le iguale a Kennedy. Quienes más vincularon entonces la intolerable agresión a Rajoy con la estrategia de la crispación y el odio al adversario se carcajean hoy en radios y televisiones de lo que consideran una operación diseñada por el mismísimo Gila. ¡Vamos que donde estén las consecuencias de un puñetazo, por contundente que sea, que quiten las de las armas de fuego!

Una cosa es que al Gobierno le vaya bien que se conozca ahora la operación, casi dos meses después del arresto del vigilante de seguridad que frecuentaba ambientes ultraderechistas, y otra es que haya que tomarse a cachondeo a quien un juez de Tarrasa ordenó prisión sin fianza e investiga por delitos tan graves como el de conspiración para atentar contra autoridad, amenazas graves, tenencia ilícita de armas y odio.

Sigan con la mofa y la befa, que cuando se esfumen por completo la confianza y el crédito en la política, en el periodismo o en las instituciones públicas esta democracia habrá que resetearla

La credibilidad es lo que puede o merece ser creído, y debería ser uno de los pilares sobre los que se sustente la vida pública. Mantenerla no sólo se consigue con la coherencia ante la actualidad informativa sean quienes sean los protagonistas. Y perderla suele ser incluso más fácil que perder el prestigio. Basta una contradicción evidente, una mentira o una doble vara de medir... Después, recuperarla será misión imposible. Suele ser el el principio del fin. La historia reciente y remota está llena de ejemplos. Así que sigan, sigan con la mofa y la befa, que cuando se esfumen por completo la confianza y el crédito en la política, en el periodismo o en las instituciones públicas esta democracia habrá que resetearla de arriba a abajo.

Y ya nos va quedando menos, teniendo en cuenta el tiro en el pie que esta semana se ha pegado así mismo el Supremo al decidir que sean los ciudadanos y no los bancos quienes paguen los impuestos sobre las hipotecas, después de que la Sala Tercera del Alto Tribunal emitiera una sentencia en sentido contrario el pasado octubre, y el presidente de la misma paralizara la ejecución de la sentencia para dar satisfacción al sector financiero. Esto justo, además, a las puertas del comienzo del juicio contra los líderes del independentismo y después de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos haya sentenciado que Otegi fue condenado por terrorismo en España durante un juicio que no fue justo. Las señales no pueden ser más preocupantes.

Y sí, como diría el estratega de campaña de Clinton, es la credibilidad, estúpido.

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